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Jueces, abogados y un mundo al que se le quemaron los papeles

Por: ABEL BLAS ROMÁN
abelblasroman@outlook.com

20 de Mayo de 2020 | 02:36
Edición impresa

La peste nos tiene en una especie de arresto domiciliario sin tobilleras ni cerco perimetral, pero confinados al fin. Los lugares habituales de la vida cotidiana, esos que alguna vez nos acogían con runrunes familiares y trajines o remansos y, en esta ciudad de La Plata siempre con algún amigo (de los que uno busca o no busca, para homenajear al poeta Navajas Jáuregui) se han convertido en espacios fantasmas, con restricciones masivas que aterran de soledad o, lo que es más dramático, cerrando sus puertas para siempre como “La Paris” o “Almendra” y algunos otros menos longevos pero igual de tradicionales.

¿Qué pasa con los que tienen espacios mínimos, en los que conviven con muchos, a veces demasiados? ¿Qué sucede con los claustrofóbicos? Debemos pensar en ellos, aún cuando tengamos que hacer acopio de energías para nuestra propia resistencia.

Pero deviene en simultánea preocupación el freno de la economía, con restaurantes, bares y comercios de distintos rubros que han tenido que bajar las persianas, cines y teatros desolados, calles sin tránsito o menguado, escuelas sin el vivificante bullicio de los chicos. En fin, obligados a convivir con la orden que ha superado todas las repeticiones: “Quedate en casa”. Han cerrado fábricas, se han suspendido sin plazo el turismo y el entretenimiento; se han cancelado todas las actividades colectivas. La reacción planetaria ante esta peste no tiene precedente. Algunos altos dignatarios no le dieron importancia, “no lo vieron venir”, como los ingleses a Maradona, o como el Virrey Sobremonte a los ingleses, y ahora no saben cómo enfrentar a un ejército invisible que ataca de una manera solapada y feroz.

La intensidad de la propagación y duración de la pandemia todavía no se conoce. Y acaso nadie lo sabe. Nos acosan interrogantes sin respuestas: ¿Cómo volveremos a funcionar? ¿Cuándo terminará este confinamiento? ¿ Cuándo abriremos las puertas?

“Quedarse adentro”, se alega, es la única solución que ha encontrado el mundo entero para enfrentar una enfermedad sin vacuna y sin remedio.

¿Y el remedio no será peor que en la enfermedad? Se lo han preguntado muchos, con tino, recurriendo a la sabiduría del viejo refranero español.

En la provincia de Buenos Aires, por caso, los trabajadores más desprotegidos viven de changas diarias, sin relación de dependencia. El freno de la economía para ellos se traduce en ningún ingreso. En un distrito como La Plata, donde más del 40 por ciento de la ocupación es informal, el hambre puede ser un resorte peligroso. En el mismo casco urbano, hay departamentos de dos o tres ambientes donde viven muchas personas. Un encierro de tal magnitud modifica el equilibrio emocional.

El gobierno ha tomado medidas correctas en el inicio y la gente así lo comprendió. Pero ha transcurrido el tiempo y los problemas estructurales de Argentina se patentizan con refulgencia particular. El primero es que el sistema sanitario público está desde años debilitado y ante una emergencia mayor será insuficiente. Los médicos, enfermeros y personal de apoyo son el capital más valioso de la sanidad pública, aunque todos sabemos que carecen de infraestructura, instrumentos e insumos básicos para enfrentar la pandemia. Y están, históricamente, mal remunerados. Es un problema que afecta no solamente a la Argentina: la mayoría de los países que sufren el contagio tienen déficit en la sanidad pública preexistente.

Las endebles economías deberán enfrentar una secuela para la que no hay manuales, no existen tutoriales de internet, no hay antecedentes ni jurisprudencia. Al mundo se le han quemado los papeles y habrá que elaborar, a toda velocidad, nuevos moldes que, haciendo camino al andar, exploren los senderos de la emergencia a la normalidad. Reconstruir la trama contractual en lo jurídico y el sistema de circulación de bienes y servicios en lo económico serán los desafíos de la década que iniciamos con tal mal paso.-

En el caso particular de la Argentina, sin duda el principal problema es que la economía del país ya venía maltrecha y maltratada por una caída del consumo interno y con una deuda externa a un paso del default. De manera que el riesgo mayor es la avanzada de la pandemia sobre el área metropolitana del Gran Buenos Aires, tan castigada como mentada. Por mencionar solo un número, los economistas dicen que la caída puede alcanzar al 4 por ciento en el 2020. Ni la debacle planetaria de los años 2008 y 2009 alcanzó esos niveles.

