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Medicina, política y literatura, una trilogía que viaja junta

Mitos, aplausos y críticas a los médicos en la historia de la humanidad. Ejemplos de fusión entre la ciencia y el humanismo. Testimonio del platense Leopoldo Acuña. El caso de la “resistencia al ferrocarril”

Medicina, política y literatura, una trilogía que viaja junta

Aplausos desde los balcones en tiempos de pandemia / Web

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

17 de Mayo de 2020 | 03:28
Edición impresa

Cuando promediaba marzo pasado en la Argentina, al igual que había ocurrido en España y otros países europeos, se registró un “aplausazo” dedicado a los médicos que combatían el coronavirus. La prensa reflejó ese emotivo homenaje de las ciudades, a pocas horas de que se instrumentara la cuarentena obligatoria aconsejada por los epidemiólogos. Desde balcones y terrazas se despeñaban diluvios de aplausos para médicos, enfermeros y auxiliares.

La historia se ve poblada de maravillosos ejemplos de fusión entre la medicina y el destino de las comunidades. Hace poco se reflejó en estas columnas el caso de los médicos argentinos que, desprovistos de recursos, pelearon a suerte y verdad contra la fiebre amarilla en Buenos Aires en el siglo XIX. Muchos profesionales murieron allí, de la misma enfermedad a la que combatieron.

Hubo en todas las épocas aciertos magníficos, como los de quienes descubrieron los rayos X, la penicilina, las vacunas, las nuevas alternativas quirúrgicas, la estructura del ADN. O los de quienes sentaron las bases de la medicina clínica. También se registraron, como lo marcan muchos textos, errores formidables en las políticas sanitarias, como, por ejemplo, el de la insólita resistencia y lucha de los médicos contra el ferrocarril, cuando este apareció en el siglo XIX.

Hoy la medicina ha llegado a cumbres tecnológicas nunca antes imaginadas. Sin embargo, como dice el escritor y médico Thomas Sheenan (“Literatura y Medicina) “desafortunadamente, la parte humanística de la medicina no ha avanzado en paralelo con la parte científica”. En cada capítulo de la historia, la medicina escribió con renglones derechos. Y también con algunos torcidos. Hubo siempre médicos que asesoraron sobre políticas sanitarias a reyes y príncipes. Y la literatura reflejó esa relación, que tuvo cimas y también abismos.

MEDICINA Y LITERATURA

El platense Leopoldo Acuña es médico y escritor, autor entre otros libros de “Medicina y Arte” (Editorial UCALP, 2018) y de “Vademecum literario” (Editorial Arte Médico, 1998). Con un pie en cada uno de esos mundos, Acuña alude a la actual cuarentena y lo que primero consigna es que esa palabra, que proviene del italiano, “quaranta giorni”, es de origen religioso y empezó a usarse con sentido médico por el aislamiento de 40 días que se dispuso en el siglo XIV por la peste negra que asoló a Venecia. “Y como diría Borges, es una magnífica ironía que, ahora, haya sido Venecia una de las más castigadas por el coronavirus”.

“La medicina y la literatura marcharon juntas a través de los siglos. Doy algunos ejemplos: en el Siglo XVIII el doctor Franck escribió un famoso ensayo literario que se llamó “La miseria del pueblo, madre de enfermedades”. Después, en 1796, Eduardo Jenner desarrolló la primera vacuna médica, que fue contra la viruela. Tan importante fue que, en el primer certamen de la Academia Francesa de Letras, el tema propuesto fue…la vacuna”.

“Pero la literatura médica se asoma también al balcón de la política en el siglo XVIII, en el período del despotismo ilustrado”, dice Acuña, en alusión al esquema paternalista de los indiscutidos monarcas de Francia, Austria, Prusia, Rusia, Suecia o Portugal. El despotismo ilustrado acuñó un lema: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Es decir, la corona no consulta a la sociedad sobre las medidas que ella dispone para, supuestamente, beneficiarla.

En el Siglo XIV, Venecia estuvo en cuarentena a causa de la peste negra

 

Aludió después a la figura de Xavier Bichat (1771-1802), “que definió a la medicina como a todos los procesos que resisten a la muerte” y mencionó luego el caso de Rudolf Virchow (1821-1902), médico, antropólogo, biólogo y político alemán “que se refirió a la medicina como a una ciencia social al afirmar que la política no es otra cosa que medicina en gran escala”.

Destacó, por último al dramaturgo noruego Henrik Ibsen (1828-1906) “que en su novela “Un enemigo del pueblo” narra la historia del doctor Thomas Stockmann que denuncia que hay una bacteria en las aguas del balneario de una ciudad que hace peligrar la salud pública. Un hermano del médico es el alcalde de ese pueblo y le ruega que se calle, que no diga nada porque arruinaría el turismo. Es toda una disyuntiva y sugiero al lector que lea el desenlace en la novela de quien fue Nobel de literatura. Pero la moraleja del dilema vendría a señalar que allí podríamos estar ante una demagogia populista que puede atentar contra una república…de células”.

