Adultos mayores que siguen trabajando: cuando la labor no frena luego de la jubilación
Edición Impresa | 10 de Mayo de 2026 | 07:30
Tiene 73 años y artrosis en las manos. Aun así, tres veces por semana toma el colectivo desde la periferia al centro platense para trabajar como empleada doméstica en el mismo hogar donde lleva quince años. No lo hace porque le guste. Lo hace porque sin ese dinero no llega a fin de mes. Su jubilación no alcanza para cubrir los remedios, la prepaga -o su reemplazo en el sistema público- y la comida. “Mientras pueda moverme, voy a seguir”, dice. Y sigue.
El relato no es una excepción. Es, según los datos disponibles, la norma para una franja cada vez más amplia de adultos mayores en Argentina. Más de 600.000 personas de 65 años y más siguen vinculadas al mercado laboral, según estimaciones del INDEC basadas en la Encuesta Permanente de Hogares. Y la tendencia, lejos de revertirse, se profundiza.
UNA FOTOGRAFÍA QUE INCOMODA
El documento estadístico Desafíos y Oportunidades en el Envejecimiento, elaborado en 2024 con datos de la EPH y del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, pone números a una realidad que muchos prefieren no ver. La tasa de actividad del grupo de 60 años y más es del 24,4% en promedio, pero entre los de 60 a 74 años trepa al 33,3%. Y entre los de 75 años y más —en su aplastante mayoría, jubilados— aún hay un 4,6% económicamente activo. Traducido a personas concretas: decenas de miles de argentinos de más de 75 años saliendo a trabajar, o intentando hacerlo, en un mercado que no los quiere pero que tampoco los deja vivir sin eso.
La tasa de desprotección laboral en mayores de 66 años alcanzó un pico histórico
Más reveladoras aún son las cifras sobre la calidad de ese empleo. Solo el 31% de los activos de 60 años y más accede a lo que el estudio llama “empleo pleno de derechos”: trabajo registrado, con aportes al sistema de seguridad social y continuidad laboral. Un número que no mejoró en una década: era exactamente el mismo en 2013. En el otro extremo, cuatro de cada diez personas mayores activas tienen empleo precario. Y en el grupo de 75 años y más, el empleo precario más que duplica al empleo pleno. Son jubilados que siguen trabajando, sí, pero en su mayoría en changas, en la informalidad, sin ninguna protección.
El Dossier N°7 del Instituto Argentina Grande (IAG), publicado a principios de mayo con datos del cuarto trimestre de 2025, confirma y agrava ese panorama. La tasa de desprotección laboral entre los mayores de 66 años alcanzó un pico histórico, y entre 2023 y 2025 el número de hombres de ese grupo que trabajan de manera desprotegida creció un 39,7%. Entre las mujeres, el aumento fue del 34,4%. No son variaciones menores: son decenas de miles de personas más cayendo en la precariedad laboral a una edad en que deberían poder descansar.
POR QUÉ NO PUEDEN PARAR
La gerontóloga Silvia Gascón, que lleva décadas estudiando el envejecimiento en Argentina, traza una línea clara entre quienes trabajan por elección y quienes lo hacen por obligación. “En los sectores más bajos, la gente de más de 60 años sigue trabajando por razones económicas. Oficios, generalmente”, señala en diálogo con EL DIA. Y la contrapartida: “En los sectores medios y altos, fundamentalmente trabajan por placer.”
Esa distinción no es anecdótica. Está respaldada por evidencia sistemática. El documento de la UCA muestra que la tasa de actividad de los mayores de 60 tiene una forma de U según el nivel socioeconómico: es alta en el quintil más pobre (31,7%), cae en los quintiles intermedios, y vuelve a ser alta en el quintil más rico (35,4%). En los extremos, pero por razones opuestas. Los más pobres trabajan porque no tienen alternativa. Los más ricos, porque pueden elegir hacerlo en condiciones dignas.
“Sí está investigado que las personas de menores ingresos trabajan por necesidad, contra los de mayor ingreso que lo hacen porque les gusta”, confirma Gascón. La diferencia no es solo motivacional: también define el tipo de trabajo, las condiciones en que se desarrolla y el impacto sobre la salud y la calidad de vida de quien lo ejerce.
El marco estructural que explica esta situación es el deterioro del poder adquisitivo de las jubilaciones. El documento estadístico señala que, si bien “la principal fuente de ingresos de las personas mayores está conformada por los recursos provenientes del sistema previsional”, el 35,3% de los varones en edad jubilatoria (65 años y más) y el 13,9% de las mujeres (60 años y más) tienen ingresos laborales. Es decir: para más de un tercio de los jubilados varones, la jubilación sola no alcanza y deben complementarla con trabajo. El Dossier del IAG agrega otra capa: el aumento de jubilados que trabajan en malas condiciones “evidencia el deterioro de sus ingresos, que se explica en gran parte por el aumento desproporcionado de rubros que tienen particular peso en la canasta de los jubilados como medicamentos y prepagas”.
LOS OFICIOS DE LA VEJEZ PRECARIA
¿Cómo trabajan estos adultos mayores que no pueden dejar de hacerlo? En su mayoría, en los mismos oficios que desempeñaron toda su vida, pero ahora sin registro, sin aportes, sin estabilidad. Albañiles que hacen pequeñas reparaciones. Costureras a destajo. Vendedores ambulantes. Cuidadoras de ancianos —a veces menores que ellas— sin ningún contrato. Y empleadas domésticas.
