Fin para las boletas sábana y los comicios comunales separados, como ejes del sistema electoral

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Transcurre en este 2017 otro año en el que se realizarán elecciones en nuestro país y lo cierto es que, una vez más, debe lamentarse el hecho de que los legisladores no hayan considerado una modernización del sistema electoral vigente que, claramente, no se corresponde por su obsolescencia con la cada vez mayor predisposición de la ciudadanía a cumplir con ésta y las demás obligaciones propias de la democracia. Acaso, como prueba de ello, podría mencionarse la cada vez más creciente cantidad de personas que se ofrece para oficiar de fiscales en los comicios, en actitudes signadas por el único interés de colaborar y garantizarle certeza y claridad al acto eleccionario.

Pero, como se ha dicho, resulta evidente que los votantes suelen verse enfrentados a los numerosos trastornos que plantea un sistema electoral anacrónico, atado, por ejemplo, al método de las boletas sábana. No resulta exagerado expresar que las boletas sábana han terminado por hartar a la población, dadas las dificultades que implica su utilización. Además de generar confusión en los cuartos oscuros, ellas se reflejan con mayor elocuencia cuando comienza el escrutinio. En muchos de los últimos comicios, pasadas varias horas del cierre de las mesas de votación, no se dan a conocer resultados oficiales y lo habitual es que recién, ya muy entrada la noche, comiencen a conocerse los primeros datos oficiales. Sin dejar de mencionar, claro está, los errores involuntarios en que incurren los electores y que implican la necesidad de anular sus voto, en situaciones que suelen originar largas y enojosas polémicas.

La ciudadanía argentina, que ha venido demostrando un mayor deseo de interesarse en la cosa pública, de conocer mejor a los representantes que elige y de controlarlos a lo largo de su gestión, reclama con toda razón una mayor sencillez, agilidad y transparencia en el sistema. Se requieren reformas y es la propia realidad la que hoy demanda a las instituciones y a los partidos políticos a modernizar un trámite desactualizado, que no se encuentra a la altura de los reclamos de una población que aspira a consolidar un modo de vida basado en el respeto a la ley y a las opiniones del otro.

En los comicios anteriores quedó evidenciada la obsolescencia de las boletas sábana, que hacen mucho más complejo y trabado el escrutinio y, como si fuera poco, dan margen para “picardías” o suspicacias que no deberían perturbar ningún proceso electoral. Frente a ellas, tal como se ha señalado en esta columna, el sistema del voto electrónico -impuesto en la Ciudad de Buenos Aires y experimentado ya con éxito en muchos países desarrollados- no sólo impide problemas como el faltante de boletas, que es un “clásico” en las denuncias de todas las elecciones, sino que ha demostrado agilizar el proceso de votación y escrutinio de una manera asombrosa.

Asimismo, otro punto de las profundas modificaciones cuya concreción se reclama tiene que ver con la necesidad de que se realicen por separado las elecciones municipales, de modo de permitir que se enriquezcan los debates locales, otorgándole mayor grado de compromiso a los votantes. Se sabe que las elecciones municipales desdobladas permiten a la ciudadanía enfocarse en cuestiones públicas muy concretas y conocidas, además de que jerarquizan la pulseada por la definición de liderazgos locales. Con ese desdoblamiento se evitaría el llamado “efecto arrastre” que, en definitiva, termina contaminando a toda elección municipal con los avatares y contingencias del orden nacional o provincial.

Las elecciones municipales independientes permitirían, además, que ciudadanos sin pertenencia a las grandes estructuras partidarias puedan tener un mayor acceso a las contiendas electorales en sus propias comunidades y que la ciudadanía centralice su atención en esa campaña que, por ser autónoma, pasaría a tener una mayor gravitación.

No existen, afortunadamente, dudas acerca de que la ciudadanía argentina ha venido demostrando en forma ininterrumpida, desde 1983, un mayor deseo de interesarse en la cosa pública, de conocer mejor a los representantes que elige y de controlarlos a lo largo de su gestión. Se trata de aportarle entonces, a esa madurez política, avances instrumentales que son relevantes para acrecentar la representatividad. Los partidos políticos y las instituciones están, por consiguiente, obligados a modernizar un trámite anacrónico, que no se encuentra a la altura de los reclamos de una población que aspira a consolidar un modo de vida basado en el respeto a la ley y a las opiniones del otro.

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