OTROS GRANDES

Grandes escritores se acercaron a la medicina y elogiaron o cuestionaron a los médicos. Entre ellos no puede dejar de mencionarse al parisino Moliere (1622-1673), que en sus sátiras fue despiadado con los médicos, retratándolos en sus obras “El enfermo imaginario” y “El médico a palos”, por considerarlos a muchos de ellos alejados de la ética.

“Los médicos recetan fármacos de los que saben poco”, supo decir Voltaire

 

Dijo Moliere: “un médico es aquel hombre a quien se le paga para que cuente tonterías en el cuarto de un enfermo, hasta que la naturaleza cure a éste, o los remedios lo maten”. También por esa época Voltaire soltó un brulote que se cita permanentemente: “Los médicos recetan fármacos, de los que saben poco, para enfermedades de las que saben menos, en personas de las que no saben nada”.

Esas críticas existen, claro, a pesar de los pasos con botas de siete leguas que dio la medicina, con avances deslumbrantes que llevaron a que hoy el promedio de vida oscile cercano a los cien años. Aquí puede citarse –como prueba contraria- al novelista francés Pierre Loti (1850-1923), que en una de sus obras, publicada hace menos de un siglo, habla de un personaje y lo define como “el anciano de 40 años de edad”.

Literatura y medicina de la mano. Es muy larga y muy rica la nómina de escritores que también fueron médicos. Allí puede encontrarse a figuras como Rabelais, Chejov, Somerset Maughan, Pío Baroja, Luca de Tena, Arthur Conan Doyle, John Keats, Oliver Goldsmith, Archibald Cronin y estudiantes de medicina como James Joyce, Bertold Brecht y el nombrado Ibsen.

Hay muchas novelas sobre el tema de epidemias. Allí están Apocalipsis (Stephen King); La peste escarlata (Jack London); Némesis (Philip Roth); Ensayo sobre la ceguera (José Saramago); En el blanco (Ken Follet); La Peste (Albert Camus); La tierra permanece (George Stewart); El amor en los tiempos del cólera (Gabriel García Márquez) y El decamerón (Giusseppe Boccaccio), entre muchas otras.

MÉDICOS CONTRA EL FERROCARRIL

La médica y periodista española Esther Samper escribió un artículo en diario madrileño El País, titulado “Cuando los médicos temieron al ferrocarril”. Allí comienza señalando que “casi resulta imposible creer, dada la aceptación actual de la sociedad a los trenes, que la aparición del ferrocarril levantó muchas ampollas. El miedo y la ignorancia a lo desconocido, a lo nuevo, hizo que muchas personas temieran a esta enorme máquina metálica y estuvieran especialmente deseosas de prohibirla. En general, las preocupaciones se basaban en tres pilares: Peligros ambientales (las únicas razones medianamente justificadas), sociales y médicos”.

“Los mitos en torno al ferrocarril, que hoy podrían parecernos caricaturescos y absurdos, se propagaron con fuerza entre las sociedades industriales del siglo XIX que adoptaron el ferrocarril como medio de transporte. De hecho, conforme más se extendía el uso del ferrocarril más miedos aparecían en torno a la población”, cuenta Samper.

La embestida principal fue de los médicos. “Entre las muchas cosas que se dijeron de él encontramos afirmaciones como que era algo antinatural, que corrompía la moral de las comunidades tradicionales y que el humo que expulsaba el ferrocarril asolaría los campos de maíz y mataría a los pájaros”.

En 1835, la Academia de Medicina de Lyon no dudó al señalar las consecuencias del tren: “El paso excesivamente rápido de un clima a otro producirá un efecto mortal sobre las vías respiratorias. El movimiento de trepidación suscitará enfermedades nerviosas, mientras que la rápida sucesión de imágenes provocará inflamaciones de retina. El polvo y el humo ocasionarán bronquitis. Además, el temor a los peligros mantendrá a los viajeros del ferrocarril en una ansiedad perpetua que será el origen de enfermedades cerebrales. Para una mujer embarazada , el viaje puede comportarle un aborto prematuro”.

La gente podría morir asfixiada si viajaba a velocidades superiores a 32 kilómetros por hora, dijeron. Afirmaron asimismo que “el ser humano no estaba físicamente preparado para soportar las velocidades del ferrocarril, pues sufría un trauma físico por la aceleración y deceleración causado por este medio de transporte”. Entre los médicos importantes que cuestionaron al ferrocarril estuvieron nada menos que Sigmund Freud, Franz Oppenheim y Jean Martín Charcot. Como puede verse, no siempre la medicina acertó.

 

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Leopoldo Acuña, médico y escritor / UCALP

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