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Los chicos dicen: padres al banquillo

Todos opinan que sus hijos son caprichosos o no hacen la tarea. Que no guardan los juguetes o que están hipnotizados con la compu. Pero a ellos, ¿quiénes los escuchan?. En esta nota, los más chicos levantan la voz. ¿En qué fallan mamá y papá?

4 de Octubre de 2014 | 00:00

Por AGUSTIN ZUDAIRE Y LUCRECIA GALLO

Todo cambia y los chicos también. Antes, los padres llevaban la voz cantante en eso de juzgar a sus hijos y hasta se permitían cometer los mismos errores que antes criticaban de sus propios padres con el pretexto del respeto y la autoridad. Ahora, los más chicos de la familia no se callan nada, y suenan convencidos cuando señalan a sus padres con dedo acusador. ¿No los entienden? ¿Los retan mucho? ¿Trabajan demasiado y les prestan poca atención?

Muchos mayores pensarán que los chicos de hoy son más contestadores, que no hacen caso y se la pasan metidos de pies a cabeza en la compu. Pero ellos dicen otra cosa. Para empezar: señalan que no son escuchados. Tres niños platenses, que no llegan al metro y medio, dan su punto de vista.

NO ME PRESTAN ATENCIÓN

“Me molesta que papá esté siempre con el celular. También cuando le muestro una cosa y en lugar de mirarme, sigue mirando fútbol”. Lo dice Maia, que tiene 9 años. Está enojada y se le nota. Pero no es todo. A su mamá también le reclama que siempre esté con la computadora. Y aunque ella le dice que tiene trabajo, la niña desconfía, convencida: “Para mí está en el chat”.

Maia -papá informático, mamá docente- es la más chica de cuatro hermanos: Teo (11), Micaela (23) y Nahuel (24). Lleva el pelo suelto, calza negra, pantuflas con corazones, camiseta blanca y, arriba, una camisa a cuadrillé roja. Es coqueta y extrovertida. Le gusta hacer pulseras. Cuando habla mueve las manos como una directora de orquesta, o para el caso, como una jueza antes de dar su veredicto: “No les digo nada a mis papás porque pienso que se van a enojar, pero a veces pasa que se los digo igual y ni siquiera se enojan...directamente no me prestan atención”. Cosas de la vida. Aunque dice que no la retan mucho el castigo más frecuente que recibe es no más compu ni tele.

Como los padres están separados, cuando Maia va a lo de su papá, con cinco años de gimnasia artística y fanática de las barras paralelas, no puede evitar hacer lo de siempre: verticales contra la pared. Eso sí, siempre con medias, porque sino la ensucia, le advierten.

Maia, antes de seguir con el tema, ensaya unas demostraciones de las verticales que inventó. Mira al piso, alza las manos, las apoya y se levanta erguida, flexiona las piernas abiertas y junta la punta de sus pies. Acaba de dar una muestra de su vertical bautizada “el hombre araña”.

Pero no hay caso, cuando baja, no importa que pose haya hecho, golpea con los talones el piso de madera y, ”uf!”, papá se enoja otra vez: “Acá no, le tenés los huevos al plato al vecino de abajo”. La niña, como si esperara el reto, dibuja una sonrisa pícara y dice: ”Ves, siempre es así”.

TENGANME PACIENCIA

“Hay veces que se enojan por nada. Les pasa algo malo en el día, y sobre todo papá, está todo el día enojado; enojado conmigo algunas veces, aunque yo no tengo la culpa. Igual, mamá no se queda atrás”. Así habla Máximo (9) que si bien asegura que sus padres son muy buenos, tienen “sus cositas”.

“Cuando les pido hacer la tarea me dicen ‘intentalo vos solo’. Me gustaría que tengan un poquito más de paciencia conmigo”, remarca este hijo único.

Maxi es amante de la música electrónica, loco por el fútbol, juega en el Club Dive de Villa Elisa y sueña con ser parte del plantel de Boca. Lo que más le gusta es jugar de cuatro. Pero no todo son reproches, y reconoce que es “un despelotado”. Cuando se cambia la ropa, tira todo, por ejemplo. “Ordená”, le dicen los papás. Y si, también lo sabe, cree que son bastante exigentes con eso.

“Cuando tenía 7 años, un día estaba jugando a la pelota y le pegué a una ventana: la partí toda”, se acuerda y se ríe. Esa fue la vez que más lo retaron. Y él, claro, se re enojó porque, asegura, no lo había hecho a propósito. “Ahora la pagas vos -le gritó el papá- y te vas a dormir sin comer”. Pero también está la madre, con palabras como: “Vení, Maxi, comé...”.

Lejos de los castigos de naftalina, los expertos aportan su mirada. Alejandra Libenson, psicóloga y psicopedagoga (especialista en crianza y vínculos familiares) asegura que los límites son fundamentales. Aunque más importante, remarcan, es saber marcarlos a tiempo. “Si los niños rompen los límites, debe haber consecuencias. Pero no se trata de ‘te quito, te saco, te doy’- explica la especialista-, sino ‘yo me pongo mal por esto que vos estás haciendo’, ‘no lo apruebo’, ‘rompe con mi expectativa’, ‘estoy enojado’”. Difícil, pero no imposible, aseguran. “Y que sepan que en el límite no está en juego el amor”.

Ahora, los más chicos de la familia no se callan nada, y suenan convencidos cuando señalan a sus padres con dedo acusador. ¿No los entienden? ¿Los retan mucho? ¿Trabajan demasiado y les prestan poca atención?

