"Dígame licenciado"

Por GABRIEL BÁÑEZ

"Dígame licenciado", se escuchaba en el Chavo del Ocho mientras Jirafales seducía con su elocuencia de Profesor a Doña Florinda quien, entre síes y noes, se arrebataba por el título de su enamorado. El dígame licenciado es una imperativa voz interior de muchos, no únicamente un sindrome Telerman en capítulos televisivos, y nos llega de tan lejos como de Mnhijo el dotor, de un tal Florencio Sánchez. Y mucho más lejos aún, si la fórmula alguna vez supo ser "elogio de corte, desprecio de aldea", hoy la impostación de un título universitario seduce y se impone como un "elogio de claustro, desprecio del resto".

Dicen que doctor se hace y señor se nace, pero sin duda los atributos profesionales deben ser mucho más valederos, porque, ¿qué es lo que fascina a tantos y tantas para querer ser lo que no son? Además, ¿no estará un poco sobrevaluado eso de ser doctor, ingeniero, profesor, licenciado, etc? El episodio patético de Blumberg asumiendo que no es inyenieri releva de todo comentario. Los títulos, al menos a los argentinos, parece que nos obsesionan. Es una tara nacional y nuestra historia casera más reciente nos ha dado casos excepcionales: médicos que no son médicos, doctoras que no son doctoras, licenciados que no son licenciados. Se trata de un boludismo endémico severamente extendido y celebrado por más de uno. Años atrás llegué a conocer a un falso médico que a punto estuvo de dirigir un hospital público. Una eminencia, un tipo dedicado y consultado por especialistas. Cuando se ventiló su caso lo llevaron a juicio y, por supuesto, lo exoneraron de toda actividad médica. Pasó el tiempo y lo encontré en la calle. Me dijo que se dedicaba a las artes plásticas. Me dio un teléfono y al tiempo lo llamé, por curiosidad más que nada. Vivía solo, en un caserón inmenso y plagado de cuadros. Me mostró varios, a cual más espantoso. "Son muy buenos", le comenté. El tipo me miró incrédulo: "¿No me miente?", preguntó. Le dije que no. Sonrió. Antes de irme le pedí, si es que podía dármela, una receta para un medicamento que no tenía venta libre. Sacó un talonario, me hizo una prescripción aparte, puso el sello en ambas hojas y firmó muy tranquilo. "Tómelo cada ocho horas", me aconsejó.

El otro caso muy vívido de falso ingeniero lo tengo de conversaciones familiares. En la década de los 50 y 60, un tal ingeniero Baigorri recorría los campos de la provincia de Buenos Aires con una máquina que hacía llover. Le llamaban "la máquina de hacer llover" y era un engendro con antenas y luces que el tal Baigorri apuntaba al cielo para terminar con la sequía en los campos. Los chacareros hacían colectas de dinero y lo llamaban. El ingeniero afirmaba que la lluvía llegaría "dos o tres días después" de haber empleado el aparato. Tiempo suficiente para escapar. Lo más maravilloso del caso es que jamás cuestionaron su ridículo aparato de hacer lluvia, sino -y esto quedó siempre en la ambigüedad de las historias familiares- la validez de su presunto título. ¿Era o no ingeniero el tal Baigorri? Nunca se supo. Sin embargo, la duda pudo más que la efectividad del engendro. En Trenque Lauquen, por donde anduvo, le perdonaban el fraude, no que los hubiera engañado con un título que acaso no poseía. Esa ilusión era más fuerte que la promesa de la misma lluvia. Dos días después de que lo echaran, llovió. Pero la estafa persistía.

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