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Entre los voluntarios aflora la solidaridad para afrontar un duro presente

Resistir la crisis: cómo es la batalla a pulmón en los comedores barriales

Los centros de distribución de alimentos no dan abasto. Frente a una demanda creciente, se las arreglan como pueden. Los menúes, ajustados a la escasez y la falta de variedad, se entregan en viandas. Cifras alarmantes

“Todos por una sonrisa”. el comedor barrial de altos de san lorenzo es escenario constante del pedido de la gente más necesitada del barrio por un plato de comida / césar santoro

los voluntarios dedican varias horas a cocinar y hacer la entrega de las viandas / césar santoro

Rosana Chavez, empleada doméstica “ Estoy casada y tengo dos hijos chicos. Mi marido es albañil y está sin trabajo desde hace unos meses. El año pasado se nos complicó todo y entonces empezamos a buscar la comida del comedor porque así no pasamos tantas necesidades”.

María Magdalena Díaz, encargada de “Todos por una sonrisa” “ Hacemos un esfuerzo muy grande, porque no es fácil alimentar a más de 300 personas todos los días. La mayoría de los productos que cocinamos son donaciones de particulares, de vecinos y comerciantes, porque es muy poca la ayuda estatal que recibimos. Con eso solo no alcanzaría, tenemos un montón de gastos”.

Una porción de polenta; fideos con salsa; guiso de lentejas y verduras. Algo que parece tan simple como un plato de comida en el actual contexto cobra un valor muy por encima de lo que señalaría el mercado. Lo mismo sucede, aunque parezca en una escala menor, con una taza de mate cocido o de chocolatada acompañados de un alfajor o galletitas, es decir, con una merienda. Hay que calmar el hambre de decenas y decenas de personas, la gran mayoría niños y niñas menores de 12 años, y eso hacen cotidianamente los comedores comunitarios y las copas de leche de la Región, que desafían hasta las leyes de la matemática para hacer alcanzar una medida de alimentos que se achica al mismo tiempo que la demanda crece.

Altos de San Lorenzo. “Todos por una sonrisa” es en realidad la casa de María Magdalena Díaz que está al servicio de la asistencia diaria de 350 personas. Queda en la calle 88 entre 16 y 17, una calle que al igual que las del resto del barrio son puro barro en los días de lluvia. Zona platense de alta vulnerabilidad social, con muy contadas viviendas de materiales sólidos, de lunes a viernes, entre las 16.30 y las 18, el comedor es un desfile incesante de vecinos que van por comida que llevan a su casa para la cena. Son changarines, madres jóvenes que trabajan en casas de familia, albañiles sin obra donde trabajar, recientes desocupados, jubilados, nenes.

Esas escenas, repetidas en varios comedores incluso de una misma zona, parecen desmentir la creencia de que las estadísticas suelen no reflejar la realidad. Los últimos datos suministrados por el Indec señalan que la pobreza aumentó en el país al 32% al finalizar 2018, contra el 25,7% que mostraba un año antes. El mismo informe, al hacer foco en la Región, precisa que entre La Plata, Berisso y Ensenada ese índice creció desde el 23% en el segundo semestre de 2017 al 31% en el mismo período de 2018. A la par, también aumentó la cantidad de comedores y de la gente que asiste a diario, como mostró un informe del Consejo Social de la UNLP (ver página 15).

Dos ollas y cientos de bocas

En “Todos por una sonrisa” humea desde la tarde temprano una olla de 150 litros; para alimentar a las personas indigentes de ese barrio tienen que llenar dos de esos enormes recipientes. Los guisos son, asegura María Magdalena, “lo que rinde más” y de ahí que los hacen con arroz, fideos, lentejas o “con lo que haya en el momento”, aclara la referente barrial. Cuando lo que disponen es harina se amasan kilos y kilos de tallarines. El menú no tiene otras variantes porque carne, pollo y pescado son en ese lugar “artículos de lujo”.

Mientras que las “cocineras” revuelven en la inmensa olla para servir la comida caliente, otros voluntarios organizan el reparto. Recipientes de plástico de los más variados tamaños mezclados con cacerolas renegridas esperan en la larga mesa del comedor de Altos de San Lorenzo a ser llenados. Los vecinos se forman en una cola hasta que les toca el turno de cargar la ración que les corresponde.

Rubén Godoy es jubilado del gremio de los camioneros, “con la mínima”, remarca. Vive solo, a unos pasos del comedor, y asegura que el haber mensual no le alcanza para las recomendadas cuatro comidas diarias. “Por suerte no tengo a nadie a cargo mío -dice entre aliviado y resignado-, así que me las arreglo, porque con un guiso de este lugar ya zafó bastante”.

Fuente rica en historias que narran la angustia de la gente, María Magdalena lamenta la situación que la hecho un poco protagonista del barrio. “No tendríamos que estar así. En un país con los grandes recursos como tiene la Argentina vino hace unos días un hombre grande. Se ofreció a ayudar a cambio de llevarse una vianda. Me dijo que estaba enfermo. Le pregunté qué tenía y me dijo `desnutrición¨”, cuenta la mujer sin disimular la amargura que le provocó esa breve charla.

