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Una forma de comunicarse casi en desuso: voces a favor y en contra del “tubazo”

En algunos casos las palabras escritas, audios o emojis que reemplazan gestos. Lo importante sigue siendo decir, pero ya no necesariamente hablar

Escasea el diálogo presencial, salvo en espacio de socialización obligatoria como los laborales / Freepik

Por Redacción

“Detesto que me llamen sin avisar, me pone nerviosa. Siento que me interrumpen. Si tengo que hablar, prefiero mandar un audio o hacer una videollamada programada”, cuenta Julieta, de 29 años, diseñadora gráfica freelance que trabaja desde su casa en La Plata. “Mi mamá se ofende porque no le atiendo el teléfono, pero no es personal. Simplemente no me sale hablar de golpe. Si me escribís primero, te contesto enseguida”. Julieta representa a una generación que creció entre mensajes y redes, para la que una llamada inesperada suena casi como una intromisión.

Sin embargo, no todos están conformes con esta transformación. “Las llamadas eran otra cosa, te conectaban de verdad”, dice Alfredo, de 62 años, taxista de Berisso. “Sigo llamando. No me gusta eso de los mensajes, los audios, los emojis. Cuando hablás, escuchás el tono, sabés si el otro está bien o mal. En cambio con un texto no se entiende nada. Te dicen ‘ok’ y no sabés si están enojados o apurados”. Alfredo recuerda que en su juventud hablar por teléfono era un ritual de cercanía, una forma de estar presente incluso a la distancia. Hoy siente que la comunicación perdió calidez y se volvió impersonal.

“Trabajo con pacientes todo el día, y no puedo estar pendiente del celular. Pero a veces necesito escuchar la voz de mis hijos, o de mi pareja. Entonces les pido que me llamen. No hay nada como eso, la voz transmite otra cosa”, dice Mariana, de 45 años, psicóloga de City Bell. “Los audios son un buen reemplazo, pero siguen siendo monólogos. En una llamada hay intercambio, hay reacción. Yo siento que estamos perdiendo ese ida y vuelta, y eso afecta cómo nos vinculamos”.

Crece la dependencia del teléfono celular / Freepik

Crece la dependencia del teléfono celular / Freepik

“Llamar es más eficiente. Trabajo en ventas y pierdo tiempo escribiendo”, dice Federico, de 34 años, ejecutivo comercial de una empresa de insumos médicos. “Si llamo, resuelvo en dos minutos lo que por WhatsApp me lleva media hora. Pero cada vez más clientes me piden que les mande mensaje. Y si los llamo sin avisar, algunos ni me atienden. Cambió todo. A veces siento que hablo solo con la pantalla”.

“Odio los audios”, se ríe Nora Giménez, de 73 años, jubilada y abuela de cuatro nietos. “A veces me mandan audios de dos minutos y no entiendo nada. Prefiero que me llamen, me gusta escuchar. Pero sé que los chicos ya no usan el teléfono. Si los quiero escuchar, tengo que llamarlos yo, y a veces ni me atienden. Me dicen: ‘Abu, mandame un mensaje’. Me da pena, porque antes hablar era una alegría”.

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