Escalada deportiva: la adrenalina de una actividad que suma adeptos en la Ciudad
| 28 de Febrero de 2015 | 23:09
El desafío es contra la gravedad y contra uno mismo. Combatir el miedo a las alturas o empujar los propios límites, hasta quedar atrapado en la adrenalina de una actividad que gana cada vez más adeptos en la Ciudad: bienvenidos al mundo de la escalada deportiva.
Es posible que hoy se haya convertido en una disciplina popular y con miles de entusiastas, pero hace más de dos décadas, cuando el platense Juan Martín Miranda (41) empezó a escalar, “el que practicaba esto -recuerda- rondaba la locura”.
Así lo afirma este deportista que, desde chico, insistió en conocer los secretos de las ascensiones hasta que sus padres le compraron un libro de alpinismo en una feria. Tenía entonces 15 años y pronto se vinculó con un grupo de personas que viajaba a Buenos Aires a entrenar en un muro instalado al lado de la cancha de River, que, por esos años, era una de las pocas opciones para los que querían incurrir en el montañismo.
“Conocí un montón de gente, hice amigos, y quedé como el más fanático de La Plata”, recordó Miranda, que hace ya 26 años que se dedica a escalar, competir, y entrenar a deportistas de elite. Eso le permitió viajar alrededor del mundo para escalar muros y paredes de piedra, aunque también le hizo frente al ascenso de montaña.
Tanto para él como para muchos de quienes lo practican, el alpinismo es un verdadero estilo de vida y una forma de experimentar e interpretar el mundo que los rodea. Ese mundo, en La Plata, cada día crece más.
“Empezar no fue sencillo”, admitió Miranda. El primer intento de construir un muro para escalar en la Ciudad fue en la casa de un amigo suyo, para uso personal. De ahí pasaron a un local en Villa Elisa y luego se trasladaron a 43 entre 19 y 20, donde el gimnasio de escalada que habían instalado quedó reducido a cenizas por un incendio.
Así fue que finalmente en 1999 arribaron a la ubicación actual del Rocódromo, uno de los más grandes del país y el único en La Plata, con una superficie de más de 500 m2 cubiertos de piedras donde más de un centenar de personas entrenan regularmente.
Se trata, afirman, de un deporte muy exigente, basado en un conjunto de técnicas, conocimientos y habilidades orientadas a la realización de ascensiones, en el que también se enganchan los chicos.
“Es muy divertido, aunque a veces un poco difícil”, es la impresión de Brena, una nena de 11 años que vive en Gorina. Hace más de un año y medio que la joven se acercó al Rocódromo y quedó, como tantos otros chicos, “atrapada”. “Costó al principio”, contó la pequeña, que admite que da “un poco de miedo cuando mirás abajo”, pero que “se siente genial cuando llegas arriba”.
Tobías, de 10 años, también dice que comparte esa sensación en la que se mezclan el entretenimiento y la satisfacción de superar exigentes pruebas. “Es divertido, a veces fácil, otras difícil”, cuenta Tobía, a quien sus padres traen desde City Bell para practicar. A medida que los chicos, al igual que los adultos, entrenan y se fortalecen, pasan de pared en pared, probando diferentes niveles de dificultad y altura.
MOdalidades
En el Rocódromo pueden realizarse dos tipos de actividades. La primera, es la escalada vertical, que puede ser asistida con soga y guía, en una técnica en la que se trabaja de a dos. Mientras una persona escala, la otra lo protege, manteniendo el control sobre la soga a medida que sube por la pared. Al llegar a la cima, solo queda un divertido viaje hacia abajo, haciendo rapel, un sistema de descenso por superficies verticales para el cual es necesario llevar consigo el arnés y un descensor.
La otra modalidad, más exigente, es la de Bulder, o Boulder en inglés original, un tipo de escalada desafiante e intensa, que requiere una preparación física rigurosa.
Con paredes inclinadas en ángulos pronunciados, a veces de hasta 45º, los deportistas entrenan a bajas alturas, con la seguridad de grandes colchones en el piso para amortiguar posibles caídas. “Los movimientos son más explosivos, más intensos”, explicó Miranda.
Según contó, los entrenamientos promedian una duración que va de una hora y media a tres, en un ambiente que está orientado “a divertirse y socializar”, en lo que se considera un deporte “estilo de vida”.
Casi no hay límites de edad para lanzarse a la aventura. Desde chicos de 4 años hasta mayores de 60 se animan a probar suerte en las paredes. “Acá venís con el termo y el mate y siempre vas a encontrar alguien que te secunde”, aseguró el entrenador.
Para empezar, los recomendable es llevar ropa cómoda, zapatillas “y actitud”. “Lo importante es saber ponerse freno para no agotarse el primer día”, aconsejó Miranda, quien reconoce que “falta una camada nueva de escaladores que se anime a continuar”, algo que según él, “tiene que ver mucho con la experiencia”.
Afortunadamente, el entusiasmo que se ve en el rostro de todos, desde los más chicos a los más grandes, parece asegurar que no faltarán en el futuro entusiastas que elijan transmitir ese goce a las siguientes generaciones.
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