El comedor de Altos de San Lorenzo abrió en septiembre de 2013 (“después de la inundación”, recuerda María Magdalena). En 2017 atendía a 150 personas; el año pasado la cifra ascendió a 300; y ahora está cerca de llegar a 400. Se sustenta con donaciones particulares, muchas aportadas por vecinos que están en una posición económica sólo un poco mejor que la del resto; una partida de alimentos que cada 60 días acerca el ministerio de Desarrollo Social; y $8.500 de una tarjeta que le otorga la Municipalidad de La Plata. “Con eso no alcanza para alimentar a tanta gente todos los días”, remarca la presidenta de la ong.

Del gran comedor a la vianda

Con problemas de infraestructura edilicia porque quienes llevan adelante las iniciativas comunitarias son dirigentes barriales por lo general, también, de escasos recursos económicos, desde hace un tiempo la modalidad para alimentar a las familias que no pueden afrontar los costos del alimento diario es la entrega de una vianda. Si la dimensión del espacio es suficiente para recibir a un determinado número de chicos, entonces ahí mismo se los asiste a la hora de la merienda, después de la escuela; si no, se preparan y se envuelven las raciones con la ayuda de vecinos que truecan trabajo de voluntariado por comida. Hay lugares donde son nenes los que van por la copa de leche o una cena para ellos y sus hermanos.

Pero ocurre en más de un centro de ayuda social, como el de Melchor Romero, “Los Gurises”, donde la mercadería que se reúne no es suficiente para sostener la entrega todos los días; entonces la cobertura se distribuye entre los lunes, miércoles y viernes como copa de leche. Allí concurren entre 25 y 30 chicos al apoyo escolar y se les da una merienda a ese grupo y a otros 70 que no asisten a las clases pero sí van por la ayuda alimentaria.

En ese estrecho espacio de Romero también hay relatos que estremecen. “Hay nenes que vienen y me cuentan que la noche anterior cenaron una taza de té”, dice Blanca Giménez, a cargo del comedor de la calle 524 entre 158 y 159. Para satisfacer las necesidades de tantos chicos el lugar recibe desde hace una década donaciones de particulares, de empresas que cada tanto les regala partidas de alimentos no perecederos, y de pequeños comercios de la zona que aportan productos frescos. “Ofrecemos lo que tenemos en el momento: milanesa de soja con una fruta, pizza de polenta, que a los nenes les gusta mucho, y lo que sea. Y una vez por mes armamos un bolsón con la mercadería que nos queda y los repartimos entre las familias que vienen acá”, comenta Blanca.

Ahora los clubes

Otro signo que preocupa, porque da cuenta también del aumento de la desigualdad, lo aportan los clubes de barrio. En una treintena de esos espacios, que sirven originalmente a otros fines sociales, desde el año pasado ofrecen una merienda a los chicos que practican deportes (por lo general juegan al fútbol). “Es que los dirigentes de las entidades empezaron a descubrir que los pibes se mareaban y eso era porque no estaban bien alimentados”, indica Alberto Alba, presidente de la Federación de Instituciones Culturales y Deportivas de La Plata.

Las entidades barriales, se sabe, entrampadas por las cuentas que no cierran, en parte, fruto de los tarifazos, tampoco atraviesan su mejor momento. Sin embargo, para dar alguna respuesta a las necesidades de sus pequeños socios se las rebuscan con algunos fondos propios y el pedido de donaciones a los comerciantes conocidos de la zona.

Desde el Banco Alimentario de La Plata, que nutre, literalmente, a 161 comedores comunitarios de la Región, también se advierte un crecimiento alarmante de la demanda. En Berisso, por caso, asiste a unas 30 instituciones y la ciudad ribereña es, según puntualizaron los directivos de la institución, el distrito donde se habilitaron más ongs de ese tipo en los últimos tiempos. “Hay entidades que nos piden que las incorporemos, pero por una cuestión programática no podemos hacerlo. Tenemos nuestras limitaciones. Trabajamos con un número finito de alimentos, ya que resulta del recupero de los supermercados, del Mercado Regional y de las grandes fábricas”, explica el titular del Banco, Pedro Elizalde.

Lo cierto es que la política económica de estos años ha hecho tambalear casi todos los estamentos de la población, pero son los sectores más vulnerables los que pagan los mayores costos. Así lo observa Elizalde. “La crisis significa pobreza para todos, para los que se pueden comprar menos cosas y para aquellos que ya directamente no pueden comprar nada”, sintetiza el dirigente social, que cuenta, por estos días, 21.400 personas a quienes se asiste con ayuda alimentaria.

28%
de los puntos de distribución de alimentos sólo entregan viandas; mientras que en un 25,9% de los casos funcionan únicamente como comedores. El 45,7% restante combina alimentación servida con la entrega de viadas, según un informe del Consejo Social de la UNLP.
3.5
días en promedio funcionan los centros de distribución de alimentos. El 62% funciona hasta 3 días a la semana (1, 2 o 3 días), casi el 40% (38.3%) funciona 3 veces por semana y un 30% funciona entre 5 y 7 días semanales, de acuerdo a los datos del relevamiento realizado por el Consejo Social de la UNLP.

 

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