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Información General |La Plata, desde otra mirada
Expediciones urbanas: conocer al árbol de la vereda para transformarse en su “custodio”

Una mujer y su hijo de 7 años, interesados por el tilo que estaba frente a su casa, comenzaron a estudiar las especies de la Ciudad y a volcar en mapas lo que veían. La experiencia llegó a escuelas, salió a la calle y convoca a personas de todas las edades

Expediciones urbanas: conocer al árbol de la vereda para transformarse en su “custodio”

Observando el palo borracho blanco o Yuchan de 18 y 61 / Nico Freda

Alejandra Castillo

Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com

4 de Diciembre de 2022 | 04:35
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Como casi todas las cosas trascendentales para nuestras vidas, Proyecto Arbórea nació de una charla casual entre una mujer y su hijo de 7 años, mientras recorrían el pasillo que separaba a su departamento en un PH, con la vereda, en barrio Norte. Por entonces -2008- el tema favorito de Juan Manuel eran los planetas, las estrellas, el sol y la luna. Y de eso hablaba, justamente, cuando su mamá, Andrea Suárez Córica, lo sorprendió con una pregunta: “¿Cómo se llamará este árbol que tenemos en la puerta?”.

Como Juan Manuel no lo sabía y Andrea tampoco, después de contemplarlo un ratito en silencio se les ocurrió que algún vecino podía tener la respuesta. Resultó que todos conocían alguna historia vinculada con ese árbol o con el de su propia vereda; como quién había plantado cuál o si alguno daba flores de cierto color o perfume; pero del nombre, ni noticias. Recurrieron entonces a los viveros del barrio, donde se enteraron de que los clientes suelen mostrar más interés por las “prestaciones” de un ejemplar (sombra, floración, tiempo de crecimiento), que por su denominación. En definitiva, terminaron comprando libros sobre “bosques urbanos”, lo que los obligó a salir a la calle para cotejar en el terreno aquello que leían y estudiaban.

El arbolito que despertó la curiosidad de Andrea y Juan Manuel resultó ser un tilo, pero lo más interesante de aquella experiencia es que germinó la idea de Proyecto Arbórea, una iniciativa que se propagó de boca en boca, creció en charlas educativas y derivó en lo que es hoy: expediciones urbanas colectivas, libres y gratuitas, para conocer los árboles de la Ciudad.

Suárez Córica es artista visual y ambientalista y define al Proyecto como “una investigación poético ambiental”. Lo de ambiental se entiende fácil, pero ¿por qué poético?

“Porque permite encontrar un sentido nuevo en lo que ya existe. Salimos a ver los árboles que nos acompañan a diario por nuestras calles y sin embargo pasan desapercibidos; hasta que no son atravesados por la mirada humana, están ahí, pero no son. Ni siquiera sabemos si son seres vivos. Dirigir la mirada hacia los árboles es el primer paso para ponerlos en valor. Tienen mucho para contarnos; solo tenemos que estar atentos”, dice.

La iniciativa familiar de salir a “mapear” los árboles de cercanía comenzó a trascender a partir de otro suceso casual, como fue la intervención de Juan Manuel en una clase sobre árboles, en la Escuela 10. “Mencionó especies como Acacia de Constantinopla, Catalpa o Parasol de la China, y su maestra de primer grado le preguntó cómo tenía semejante conocimiento. Él respondió: ‘Mi mamá es la que sabe’”, recuerda Andrea, y la docente la convocó a dar una charla. Tras aceptar el convite, Suárez Córica se presentó ante los chicos con una colección de hojas, frutos, semillas y registros fotográficos, que bautizó “Bosque Ambulante”. Ese nombre cambió, pero no el objetivo de las decenas de talleres que en estos 14 años ofreció en escuelas de todos los niveles, clubes y espacios culturales: “Brindar a los niños y niñas una mirada sobre nuestro patrimonio, porque, quien conoce, cuida de otra manera”, explica.

“Todo se fue dando de manera gradual”, reconoce Andrea, “hasta 2015 yo hacía las caminatas sola o con amigos”, pero realizó una grupal con alumnos de una escuela de Tolosa y la experiencia se replicó hasta sumar 40 desde entonces. La última fue ayer, en diagonal 73 y 41 (La Loma), convocada por el espacio cultural Trasluz y el Foro en Defensa del Árbol. Todas las caminatas se desarrollan de un modo parecido, aunque siempre son distintas, como cada árbol.

