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Venta ambulante de la mano de la crisis y del aumento del desempleo

Con 400 puestos no para de crecer la feria americana que se instaló en la plaza Italia

Ropa usada de segunda y tercera mano, comida y trueque se ofrecen tres días a la semana. La mayoría son manteras

Mabel Figueroa, vecina barrio Los Robles “ Soy una madre sola, con un hijo de 19 años que estudia en la Universidad Tecnológica, vive conmigo y quiero que siga la carrera, que no abandone. Hace cuatro años que estoy desocupada y me las rebusco vendiendo ropa usada que me regalan o que compro en las redes sociales. Hay días muy flojos, tanto que podemos empezar con un precio pero si vemos que nos estamos por ir y no vendimos nada lo bajamos un montón, porque si no venir y estar acá para no sacar nada no vale la pena”.

ropa usada se expone en un sector del espacio público de 7 y 44, tras haber sido corridos de la plaza san martín a mediados de año/ gonzalo calvelo

“Vivo sola pero con la jubilación mínima no me alcanza y por eso busco ropa usada, la pongo en condiciones y salgo a venderla. Empecé en plaza San Martín y ahora estoy en plaza Italia”.Rosa Iramain Vecina barrio Las Malvinas

El fenómeno crece al ritmo de la devaluación del peso, la inflación, el aumento de la desocupación y la consecuente pérdida del poder adquisitivo en los hogares. Es decir, a partir de la pauperización de sectores de la población con poco margen de resistencia para el impacto de una crisis. Empezaron siendo un pequeño grupo de jubiladas “con la mínima” que en plaza San Martín, cuatro años atrás, buscaba un ingreso “extra” vendiendo ropa usada. Corrieron los meses, la situación económica se agravó, se sumaron entonces otras mujeres -madres jóvenes- y comenzaron a incorporarse también algunos varones. Cuando las autoridades corrieron a esos manteros del espacio verde de 7 y 50 (“el 7 de junio”, según recuerdan rigurosos) eran 180 los puestos; hoy, instalados en un sector de las veredas de plaza Italia, son alrededor de 400.

Se vende de todo; de segunda y tercera mano. La mayoría de las mantas tiradas sobre las baldosas exhiben prendas y accesorios de vestir para grandes, chicos y ambos géneros; también hay sandwichs, porciones de torta, chipá; y en algunos puestos se mezcla la ropa con utensilios de cocina y juguetes gastados.

La “mercadería” la obtienen de distintas maneras: de la propia familia que en lugar de regalar, como hacía antes, eso que deja de usar, lo ofrece ahora en la feria; de pedir en los barrios céntricos por lo general los sábados a la tarde; o de la compra a través de las redes sociales. “Nada es nuevo”, aclaran a la vez que resaltan: “así como nos viene, lo lavamos y lo ponemos en buenas condiciones”.

Una vecina de San Carlos que prefiere no revelar su nombre integraba, hasta fines del año pasado, una familia trabajadora. Ella, su marido y su hija de 20 años eran cooperativistas; se les venció el contrato con el Municipio y se quedaron sin ningún recurso para vivir. La pareja, que además tiene un adolescente de 15 años, se sentó una noche frente a frente en la mesa familiar, pensó cómo podían remar la tragedia, y a ella se le ocurrió que vender ropa que estaba por descartar era una buena idea. “Empecé con lo mío, con lo de mis hijos, incluso con juguetes del menor. Mi mamá que es jubilada de la administración aunque no gana mucho nos ayuda y nos junta ropa de sus vecinos y conocidos”, cuenta. Un día que gana “mucho”, la mujer, de 49 años, lleva a su casa unos $500. “Pero la mayoría no pasa nada y hago cero peso”, confía.

Por lo general, los que se instalan tres veces por semana en la plaza de 7 y 44 con sus mantas recargadas de ofertas son jubilados (mujeres en su mayoría), jóvenes desocupadas y personas discapacitadas.

Todo lo organiza la asociación civil Feria Americana de Plaza San Martín La Plata, un colectivo de economía popular y familiar con la personería jurídica en el horizonte. Uno de los voceros del grupo, Julián Casella, se adelanta, antes de empezar a suministrar otros detalles del movimiento: “no tenemos nada que ver con la política y menos con la política partidaria; nuestro objetivo son los derechos feriales y laborales”.

Con reglas propias

El armado de los puestos tiene reglas, según precisa Casella. “Son normas de convivencia”, subraya. Estas son: sólo se instalan a vender los lunes, miércoles y viernes de 13 a 17; no se pueden usar los bancos y asientos de la plaza como “estanterías”; al retirarse los manteros debe quedar todo limpio; las diferencias entre los vendedores se resuelven en asambleas democráticas; y está prohibida la reventa de artículos nuevos.

Sostiene Casella que, “con 34 por ciento de desocupación en el país este colectivo cumple un rol que el Estado no cumple: incentivamos el trabajo y hasta le damos de comer a los que están en una situación económica grave”.

Quienes compran a los puesteros de plaza Italia son vecinos que por su condición social buscan poder vestir a su familia sin gastar mucho dinero. Y es que en el extenso despliegue de mercadería se pueden conseguir remeras de niño por $20, un par de botas de mujer por $70 y muchos otros artículos para vestir que se llevan por menos de $100. Como “lo más caro”, por caso, la mujer de San Carlos ofrece un jean de varón a $150. “No podemos cobrar más que eso. Los que nos compran están igual que nosotros”, dice con tono resignado.

En medio de tejidos de bebé, zapatillas, camisas, corpiños, musculosas, sandalias, zapatos de taco alto, pañuelos de cuello, accesorios para la cabeza, cinturones, bolsos y todo cuanto pueda haber estado en un placard se comercializan algunos alimentos listos para consumir. Una escena común de esas tardes muestra a jóvenes mujeres cambiando alguna mercadería propia con algo para la merienda de sus hijos, que son pequeños y andan revoloteando por la plaza mientras se desarrolla la jornada mercantil. Es que el trueque es la otra modalidad de intercambio frecuente en esta época.

Rosa Iramain es una de las “pioneras” de plaza San Martín. Del barrio Las Malvinas, mudada ahora a plaza Italia, la mujer de 69 años, con una jubilación de ama de casa, vende zapatillas, remeras, camisas, “todo lo que pueda juntar en la calle o lo que los conocidos me dan para que pueda venderlo”, dice.

Ella vive en la parte de atrás de la casa de uno de sus hijos y calcula que saca, a lo sumo, $200 por día de ventas. “Tampoco me alcanza para mucho, pero por lo menos puedo comprar leche, las galletitas sin sal que como porque tengo presión alta y alguna otra cosa más para comer”, explica.

Confiesa Rosa que a esta altura de su vida ella preferiría descansar antes de estar buscando qué vender: “Ya no tengo ganas. Pero el problema es que mis hijos no me pueden ayudar más porque ellos tienen su familia y también les cuesta vivir”.

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