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Información General |HISTORIA PLATENSE
Los Harari: timoneles de una dinastía que se quedó con todas las pantallas de la Ciudad

Un camino que inició David a mediados de los 60 desde el mostrador de Re Ol y que a partir de ahí hilvanó sueños, inversiones, momentos difíciles y alegrías con el cine como hilo conductor y sus salas como anfitrionas

Los Harari: timoneles de una dinastía que se quedó con todas las pantallas de la Ciudad

Fabián y Marcelo Harari en Cinema Paradiso / Gonzalo Calvelo

ALEJANDRO CASTAÑEDA
Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

25 de Septiembre de 2022 | 05:02
Edición impresa

Todo lo imaginó y lo fue haciendo David, el primero de esta dinastía de exhibidores que hoy por hoy son los dueños de las 17 salas de cines de la Ciudad. Sesenta años atrás, desde el mostrador de Re Ol, entre saldos y botones, David empezó a sacar cuentas -que de eso sabía bastante- y al final, a mediados de los 60, pudo comprar el Cine 8, esa mole que se había incorporado a las salas de estreno y que se alzaba frente a la Legislatura, otro edificio acostumbrado a la ficción y a los golpes de efecto. La mercería lo inspiró y a partir de allí el buque insignia de los Harari pasó a ser las películas. Todo lo fue pensando desde el mostrador de Re Ol, aquella larga tienda de calle 8, donde el timonel David, mientras seleccionaba prendas y convencía a la clientela, fue alimentando sus sueños de cambiar telas por celuloide.

En esos años, el cine era más que una salida. Estaba entre los mejores planes del fin de semana. Cuando llegaban los grandes títulos, había que reservar entradas para asegurarse un buen lugar. Las salas no tenían declive y los lungos y cabezones pasaban a ser lo más odiados a la hora de disfrutar esas pantallas cada vez más grandes, donde el cinemascope había ensanchado las orillas y el sonido se expandía a sus anchas para convertirlo en un gran espectáculo.

Ir al cine era un programa en sí mismo. Se presentaba como la atracción preferida y consecuente de una ciudad que empezaba desperezarse al compás de una década incomparable. Muchos espectadores incluían como lujoso remate una cena a la salida, que para eso estaba el Restaurant La Plata o La Estancia o una pizza en Mateo o Bacci. Elegir la película, reservar la entrada y empilcharse para la ocasión era la típica oferta sabatina de un vecindario que elegía al cine como preludio de la cita futbolera de los domingos, esa cartelera fanática que estrena una de suspenso en cada fecha.

 

La pandemia golpeó con mucha fuerza a los cines de la Ciudad y planteó grandes desafíos

 

El cine ocupaba un lugar central en la cultura de entonces. Hasta las funciones de trasnoche se colmaban. La pantalla aportaba no solo arte sino su vieja alquimia de sueños y acciones, romance y coraje. Compartían la misma pasión, Bergman y James Bond, había público para el debate y la risa. Y la pantalla sabía responder a la expectativa de un espectador demandante y exigente. El Cine 8 se incorporó a la selecta galería de las llamadas sala de estrenos, junto al Gran Rocha, el Mayo y el Astro. Después, estaban las salas de cruce, como el Select –amplio dominador en ese renglón- y el Master, dejando que los balazos y las bikinis acampen en el Belgrano, que siempre tenía olor a pólvora, y en el Roca, que fue el lugar donde más veces se bañó Isabel Sarli.

LOS CAMBIOS

De a poco, David empezó a darles cabida a sus hijos Marcelo y Fabián, quienes lo fueron convenciendo sobre los nuevos aires que sacudían el negocio de la exhibición: salas más chicas, espacios compartidos, mayor rotación de títulos, más comodidad y confort y buena visión asegurada. Arrancaron convirtiendo al Cine 8 en tres salas. Y poco después, ya decididos a darle más proyección a su empresa, se lanzaron tras el San Martín, siempre teniendo como lugarteniente al arquitecto Santiago Balbín, que fue administrando proyectos y escombros con mano amiga y segura.

 

“A Tango Feroz antes de estrenarla la dimos en dos funciones de trasnoche. Y llenamos”

Marcelo Harari,
Empresario 

 

Eran tiempos difíciles, como siempre. Arrancaban los noventa bajo el azote de un conocido villano: la inflación. Alfonsín se había tenido que ir para Chascomús y no a pescar. Menem se esforzaba por diferenciarse, pero los índices le desobedecían. El dólar y la incertidumbre –eternos protagonistas de estas pampas- habían obligado a los cines, como a tantas otras actividades, a oscurecer sus pantallas. En esos días, donde sólo se invertía en esperanzas, a Marcelo y Fabián se les ocurrió comprar el San Martín, que estaba allí arriba, dejando pasar el tiempo, a la espera de algún nuevo ciclo que lo pusiera en carrera. Y en esta barriada céntrica, asentaron sus quilates los Harari, a pura pantalla, para sacarle lustre y darle algo de embeleso a un área fatigada y prosaica. Un cine frente a las bancas y el otro mirando al gobernador. La ficción aportaba su cuota de ensoñación para enfrentar la peliaguda realidad que ponen en cartelera cada día la Casa de Gobierno y la Legislatura.

