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LITERARIAS

Variaciones en torno de Horacio Castillo

Variaciones en torno de Horacio Castillo

Por SANDRA CORNEJO

En “Visita al maestro” (Alaska, 1993) Horacio Castillo escribe un verso sustancial con el que cierra el poema: “El silencio del cuarto es el silencio del mundo”. Podría arriesgarme a decir que en torno a este verso -a su reposada sabiduría- se logra vislumbrar una obra de innumerables aristas cuyo rigor y luminosidad empieza a dejar su huella en una emergente generación de escritores.

“Yo pertenezco, culturalmente, al mundo occidental de lo oscuro -explicaba-, la frecuentación del mundo griego, empezando por su luminosa lengua, me ha permitido abrir una brecha y experimentar la transparencia, que hace visible lo esencial”

Si bien Castillo (Ensenada 1934, La Plata 2010) ha sido considerado un “poeta secreto”, su poesía es motivo de estudio en las diversas lenguas a las que fue traducida. Tuvo también la enorme responsabilidad, como miembro de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española “de dar unidad al idioma, de estudiar, acrecentar y perfeccionar ese patrimonio” según sus propias palabras.

Sin embargo es su poesía lo que nos convoca cada vez que releemos sus libros. Es su manera de estar en la escritura lo que nos induce a buscar un faro cuando el miedo a lo que habrá detrás del horizonte pone en duda este mundo de bordes confusos. Para sus propias incertidumbres (que atraviesan una obra de profunda indagación metafísica) eligió el universo griego como resguardo: “Yo pertenezco, culturalmente, al mundo occidental de lo oscuro –explicaba-, la frecuentación del mundo griego, empezando por su luminosa lengua, me ha permitido abrir una brecha y experimentar la transparencia, que hace visible lo esencial”.

Pocos libros de poesía: “Descripción” (1971); “Materia acre” (1974); “Tuerto rey” (1982); “Alaska” (1993); “Los gatos de la Acrópolis” (1998); “Cendra” (2000); “Música de la víctima y otros poemas” (2003) y “Mandala” (2005), otros de ensayo en los que observa a Sarmiento o Rojas o Girri, diversas traducciones de Elytis, Ritsos, Calímaco o de poetas griegos modernos conforman una bibliografía breve, pero necesaria, donde hallamos lo que él pretendía: la poesía como una forma de percepción del misterio, del Ser.

Recuerdo que al cumplirse un año de su muerte escribí: “Leerlo era (es) observar un caleidoscopio con inscripciones acerca del acontecer del Espíritu humano, en un tiempo-espacio indeterminable, donde la ´misteriosidad´ (´esa cualidad inherente a todo lo que es por el solo hecho de ser´) forma parte ´de la aventura colosal de la Creación´. Contaba también en aquel recuerdo que desde las primeras lecturas mías de “Tuerto rey” ya no pude desprenderme de esa cosmogonía suya de murallas, navegantes solitarios, ciudades del sol, palabras salidas de una lengua muerta, fosos que daban a la eternidad, monos, focas, ranas, pueblos de una zona extraña y entrañable, trenes cargados de ganado (humano) y, en definitiva, innumerables signos de una poética que al fin y al cabo no hacía más (ni menos) que preguntarse por qué y dónde el principio y el fin; por qué, nuestra condición, nuestro acontecer, esta situación insondable de la vida y de la muerte.

Para quienes sentimos que el poeta, como pensaba Octavio Paz es “el barquero de los muertos y los vivos” o “una especie de místico” como afirmaba Hilda Doolittle, encontramos en la obra de Horacio Castillo un vasto continente blanco al que llegamos siempre desnudos y sin armas, con la tranquila seguridad de que allí podremos pertrecharnos para continuar el camino. Un camino que es un viaje hacia la Visión, derrotero que él emprendió hace muchos años, que nosotros seguimos y que otros seguirán por nosotros.

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