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FACUNDO SAVA
Me desperté anoche a las 1.30. Soñaba. Soñaba con Diego. Soñaba que gritaba un gol de Dorados, el último equipo que él dirigió, y el Diego me abrazaba en el banco de suplentes gritando gol y diciendo “vamos carajo”. No sé qué hacía ahí yo, pero lo cierto es que a la distancia viví su experiencia en México como un hincha más. Y cada vez que la cámara lo enfocaba, su cara y sus gestos expresaban sentimientos distintos con los cuales me sentía siempre identificado; si Maradona estaba enojado, me pasaba lo mismo: si él gritaba de alegría, yo también, si él sufría de dolor cuando caminaba por sus rodillas lastimadas, me angustiaba, esperaba cada partido para verlo.
Nunca creí en Dios y, de hecho, no lo haré en toda mi vida. Me enseñaron que todo lo que puedo lograr depende de mí. Siento que el más allá arruina el más acá, que la construcción de un dogma así tiene como consecuencia directa disminuir el valor de la realidad y que, entonces, encontrarse con uno mismo, no vivir en inferioridad, inventar un estilo propio de vida, darse autovaloración, requiere de la superación del padre protector y todopoderoso. Con la única persona que sentí algo especial estando a su lado, compartiendo un vestuario, una cancha de fútbol o una charla fue con Diego. No logro explicar con palabras lo que sentí. Y no tiene mucho sentido intentarlo. Lo que tiene sentido es que no podía parar de mirar lo que hacía, lo que decía. Sentía una energía única: era como un iman que hacía que me costará concentrarme en otra cosa.
Confesión: esos fueron los únicos momentos en los que pude entender a los que creen en Dios.
Un día, la primera vez que lo vi, él jugaba para Boca y yo para Ferro en la cancha de Vélez. En un momento, un momento distinto a cualquier momento anterior o posterior, me lo crucé por la mitad de la cancha. Me habló. Estoy en condiciones de repetir sílaba por sílaba lo que le salió de la boca: “Podés parar de correr, por favor”. Ni un sonido más ni uno menos.
Me había dirigido la palabra esa persona a la que fui a esperar a la Casa Rosada después del Mundial 90. ¿Cómo olvidarlo? Ahí estuve con mis padres, a los 16 años. ¿Cómo olvidarlo? La Plaza de Mayo estaba llena, me perdí y no me importó. Pura verdad: sólo quería verlo. Maradona era ese que tanto me había hecho emocionar, gritar, sufrir, enojarme, disfrutar, llorar, reír. Otra verdad: quería agradecerle.
Si alguien entra a mi casa y no me conoce, por lo único que se puede dar cuenta de que ahí vive un ex jugador de fútbol profesional y actual entrenador -ya que no hay premios, camisetas, recuerdos, fotos de equipos: todo permanece guardado en cajas y no a la vista- es por el cuadro de una foto que nos sacaron cuando estuve en Boca como jugador y él iba cada tanto a entrenarse con nosotros. Casi siempre, jugábamos para los suplentes en el mismo equipo. El único motivo por el cual Bilardo retrasaba el comienzo de un entrenamiento era esperar que Diego llegara. Cuando aparecía, todo se volvía distinto.
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Me imagino a los hinchas de Gimnasia. Intuyo cómo estarán. Son gente trabajadora, apasionada, sufrida, divertida, gente que como el Diego gana la Copa del Mundo a la perseverancia, al amor por los colores azul y blanco, al aliento constante, entre tantos atributos más. Pienso en los utileros, en los médicos, en los cocineros, en los dirigentes, en los cancheros, en los jugadores. Hermosa posibilidad la de poder compartir este momento con Diego.
Sé que van a disfrutarlo. Y a cuidarlo. Y a mimarlo.
Sé que van a devolverle algo de todo lo que él nos dio.
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