LAS 17 SALAS

Cinema La Plata hoy cuenta con 17 salas. Su familia creció como un coqueto y costoso emprendimiento que le fue dando otros rostros al Centro. Ellos siempre se ocuparon en reciclar salas establecidas. Pero el Cinema City primero y el Paradiso, después, empezaron siendo paredes mustias antes que los Harari les llevaran estrellas famosas. La inauguración de las salas de la calle 46, por si hiciera falta, le dio vivacidad a una calle sin estruendo y puso a este grupo familiar en un lugar destacado entre los grandes exhibidores nacionales. Mucho más si tenemos en cuenta que además tienen diez salas en Adrogué, que a esta altura son nietas de las imaginadas hace sesenta años en Re Ol, pero hermanadas con sus colegas platenses en comodidad, confort y todos los chiches de última generación. Ellos saben que en esto, como en tantas otras cosas, no te podés quedar atrás porque hay un pelotón de ofertas en el mundo del ocio y la diversión que le disputan al cine su título de máximo entretenimiento.

Veintisiete pantallas en dos ciudades, confort y tecnología de puntas y ganas de seguir creciendo son, sin duda, las contraseñas de esta familia que ha sabido no sólo resguardar sino también potenciar el mandato que dejó el fundador de esta colección. Su impronta sigue alentando en cada proyecto: avanzar, expandirse, seguir apostando al crecimiento de la Ciudad y no perderle pisadas a un espectáculo cinematográfico que tiene a la técnica, al confort y a la seguridad como parte esencial de su propuesta.

 



Los Harari, en familia, durante una inauguración años atrás / EL DIA

 

NÚMEROS DE HOY

“Hemos recuperado el 75 por ciento de los espectadores de la pre pandemia”, nos dice Marcelo, después de cruzar ese desierto interminable de 14 meses con las puertas cerradas y tener que ponerle respirador a una empresa que da trabajo a 90 personas. Eso quedo atrás y de a poco el cine se va reencontrando con su gente, aunque en otro ambiente, porque el Covid también se hizo sentir en los gustos, la tendencia, la modalidad de un público cambiante y volátil, como es el de esta época. Hoy los grandes seguidores son los de cincuenta años para abajo. De a poco, la calle se ha vuelto menos amable y muchos –por economía, seguridad, hábito adquirido- se ha ido quedando en casa, prolongando las recomendaciones sanitarias de aislarse y aprovechando la oferta descomunal que envía la pantalla chica.

 

“Hemos recuperado el 75 por ciento de los espectadores que teníamos en la pre pandemia”

 

El negocio ha repuntado y todo indica que los grandes tanques de Hollywood siguen siendo el principal tributario de un negocio que mueve miles de millones de pesos en el mundo y que apuesta a la espectacularidad más allá del arte, un cine de alto impacto visual que ha hecho a un lado las expresiones más intimistas, pero que ha venido llenando de magia y de sorpresas la vida de los que ven allí un espejo, a veces inspirado y a veces reformado, que los refleja, los sacude o los conmueve, un refugio para sentir, pensar y pasarla bien.

El negocio siempre pide más títulos, más atención, más tecnología, más inversiones. Y ellos han intentado estar a la altura de esas demandas. En el 2009 pusieron todas las salas en 3D, en 2019 incorporaron los 4-D. Los hermanos Harari (además de los cineastas, está Ana Claudia) siguieron la huella que les marcó David, de trabajo y discreción, crecer sin que se note tanto. Lo hicieron sin alardear, cultivando el perfil bajo, exhibidores siempre y exhibicionistas nunca.

Marcelo vuelve a la realidad porque la pandemia lo obligó a cruzar ese desierto sin camellos ni sombra. Nos cuenta cómo fue ese tiempo de espera, entre alcohol, distanciamiento y horas vacías, imaginando cuándo podría reabrir las puertas y cuándo podría volver tras ese público que, asustado y prevenido, se había refugiado en sus casas, donde la oferta de cine llegaba y se expandía en otros formatos, olvidándose de volver a las salas, ese acto que tiene algo de ceremonia elegida y que exige oscuridad, silencio y compañía para pode saborearlo.