“Hay mujeres mayores que trabajan como empleadas domésticas. Algunas con artrosis”
“Hay muchas mujeres mayores que siguen trabajando como empleadas domésticas. Algunas con artrosis. Y sin embargo siguen, porque lo necesitan”, apunta Gascón con una precisión que los datos confirman. Las mujeres mayores están en el peor de los mundos: se jubilan antes (a los 60, frente a los 65 de los varones), con haberes más bajos por trayectorias laborales más interrumpidas, y cuando necesitan volver al mercado lo hacen en los empleos más vulnerables y menos remunerados. El estudio de la UCA muestra que casi la mitad de las mujeres mayores activas tiene empleo precario, frente a una de cada cuatro con empleo pleno.
“Para algunos no es tan difícil, pero para otros es más complicado cuando hace falta más destreza física”, reconoce la gerontóloga y agrega: “Y de toda manera lo siguen haciendo”.
EL MERCADO LABORAL QUE LOS RECHAZA Y LOS ABSORBE
El documento estadístico de la UCA describe esto con precisión: en Argentina, el trabajo por cuenta propia es “bastante más frecuente entre los ocupados de mayor edad que entre los aún no mayores”. A medida que avanza la edad, el cuentapropismo gana peso. No necesariamente porque los mayores prefieran esa modalidad —aunque algunos sí—, sino porque es la única puerta que el mercado les deja abierta.
El Dossier del IAG confirma esta dinámica desde otro ángulo. Al comparar el cuarto trimestre de 2023 con el de 2025, el saldo es contundente: 358.000 puestos desprotegidos más, 46.000 puestos protegidos menos, y 327.000 puestos públicos menos. Los empleos que se pierden en el sector formal no reaparecen en otro sector formal: se fragmentan en trabajo precario, en changas, en informalidad. Y los adultos mayores, que ya partían de una posición desventajosa, son de los más afectados por esa reconversión hacia abajo.
“Salir a trabajar por necesidad después de los 70, 75 años, vulnera el derecho a un ingreso”
UNA VULNERACIÓN DE DERECHOS
Silvia Gascón es directa al nombrar lo que está ocurriendo: “Salir a trabajar por necesidad después de los 70, 75 años, vulnera el derecho a un ingreso en la edad mayor. Además, se han hecho aportes durante toda la vida.”
No se trata de negar el valor del trabajo en la vejez ni de imponer una edad de retiro universal. “Esa idea del curso de vida como que hay una edad para trabajar y para jubilarse cambió totalmente”, dice Gascón, quien también defiende el derecho a seguir trabajando por elección: “Creo que es un derecho seguir haciéndolo.” La distinción es crucial: una cosa es el derecho a trabajar, y otra muy distinta es la obligación de hacerlo para sobrevivir.
QUÉ SE NECESITA PARA QUE CAMBIE
El diagnóstico de Gascón sobre las soluciones es tan claro como el de los problemas. “Clave es fortalecer el sistema actual de reparto jubilatorio. Esto requiere que haya trabajo formal. Hace años que vivimos con un trabajo informal que continúa incrementándose. Requiere también transparencia en los fondos de las pensiones y las jubilaciones.”
La gerontóloga señala así el nudo gordiano del problema: la precariedad laboral de los adultos mayores no es un fenómeno aislado sino la consecuencia directa de décadas de informalidad creciente en el mercado de trabajo. Quienes trabajaron toda su vida en negro llegan a la vejez sin jubilación contributiva suficiente, o directamente sin ella. Y quienes sí aportaron durante décadas ven el poder de compra de sus haberes erosionado por la inflación y por gastos —salud, medicamentos— que se disparan a medida que envejecen.
El Dossier del IAG cuantifica la tendencia: el “desempleo blue” —que incorpora a quienes buscan más trabajo y trabajan muy pocas horas en condiciones precarias— llegó al 15,3% en el cuarto trimestre de 2025. El desempleo oficial, que el INDEC mide con el criterio de que trabajar una hora por semana cuenta como estar empleado, es del 7,5%. La brecha entre esos dos números es la magnitud del problema que se oculta detrás de las estadísticas prolijas.
EL PROYECTO DE VIDA QUE NO DEBERÍA SER EL TRABAJO
Hay algo que los datos no capturan pero que Gascón señala con claridad: lo que se les roba a estos adultos mayores no es solo dinero. Es tiempo, energía y la posibilidad de construir una vejez con sentido propio. “Después de jubilarse, lo ideal es tener un proyecto. Muchas veces ese proyecto se vincula con la actividad laboral”, dice la especialista. Pero existe una diferencia radical entre trabajar como extensión de un proyecto de vida elegido y trabajar porque no queda otra opción.
Para la mujer de 73 años con artrosis que toma el micro tres veces por semana, el proyecto no es el trabajo doméstico. El proyecto son sus nietos, las conversaciones con las vecinas, su tiempo libre. El trabajo es lo que hace para poder tener ese proyecto. Una inversión que, a su edad y con su cuerpo, debería ser innecesaria.
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