“Contemplaciones”: un platense entre jirafas y rinocerontes blancos
Edición Impresa | 12 de Mayo de 2026 | 03:53
Por MARÍA VIRGINIA BRUNO
A casi un año de su travesía por la sabana africana, el platense Agustín Bolzán todavía revive el aterrizaje en avioneta en Ol Pejeta (Kenya), en una pista de tierra rodeada de jirafas, la primera foto que tomó con su retina y que se convirtió, según dice en diálogo con EL DIA, “en el primer sacudón de realidad soñada”. Tampoco se olvida de la migración de gnus que, en Serengeti (Tanzania), y en un intento vano por descifrar ese misterioso fenómeno, le regaló uno de los momentos más conmovedores de su vida: “Bajo el sol del mediodía, todos en silencio, en fila, marchando como en una procesión religiosa solemne… ese orden, esa magnitud, me dejó absolutamente impresionado. Toda la planicie estaba llena de peregrinos guiados por un enigmático sino”.
Algunos de esos recuerdos forman parte de “Contemplaciones”, la muestra que se inaugurará este jueves a las 19 en el Teatro de Cámara de City Bell y que, bajo la curaduría de María Elena Sagarra, se podrá visitar hasta el 7 de junio con entrada gratuita durante los días de función.
Doctor en Ciencias Químicas por la UNLP, investigador científico durante cinco décadas y fotógrafo autodidacta desde los años 70, Bolzán mostrará en esta exposición una selección de su tesoro personal y, mayormente, en blanco y negro para evitar distracciones, en un intento por “expresar esa cierta intimidad” que tuvo con los animales que le “salieron al encuentro”.
Entre todos esos encuentros (hay leones, chitas, elefantes, hipopótamos, hienas, etc) hay uno que tiene un significado especial. En Ol Pejeta, una reserva keniata de casi 400 km² dedicada a la conservación de rinocerontes, el platense estuvo cara a cara con el final.
“Allí se mantienen, bajo estricta vigilancia armada, las dos últimas rinocerontes blancas del norte, Najin y Fatu, madre e hija, de una especie que se está despidiendo a causa del Hombre”, cuenta. Dice que el contacto fue de una conmoción inaudita “porque es muy distinto leer sobre las extinciones que estar frente al último ejemplar de una especie”. Un encuentro que debería servir para “interpelarnos como responsables del (des)equilibrio de la naturaleza”.
En esa reserva también conoció a Baraka, un rinoceronte negro ciego que se mueve guiado por sus cuidadores y que, como los últimos ejemplares blancos del norte, mantiene una relación de absoluta confianza con quienes lo rodean. “Poder estar en contacto con un imponente rinoceronte en libertad como si fuera un caballo es una experiencia única, y no es raro que se asome una lágrima”, admite.
Bolzán dejó hace poco tiempo la investigación científica para dedicarse más a viajar, contemplar y fotografiar la naturaleza. Y aunque puedan parecer universos diferentes, para él la ciencia y la fotografía siempre estuvieron unidas por algo esencial: la curiosidad.
La fotografía lleva tiempo, igual que la investigación científica: hay que tener paciencia para descubrir lo que no es evidente de inmediato. La foto es el cierre del proceso, el testimonio final. Pero el verdadero disfrute ocurre justo antes”
Agustín Bolzán,
Fotógrafo
“De Aristóteles en adelante la ciencia implica observación y paciencia, junto a cierta dosis de creatividad y actitud reflexiva. No siempre lo que se busca se encuentra y muchas veces se encuentra lo que no se busca, pero resulta mucho más interesante”, dice.
Habla de “observación” y “paciencia”, dos habilidades casi disruptivas en tiempos dominados por la velocidad y las redes sociales, pero fundamentales en su forma de mirar. “Lo que me llama la atención no es el monumento sino la callejuela, un rincón, el detalle de una pared, la singularidad de una persona. Son esas pequeñas cosas las que me hacen pensar qué sencilla, interesante y bella puede ser una pequeñez”.
Para Bolzán es indispensable “saber mirar para saber vivir”. Y en ese sentido asegura que “el lente de una cámara no es otra cosa que una extensión de nuestros ojos para ver más amplio, más lejos, más grande”.
“Mirar es el primer paso, es darse cuenta de que hay algo ahí que merece nuestra atención. Entonces empezamos a detenernos, lentamente, hasta encontrar la razón de esa primera impresión. Ahí empieza el placer de la contemplación, el verdadero disfrute”.
La paciencia, otra vez, aparece como una condición indispensable. “Todo esto lleva tiempo, igual que la investigación científica: hay que tener paciencia para descubrir lo que no es evidente de inmediato. La foto es el cierre del proceso, el testimonio final. Pero el verdadero disfrute ocurre justo antes: el click de la cámara es apenas el modo de guardar lo vivido”.
Agustín Bolzán viajó en agosto a la sabana africana y muestra parte de su registro en City Bell
En tiempos donde las imágenes quedan enterradas en celulares y computadoras, Bolzán sigue defendiendo la fotografía impresa. “La foto colgada sobre una pared nos recuerda ese momento especial cada vez que pasamos frente a ella. La que queda guardada en una computadora termina olvidada. Y no hay que olvidar que nuestra felicidad también está hecha de recuerdos”.
Recuerdos que, muchas veces, ni siquiera llegan a convertirse en fotografías. “Son más las veces que uno se queda embelesado sin que aparezca la oportunidad de una buena foto, porque la imagen requiere condiciones que la mirada humana no necesita. Pero el placer verdadero nunca es para la cámara”, admite.
En esa contemplación silenciosa previa al disparo, tal vez, esté también el verdadero corazón de la muestra de Agustín Bolzán que se podrá visitar desde el jueves en la sala de la Asociación Lumen Artis, ubicada en diagonal 4 (Urquiza) entre 462 y 464.
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