“Partimos de una esquina y empezamos a mirar los árboles, de lejos y de cerca, para armar un mapa de lo que se ve”, refiere la ambientalista, resaltando que las expediciones no se extienden más allá de una manzana. Esto tiene un por qué: “Es lo más próximo que tenemos y no implica ningún riesgo para los niños; es el lugar donde aprendemos a andar en bicicleta, el territorio que transitamos todos los días”. Andrea insiste en poner el foco en esto por entender que “es necesario que cada persona se convierta en custodio del árbol que tiene en la puerta de su casa. Por eso no recorremos parques o plazas. Si alguien mira el árbol de su territorio más cercano, de su metro cuadrado, entabla una relación y un compromiso con él. Y si eso se replica en cada manzana de cada barrio, seguramente mejorarán las condiciones de todos”, se entusiasma.

En general, reflexiona Suárez Córica, “se tiene conocimiento de los árboles que llaman la atención por su tamaño, su edad o su historia, como el Ombú de Plaza Italia (ahora inexistente), el Jacarandá de 8 y 61, los Eucaliptos del Bosque o el Árbol de Cristal (Agatis) del parque Pereyra Iraola. Pero se desconocen los árboles de las veredas, los que nos acompañan todos los días en nuestros trayectos al trabajo, escuela o almacén. Son los llamados frondosos o de sombra, los que tenemos a la mano apenas salimos a la puerta, pero no sabemos sus nombres. Tienen su esplendor, pero no nos fue enseñado”.

Durante las caminatas se aportan conocimientos botánicos que permiten diferenciar las especies y los elementos que hacen al árbol, como porte, tamaño, corteza, hojas, frutos y flores. “Miramos de lejos y de cerca, tocamos las texturas, olemos”, cuenta Andrea, quien también rescata el aprendizaje del lenguaje de la botánica como un modo de “recuperar el placer de la lengua y la musicalidad de las palabras”.

En estas recorridas se escuchan historias, recuerdos o anécdotas. Es que, según la creadora de Proyecto Arbórea, “siempre hay o hubo un árbol en nuestras vidas, sobre todo en nuestras infancias. Despertar esta memoria emotiva intensifica todavía más la experiencia de la caminata y crea un sentimiento de comunidad, de pertenencia y apropiación de la Ciudad y del espacio público”. Es volver a las veredas que perdimos e intercambiar saberes. “El Proyecto adhiere a los conceptos del pedagogo suizo Enrique Pestalozzi -agrega Suárez Córica- quien sostenía que lo que se aprende en medio de la naturaleza difícilmente se olvide”.

Las expediciones son en cualquier zona de la Ciudad, en general a partir de la propuesta de organizaciones culturales o vecinales, y, a veces, por impulso de la propia Suárez Córica. Eso sí, antes de cada caminata realiza un relevamiento de la zona a recorrer y un mapa de forestación con la cantidad de ejemplares, su ubicación e identificación. Hasta ahora, la artista visual confeccionó unos 40 mapas, ubicó 900 árboles e identificó unas 80 especies del arbolado de las calles.

La primera pregunta que Andrea le hace al grupo es si alguien sabe qué árbol es el que están viendo. Si nadie sabe la respuesta, se concentran en la corteza, las hojas, la cazuela en la que fue plantado, el origen y la historia de ese ejemplar en particular. El nombre es la última respuesta. Es que su proyecto tiene tres ideas fundantes, que guían el modo de abordar estas caminatas: “Una es entrar en el detalle, para detectar lo que permite diferenciar una especie de otra. Por ejemplo, el borde liso o aserrado de una hoja. La segunda idea es poder nombrar a la especie; ya no hablar de árboles, si no de Fresnos, Arces, Tilos, Plátanos o Crespones, con sus características. La tercera idea es pasar de lo universal a lo singular, a este Tilo o este Plátano que estoy viendo, con determinadas marcas e historia de vida, lo que redunda en un vínculo más personal, de admiración, respeto y también, llegado el caso, de férrea defensa”.

Cuando se fundó la Ciudad, en 1882, “esta región casi no tenía árboles”, explica el investigador Nicolás Colombo, autor del libro Misterios de la ciudad de La Plata; “había un monte hacia el Río de la Plata con algún que otro Ombú, Tala, Cina-Cina, etc. Además, estaba el actual Paseo del Bosque, que había sido implantado por la familia Iraola, que tenía allí su casco de estancia. De estos árboles, aún queda alguna que otra Araucaria, además del robledal de 1 y 53 (de 1857) y los eucaliptus, árboles de Australia que comenzaron a plantarse en 1860, llegando a ser 97.000 ejemplares en 1882”.

Teniendo en cuenta las fotos del periodo fundacional de La Plata, cuenta Colombo que el arbolado urbano se limitaba a unas palmeras "Pindó" en las avenidas 51 y 53. “En 1885 se plantaron algunos robles (que no prosperaron), y sí tuvieron éxito los plátanos colocados ese mismo año en avenida 7. Hacia 1910, estos árboles fueron trasladados a las avenidas 51 y 53, donde ya se habían eliminado las palmeras; y en avenida 7 se plantaron los actuales tilos, traídos en barco desde Alemania, además de álamos y paraísos”.