Para que un niño respete a sus padres, ellos deben respetarlo a él, advierte el especialista. Pero lo deben demostrar en actos, no en palabras. Deben ser la autoridad, pero no autoritarios, agrega. “La penitencia y el chirlo- dice Libenson- son las consecuencias de un abuso de autoridad”.

NO ME RETEN MAS

“Mis papas siempre me retan. Bah, a mis hermanos también. Pasa que nos peleamos mucho y no les gusta. Andá a dormir, a la cama, a la cama, me dicen casi siempre. Y a veces son las nueve de la noche, viste, y no me quiero ir a dormir, porque yo me duermo a la una. Pero me quedo mirando tele en el cuarto, o jugando en la tablet”. Pedro (9) tiene una hermanita de 3 y un hermano de 6. Con Luca, el varón, se viven peleando. “Me hace Kung Fu, como en la película y, me hace mierda”, dice tentado. Es bajo, menudito y de risa fácil. Lo que se dice un ‘nene alegre’.

Pareciera un disparate pensar que los chicos son unos santos, pero tampoco unos demonios. Un niño que nunca rompió algo, no es un niño, dice un viejo axioma. Mucho menos el que no atesora un puñado de peleas y cruce de malas palabras con sus pares. Por ejemplo, quién no maldijo, alguna vez, a un hermano.

Con padres farmacéuticos, Pedro quiere seguir la tradición. Tienen una farmacia en el frente de la casa. La atiende el padre; la mamá, por ahora, se encarga de criarlos. “En Kung Fu Panda, el maestro Shifu dice ‘paz interior’ –bromea Valeria, la mamá- y ellos son tres Kung Fu Panda alrededor mío tratando de sacar mi paz interior”. Pero en esta nota, siguen hablando los chicos.

¿Son de castigarte mucho?, se le pregunta a Pedro.

“Ja. No, cinturonazo no”, bromea. El castigo que Pedro más se acuerda fue cuando lo dejaron un mes sin Playstation. “Esa vez no me salvé”, recuerda y agrega: “Lo que más me molesta cuando me retan es cómo se ponen. Mamá todos los días casi se pone a llorar. Lo que les cambiaría es que no nos reten más, que no se calienten”.

COSA DE GRANDES

Los adultos fueron niños. Crecieron y eligieron ser padres. Las épocas cambiaron, y los padres de estas generaciones son bisagras entre un pasado rígido y un presente autoreflexivo.

“Es parte de la responsabilidad de los adultos marcar los límites”, remarca la psicóloga Eva Rotenberg, directora de la Escuela para Padres (www.escuelaparapadres.net). Y asegura: “Los errores de los padres suelen ser a causa de falta de paciencia y de la creencia de que los sufrimientos de los niños son pasajeros, es decir ´cosa de niños´. En lugar de retar, los padres debieran tener ciertas ideas claras acerca del respeto. Piden respeto pero a los hijos pocas veces los escuchan”, confirma.

“Si somos perfectos, qué les queda a ellos -dice Libenson- el nivel de exigencia que le transmitís, les baja la autoestima. Uno le exige a los hijos lo que uno como adulto no puede”. ¿Revisar los propios límites para limitar a un hijo? Así parece.

Claro que es normal que los niños desafíen y pongan a sus padres en el límite. ¿Hasta dónde son capaces de llegar?

Los especialistas hablan de asimetría para que el niño se sienta cuidado y protegido. “Es fácil. Si usted dice que el niño es el rey de la casa, está equivocado. El niño tiene que ser el príncipe, y ustedes, padre y madre: reyes”.

EDUCAR A LOS PADRES

Se sabe que ningún padre es perfecto ni debiera serlo. Y los niños, si bien mandan a sus padres al banquillo, no se olvidan de resaltar lo que más les gusta de ellos.

“Si tuviera un hijo, yo sería como mis papás, porque ellos son re buenos conmigo. Y mamá también: ella me tiene como un bebé, pero a mí me gusta igual”, sonríe Maxi, y remarca que con él sus padres saben manejar la exigencia: “Me dice si te sacas un seis no importa, en el próximo examen lo hacés, porque apruebo con siete. Igual como alumno soy bastante bueno”, concluye.

“Antes, cuando papi y Luqui se iban a comprar la comida, con mamá jugábamos a la escondida y siempre me ganaba”, recuerda Pedro y cuenta: “Como a papá le encanta el fútbol, cuando no está trabajando vamos a patear la pelota al patio. O nos hacemos unos partidos al FIFA en la Play. Así que de eso no me puedo quejar porque hay otros padres que no les gusta jugar a la Play”. “Es un disparate pensar que los chicos son unos santos, pero tampoco unos demonios. Un niño que nunca rompió algo, no es un niño”

Por su parte, Maia dice que sus padres son muy buenos con ella y que a ella le gustaría ser buena con sus hijos. Le encanta que la dejen invitar amigas, ir al kiosco o algún otro mandado en rollers. Y que la dejen cocinar.

“Las únicas veces que puedo jugar con mi mamá, son los días que se corta la luz”, dice Maia y argumenta: “De ese modo no puede trabajar”.

-¿Y si vos le decís que deje de trabajar se enoja?

-No se enoja pero no me presta atención.

-¿Tenés que cortar la luz, entonces?.

-Claro sonríe, pícara- puedo cortar la luz, pero, ¿me decís cómo?.

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