La grieta entre nosotros

Por ALEJANDRO FONTENLA (*)

Volviendo del velatorio del ex presidente Néstor Kirchner, Octavio se apoltronó en un sillón y pronunció una frase contundente, con el tono de un oráculo, de un mandato irrevocable. La frase fue: “no se puede no ser kirchnerista”.

Reaccioné automáticamente, pero no desde un punto de vista político, sino apelando a los códigos de nuestra amistad, practicados desde hacía tantos años: hablé de la diversidad de perspectivas de vida con las que habíamos soñado, del respeto a las diferencias de todo tipo, de la amplitud de roles y de los distintos personajes que habitan en cada uno, de la libertad de pensamiento, del valor de la imaginación. No mencioné los muchos credos políticos que es legítimo profesar, incluyendo la apoliticidad. De la frase de Octavio me afectaba más el sesgo uniforme, extremista. Toda consideración política resultaba innecesaria dado que antes en ese plano coincidíamos en todo, en cualquier análisis de la historia pasada o reciente, y si ocasionalmente surgía alguna diferencia, era un ingrediente más de una conversación entre amigos.

Pensé que Octavio se había impregnado emocionalmente del clima necrológico circundante, o de la masividad de la concurrencia a los funerales, pero me extrañaba en un tipo como es él, formado en el humanismo y dueño de un probado espíritu crítico. Pero en fin, el incidente pasó. Una amistad tan rica, solidaria y comprometida con las respectivas problemáticas personales, en las que nos ayudábamos, no podía alterarse por una discusión política que a esta altura de nuestras vidas era como una brisa, dado que el huracán de la militancia había quedado archivado en una juventud en la que, dicho sea de paso, las situaciones políticas y los contextos eran otros, así como eran otros y muy distintos el significado de la palabra “revolución” y el objetivo idealista y desinteresado del compromiso.

La amistad de Octavio era la mejor terapia, era la rueda de café con la charla sobre fútbol y sobre las trivialidades tan necesarias para soportar la vida, era el consejo siempre atinado frente a los conflictos afectivos. Para mí, Octavio era imprescindible.

Hubo empero un hecho que marcó entre nosotros una separación extrañamente radical, sorpresivamente profunda. Fue la primera vez que, visitándolo en su casa, vi el programa 678. Ante mi asombro, Octavio intentó excusarse, alegando un supuesto pluralismo, dado que esa no era su única fuente de “información”. Pero lo cierto es que a lo largo del programa no tocó el control, ni siquiera en las propagandas. La discusión que sobrevino tampoco fue política. Empezó por una cuestión de gusto. 678 me había parecido un producto grosero y ramplón, de una obsecuencia indigna y construido en base a una sórdida y descarada manipulación. Octavio sabía bien lo que significa editar, no podía engañarse. Además, presenciar ese engendro televisivo, al igual que con la frase posterior al velatorio, me llevó inevitablemente a otro plano de análisis: dada la violencia política que había desangrado al país hasta hacía pocas décadas, tanta injuria y tanta provocación emitidas desde la pantalla implicaban una marcada irresponsabilidad, podrían iniciar una escalada peligrosa.

Extraño un país en el que se pueda hablar de política entre hermanos, entre padres e hijos, en las reuniones familiares, en el lugar de trabajo

Ese programa fue mi límite. Comprendí que Octavio había cambiado. Si mi amigo consumía ese producto, una extraña mutación se había operado en él. Su amplitud de pensamiento se había transformado, pasaba por un embudo, y sus argumentos para defender lo indefendible y negar lo evidente se volvían bizantinos, insostenibles, caían a poco de enunciados. Octavio, un tipo afectuoso, generoso, racional y cultor de la tolerancia, no podía volverse un fanático, pero creo que el contexto del kirchnerismo, que veía enemigos hasta en la sopa, lo estaba acercando a eso.

Por supuesto pronto entendí que el abismo abierto entre Octavio y yo se había generalizado al país entero. Un abismo que creció y se prolongó hasta hoy, y que va a ser difícil superar. El dato optimista es que los más recalcitrantes, los que pregonaron durante años la creencia en conjuras y tramas destituyentes, parecen ir aislándose en su reducto sectario. El pesimista es que la Argentina, desde los comienzos de su historia, desde la primera escisión entre morenistas y saavedristas en la Primera Junta de gobierno, transitó el flagelo de las antinomias. Por otra parte el costado anti social de las políticas encaradas por la nueva administración no ayuda precisamente a la reconciliación.

Hace varios años que dejé de ver a mi mejor amigo. Por lo menos me ahorré escuchar de su boca palabras como la “opo”, la “corpo”, los “medios hegemónicos”, los “poderes concentrados”, y otros disparates por el estilo. Palabras tan inverosímiles como insólitas si hubieran sido pronunciadas por alguien que leyó varias bibliotecas, viajó por el mundo y escribió más de un libro.

Extraño a Octavio, tanto como extraño un país en el que se pueda hablar de política entre hermanos, entre padres e hijos, en las reuniones familiares, en el lugar de trabajo. Y es claro que estos son escenarios mínimos, domésticos. En la esfera pública, las divisiones que atravesaron nuestra historia son la principal causa de que un país riquísimo no despegue, de que hayan crecido la pobreza y la inseguridad, la desconfianza, el encono y la pequeñez. Y que el país haya sido cooptado por el narcotráfico.

Escribí esta nota una tarde y la dejé para corregir al día siguiente. Esa noche soñé que mi amigo Octavio y yo caminábamos juntos por un puente que atravesaba un negro pozo, como si fuera el lecho cenagoso de un río. Por el puente circulaba mucha gente en ambas direcciones, cruzando de lado a lado. Caminaban en grupos, conversando tranquilamente. Sin embargo de pronto el escenario se volvió caótico, se acumularon accidentes y contingencias desbaratando el sosiego con la confusión propia del sueño, cuyo sentido es oscuro y casi siempre insondable.

Me pregunté si ese sueño sería equivalente a una percepción del destino incierto del país, donde las esperanzas depositadas en un nuevo período se malograran una vez más. Nunca como en este caso quisiera equivocarme y poder dar paso al difícil optimismo.

 

(*) Escritor. Profesor en Letras (UNLP)

ALEJANDRO FONTENLA
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