LOS GRANDES ÉXITOS

“El mayor éxito de público –recuerda Marcelo- sigue siendo Titanic, que se estrenó en febrero del 98 y que ayudó a poder terminar de construir las tres salas del Cinema City. Yo estaba decidido a pedir un crédito para ponerle punto final a la obra. Y llegó Titanic y no hizo falta recurrir a los bancos”. Fue un naufragio salvador que les dio un borderaux milagroso que les permitió llegar a la otra orilla sin ayuda de nadie ni balsas de rescate.

 

“El mayor éxito de público sigue siendo Titanic y ayudó a terminar de construir las tres salas del Cinema City”

Marcelo Harari,
Empresario

 

Y aporta más cifras y explicaciones: “Este año no llegamos a repetir la performance comercial de los años de pre pandemia, porque hay dos ausencias de peso en nuestra programación. Primero, el cine nacional, que siempre se quedó con el 20 por ciento de la recaudación anual. Y que hasta ahora no ha dado ningún súper éxito. Después, el cine de autor, que anclaba principalmente en el Paradiso y que le ofrecía un menú de títulos valiosos a un público que supo acompañar los grandes sucesos de Fellini, Visconti, Almodóvar y tantos grandes films que venían acompañados por reseñas elogiosas o por premios internacionales”.

El cine nacional siempre aportó lo suyo. En el 91 pegó fuerte “Un lugar en el mundo”, en el 92 atrajo multitudes el Gatica de Favio y en el 94 “Tango Feroz” fue la sorpresa del año. Compartía sala –memora- con otro suceso, “El Rey León”, en el San Martín y la biografía de Tanguito peleó mano a mano contra Disney. “A Tango Feroz –nos cuenta Marcelo- antes de estrenarla la dimos en dos funciones de trasnoche. Y llenamos. Después, repitió y fue creciendo su poder de convocatoria”. Ahora esperan que “Argentina 1985” ocupe ese lugar. Pinta para ser el éxito nacional del año, “aunque nunca se sabe hasta que estrenás. Va a estar pocas semanas en cartel, pero le vamos a ofrecer varias salas para responder a la expectativa que ha generado este título que fue ovacionado en Venecia”.

Por supuesto que en la memoria de Marcelo hay performances comerciales para todos los gustos. Títulos que fueron creciendo con el boca a boca, otros que se fueron deshilachando, sorpresas de un lado y de otro, hubo, hay y habrá comportamientos diversos en este largo desfile de lágrimas y sonrisas, besos y balazos, monstruos y caricias. La oferta de sus pantallas cubrió todo el espectro, desde la pre historia hasta el futuro, un mundo de butacas que se fue afianzando. Donde estaba Re Ol pusieron una librería, para no olvidarse de la vida detrás del mostrador. Y lo hicieron porque allí, en ese inmueble, se puso la piedra fundadora de un negocio que los mantiene otra vez pendientes de horarios, títulos y boleterías, con el cine ocupando gran parte de una vida que Marcelo la comparte, por supuesto con su hermano, socio y amigo, Fabián, pero también con Telma, su mujer, una señora dulce que llevó su pastelería al café del Paradiso.

 



David Harari junto al director de cine Juan José Campanella / EL DIA

 

EL LEGADO

En tiempos de muchas pantallas competidoras, la decisión comercial de la familia Harari sigue siendo la misma: apostar al cine. La batalla empezó casi 60 años atrás, cuando la TV color no existía, internet no era siquiera una palabra en el diccionario y no había ni cable ni cine casero. Y después, al pasarles la cinta de capitán a sus hijos, también parece haberlos hecho depositarios del mismo legado: buscar nuevos caminos, invertir para poder cosechar, proponer siempre una oferta moderna y confortable, como para que el soberano no deje de buscar en sus dominios esa cuota de ilusión, magia y embeleso que sólo el cine depara.

Sus 17 salas son el fruto de un largo batallar. Primero fueron tras los que habían caído por la crisis de los finales del 80 y principios de los 90. Pero después, se dedicaron a relojear terrenos céntricos para empezar a construir desde cero. El que inauguró esa tendencia fue el Cinema City, con escaleras, ámbitos impecables y ascensor. Y el último vástago, el Paradiso, cuatro salas que David las quería a ras del piso, porque se lo había pedido parte de su clientela. El Paradiso resultó una inversión que no sólo mejoró un barrio que parecía lejos del gran ruido del Centro, sino que hasta armoniza con una vereda que desde la vuelta de la esquina, comparte manzana con el Coliseo Podestá, otro muelle donde ancla la imaginación. Sus emprendimientos mejoraron la silueta de una Ciudad que necesita de estos desafíos y que, a su manera, propone una tregua de fantasía para poder evadirnos aunque hace un par de horas de una realidad que a veces duele.

 



David Harari, en Re Ol / EL DIA

 

 

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