En circunstancias como estas, en un mundo invertebrado, donde sus líderes más encumbrados improvisan y se equivocan muy a menudo, es necesario que alguien piense sobre los paradigmas venideros. Sin manuales ni recetas, los legisladores tendrán que dictar normas que contengan la emergencia, los economistas tendrán que elaborar planes que contemplen distintas realidades regionales y prevean cambios muy bruscos. La teoría de la imprevisión se enunciaba diciendo “mientras las cosas sigan siendo como son…”. Pues bien, aquí y ahora las cosas no siguen siendo como eran y puede ser que, además, cambien muy rápidamente.-

Los jueces tendrán que dirimir conflictos que brotarán irremediablemente. Las nuevas herramientas de la justicia virtual y las conciliaciones obligatorias deberán exprimirse al máximo. Los ciudadanos tendrán que avenirse (recordar la teoría del esfuerzo compartido) a solucionar sus choques de intereses con la mejor buena voluntad, como los antiguos jueces de paz. Este es el motivo fundamental de esta reflexión. Todo lo expresado ya se ha dicho y es conocido, pero ¿qué debe hacer la Justicia (todo el aparato: fiscales, jueces, camaristas, magistrados de la Corte, abogados y demás auxiliares del sistema) frente a estas nuevas realidades? Son ellos los demiurgos de los dramas y conflictos emergentes. Porque actúan en los casos particulares, adaptando la norma general a las diversas realidades regionales, sociológicas y personales. Son los que deben afinar, como un mecanismo de relojería, las normas generales a los casos individuales que la vida (más creativa que cualquier imaginación) les va presentado. Debemos los jueces y los abogados abandonar estereotipos o moldes pre constituidos, para enmarcar la emergencia y el tránsito de esta a una nueva normalidad, regida por desconocidos paradigmas.

¿Nos estamos preparando para ello? ¿Seremos los abogados capaces de abandonar viejos hábitos confrontativos para encontrar la paz social, que es, en definitiva, la razón de existir de nuestra profesión? ¿Estará el Poder judicial (tan menguado en la consideración pública) capacitado para estar a la altura? ¿Están pensando en nuevas fórmulas y métodos de interpretación de un ordenamiento jurídico concebido para contextos muy diferentes? ¿Se aplicará en la emergencia la vieja y sabia teoría de la imprevisión?

Ya los romanos la habían elaborado y lleva siglos de sobrevivencia. ¿Se aplicará ahora en el derecho privado? ¿Podrán adecuarse los contratos ajustándolos a la emergencia? ¿Se extenderá al derecho público? ¿Y específicamente a las obligaciones fiscales y previsionales? ¿Como se adecuará el fuero laboral a la pandemia de despidos o reducciones salariales? ¿Cómo se armonizarán en el fuero de familia los regímenes de visita de los padres con la debida protección de los menores y los adultos por razones sanitarias? ¿Podrán, al fin, encontrar los numerosos mediadores designados un quehacer útil, es decir eficaz para coadyuvar a un proceso más ágil, más solidario, en suma, más justo?

La abogacía en su conjunto, la doctrina, la cátedra, la judicatura y la práctica forense están acuciadas por la excepcionalidad del tránsito.

Mientras caían las bombas alemanas sobre Londres, un grupo de urbanistas, con Churchill a la cabeza, planificaba cómo sería la zonificación de la isla después de la guerra. La anécdota la cuenta el propio Churchill en sus “Memorias de la Segunda Guerra”. Puede ser que fuera una de las bromas del proverbial sentido del humor de Sir Winston, puede ser que exagerara, incluso que mintiera. No tiene importancia. Lo cierto es que alguien tiene que tratar de prever el futuro, cuales quieran sean las dificultades del presente y las incertidumbres del porvenir, y aunque los errores que se cometan sean numerosos.

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