“El arbolado urbano es un caleidoscopio viviente, todo el tiempo se está transformando y eso enamora”

El interés por el arbolado adquirió mayor centralidad “cuando se iniciaron los festejos por el Día del Árbol”, puntualiza Colombo, festividad nacional que sirvió también para declarar al Ombú como árbol patrono de La Plata. También en nuestra ciudad nació la propuesta de declarar al ceibo como flor nacional y fue la primera del país en tener un jardín botánico, creado por Carlos Spegazzini en 1891 (ver aparte), “varios años antes que el Jardín Botánico de Carlos Thays en la Ciudad de Buenos Aires”.

Thays fue un paisajista francés que trabajó durante 30 años como Director de Paseos y diseñó muchos de los bulevares, plazas y avenidas porteñas, pero se destacó, sobre todo, por poner en marcha un plan muy ambicioso: plantó mayormente cinco especies de árboles nativos con floraciones escalonadas y de distintos colores: lapachos (rosas, en septiembre), ceibos (rojas, en octubre), jacarandás (lilas, en noviembre), tipas (amarillas, en diciembre) y palo borracho (hay varias especies, que florecen en diferentes momentos del año y con colores variados).

“Conocemos los árboles que llaman la atención por su tamaño, su edad o historia, pero no a los de las veredas”

“Es importante revalorizar lo nativo como nuevo paradigma”, rescata Suárez Córica, “lo mejor es que las especies que se planten sean de las zonas cercanas, para que ayuden a restaurar los ecosistemas originarios”. En las caminatas urbanas, cada especie es una “estación” frente a la cual detenerse para contemplar el ejemplar y hablar de distintas cosas, como las especies nativas y las exóticas, las endémicas y las invasoras; los beneficios ambientales de los árboles, el impacto del elemento verde en el bienestar de la comunidad y la valorización de las viviendas cercanas. También se comparten historias relacionadas con quienes resultaron clave para la forestación del país y La Plata (Thays, Spegazzini y Sarmiento) y se alude a la presencia de los árboles en distintas expresiones artísticas.

NUEVOS PERIPATÉTICOS

Las expediciones urbanas de Proyecto Arbórea reivindican la metodología de la escuela peripatética de Aristóteles, que dictaba sus clases caminando por jardines y áreas comunes. Precisamente, la palabra deriva del griego peripatêtiko, que significa “los que pasean”, “los que caminan”, o “los itinerantes”.

“Cada manzana es especial. No es lo mismo una del casco fundacional que la de un barrio. Como al proyecto lo atraviesan muchas miradas, surgen distintas preguntas, algunas vinculadas con la historia de La Plata (una de las capitales más arboladas del mundo) y también acerca de la ciudad que queremos. ¿Solamente la construyen los urbanistas y políticos o los vecinos podemos tomar decisiones a partir del uso y sentido que les damos a los espacios?”, cuestiona Andrea. A las primeras caminatas, ella las hacía con su hijo Juan Manuel, o sola. Luego se les fueron sumando conocidos, familiares y amigos. Y la propuesta convoca ahora a vecinos de todas las edades y a curiosos que se acercan para ver qué hacen esas personas reunidas alrededor de un árbol y “terminan enganchados”.

“Cuando descubrís que los arboles cambian día a día y que van creciendo a la par tuya, establecés un vínculo. Yo visito los árboles”, cuenta Andrea, quien reconoce que no tiene favoritos: “El arbolado urbano es un caleidoscopio viviente, todo el tiempo se está transformando y eso es lo que enamora”.

Desde 2019 el Proyecto forma parte del Foro en Defensa del árbol, un colectivo integrado por vecinos y organizaciones que difunden y promueven la preservación del arbolado público, con acciones, propuestas y reclamos concretos al Municipio (ver aparte).

En definitiva, el cruce entre arte, ciencia y ambientalismo permite descubrir y valorar a la Ciudad desde otra óptica: la de los árboles.

Reconocimientos
Proyecto Arbórea fue declarado de interés municipal en 2021, y de interés provincial en 2022. Por otro lado, en el V Congreso Nacional de Arbolado público que se hizo en noviembre pasado en Bahía Blanca, organizado por la Universidad del Sur y el municipio bahiense, el Proyecto Arbórea fue elegido como mejor proyecto en el eje de educación y gobernanza. Por su condición de artista visual, Andrea realizó, junto con la caminata, instalaciones con herbarios, carpotecas, registros fotográficos y mapeos de forestación. Instagram: @proyectoarborea

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Así lucían en sus primeros años los jacarandás plantados hacia 1918 en diagonal 73 entre 57 y 58

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