El respeto olvidado

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

Escenas de la vida cotidiana. Una mujer joven en la silla de un bar recoge las piernas y pone la suela de sus zapatos sobre el asiento, sin importarle que allí se sentará alguien después. Dos muchachos conversan en la puerta de un edificio, sentados en el piso y, estirados cuán largos son, interrumpen el paso pero no se mueven cuando alguien intenta entrar o salir. Un conductor bebe una gaseosa en lata detenido ante un semáforo, al encenderse la luz verde saca la mano por la ventanilla, arroja el envase a la calle, arranca y se va. Varias personas esperan en una larga fila para realizar un trámite, una de ellas se aleja un instante para averiguar algo y cuando regresa su lugar ha sido ocupado por un alguien que se hace el desentendido. En una vereda estrecha un supermercado obstruye el paso de los transeúntes atravesando el camino con un cartel en el que anuncia ofertas, mientras unos metros más allá las mesas de un bar clausuran por completo el camino de los paseantes. En plena mañana, y fuera del horario permitido, un camión descarga mercaderías estacionado en la vereda y obligando a los viandantes (muchos de ellos personas ancianas o mamás con hijos pequeños) a bajar a la calle y someterse a riesgos para avanzar. Un motociclista, a su vez, sube a la vereda con la moto, la usa de pista, los peatones lo esquivan mediante exigentes piruetas, y finalmente estaciona su moto junto a muchas otras que, como la suya, seguirán interfiriendo el paso. Tras el motoquero vendrá una ciclista que también convirtió en cómoda pista lo que es el sendero legal de los caminantes y los obligará a dejarle paso para no ser embestidos. En esa misma calle y ese mismo barrio, varios vecinos sacarán la basura en el horario que les venga cómodo y no en el estipulado, la dejarán en cualquier lugar y contribuirán a la contaminación del espacio que ellos mismos habitan. Más allá alguien viene caminando con los oídos obturados por un par de audífonos y la vista fija en el celular mientras teclea a todo trapo un mensaje, y, sin observar a nada ni a nadie, choca primero con una persona y luego embiste con su hombro a una señora haciéndole caer la bolsa que esta lleva en la mano, pese a eso no detiene su marcha ni pide disculpas. A todo esto en el bar de la esquina, en diferentes mesas, algunas personas intentan conversar, pero es inútil, porque alguien habla por su celular a los gritos invadiendo todo el espacio aéreo y auditivo y poniendo a todo el mundo, quiéranlo o no, al tanto de sus temas y disputas comerciales, barriales, afectivas, domésticas o profesionales. Mientras tanto, en redes sociales y foros de Internet personas que se ocultan tras seudónimos se agreden e insultan con inaudita violencia verbal por los motivos más diversos.

SÍNTOMAS INQUIETANTES

Escenas de la vida cotidiana. Un breve muestrario de situaciones que, en realidad, son síntomas. Muestran de qué manera se instaló un modo de vida y de interrelaciones en el cual predomina la falta de respeto. No es solo una cuestión de urbanidad y modales, aunque estos ayuden a convivir mejor, a gastar menos energía en fastidios evitables. Lo que parece superficial (el comportamiento, los modos) refleja una forma de ver el mundo y de tomar en cuenta o ignorar al otro.

Escenas de la vida cotidiana. Un breve muestrario de situaciones que, en realidad, son síntomas. Muestran de qué manera se instaló un modo de vida y de interrelaciones en el cual predomina la falta de respeto. No es solo una cuestión de urbanidad y modales. Lo que parece superficial refleja una forma de ver el mundo y de tomar en cuenta o ignorar al otro

El otro no es un fantasma ni una sombra. Es el prójimo. Aunque parezca una palabra antigua y obsoleta, prójimo significa próximo (deberíamos leer su jota como equis, del modo en que leemos la equis de México como jota). Los prójimos son aquellos con quienes compartimos una familia, un consorcio, una calle, un barrio, una tribuna, un evento, un espacio laboral o profesional, una ruta, una vecindad, una comunidad, una ciudad, un país. Cuando nos mira, nos habla, nos escucha, nos nombra, el prójimo confirma nuestra existencia. Y viceversa. En su poema “Próximo Prójimo”, incluido en el libro del mismo nombre, dice el enorme poeta Mario Benedetti (1920-2009): “prójimo en que me amparo/ tu compacta amistad/ tu vida un tanto mustia/ tu faro de confianzas/ tus vísperas de solo/ son para mí el contorno imprescindible”. Una bella síntesis.

El respeto es el cemento que une, sostiene y da forma a los ladrillos con los que construimos la convivencia. Cuando esto falta, esa convivencia se deteriora y tambalea, los campos de cooperación se transforman en campos de confrontación, ya no importa cuidar lo que es común (espacios, hábitos, tradiciones, valores, proyectos, visiones), se impone el vale todo y el “primero yo”. Esto es exactamente lo opuesto de lo que el filósofo lituano Emmanuel Levinas (1906-1995), autor de “Humanismo del otro hombre”, entre más obras profundas, señalaba como base de la moral. Una frase de cuatro palabras: “Usted primero, por favor”. Ella contiene la esencia del respeto.

UNA OBLIGACION MORAL

Respetar significa reconocer la existencia del otro. No solo la existencia física, sino su condición de ser viviente y, como tal, su dignidad. Por eso el respeto no es sólo hacia las personas, sino hacia todo lo que vive. Y nace de lo que se conoce como La Regla de Oro, una máxima que se atribuye a Hillel el Viejo, rabino que, se dice, tuvo a Jesús como discípulo. Está en la base de casi todas las religiones y se expresa así: “Trata a los demás como deseas ser tratado”. O así: “No trates al otro como no quieres que te traten”.

El ejercicio de esta Regla no tiene requisitos previos. No es necesario conocer a la otra persona (o al otro ser), no se precisa tener una relación con ella y ni siquiera una base afectiva. Hasta es posible que solo nos crucemos por un instante y nunca más en la vida volvamos a vernos. El respeto es una obligación moral. Se diferencia del amor, en que este se construye en el tiempo y a lo largo de diversas circunstancias compartidas (gozosas y dolorosas), echa raíces gracias a experiencias en común, y es fruto de un mutuo proceso de conocimiento. No es obligatorio amar a todos todo el tiempo. Ese voluntarismo (u obligación) hace del amor una abstracción que no encarna, carente de rostro y de cuerpo. Pero sí es obligatorio el respeto universal como base de toda construcción humana.

El respeto encarna. No se es respetuoso en el aire, sino ante el otro. A las escenas conque se inicia este texto (reales, fruto de lo que este columnista vive y observa) se les puede agregar decenas de ejemplos. Todas ellas denuncian que hoy en nuestra sociedad hay un grave default de respeto. Erich Fromm (1900-1980), el pensador suizo a quien se deben obras fundamentales como “El arte de amar”, “El miedo a la libertad” o “Ser y tener”, decía: “Respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz de la palabra (respicere: mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De ese modo, el respeto implica la ausencia de explotación”. Es decir, ver en el otro a una persona y no a un objeto del que me puedo desentender. O al que puedo invadir, desoír, maltratar o ignorar.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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