La infidelidad en tiempos de redes, parejas abiertas y “no mandatos”

La separación de dos famosos sacó a la luz viejos prejuicios y también “normativas” nuevas, aunque ciertos dolores y miedos parecen inalterables al paso del tiempo. Miradas y opiniones de profesionales platenses y personas que atravesaron por este tipo de tormentas

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Alejandra Castillo

alecastillo95@hotmail.com

A principios de julio, Nicolás Vázquez y Gimena Accardi sorprendieron al anunciar su separación después de 18 años de relación, casi nueve de casados y varios proyectos laborales compartidos. Y aunque la noticia se volvió viral entonces, la polémica se instaló definitivamente después de que un programa de chimentos expuso que la actriz había sido infiel y la “obligó” a reconocer, casi en cadena nacional, que se había “mandado una cagada”.

Aquel incidente que no debió involucrar a más personas que las interesadas, sirvió para demostrar que la exclusividad en la monogamia no es una cuestión saldada por los contratos de los nuevos tiempos, aunque se sumen miradas distintas. A propósito del caso Julieta Prandi, por ejemplo, el youtuber Martín Cirio insistió en su postura de que “lo más leve que puede pasar en una relación es una infidelidad. Si no lo entienden, mejor; es porque no les pasó nada más”.

Mientras tanto, en su “mesaza” de los sábados Mirtha Legrand opinó que “una infidelidad se oculta, no se comenta”, al cuestionar la decisión de Accardi de hablar “largo, a cámara, en televisión. No se explican esas cosas”, sobre todo porque “a él lo hace quedar como un cornudo”. Después se arrepintió de esos dichos, aunque dichos ya estaban.

Más allá de cualquier debate, la pregunta de fondo sigue siendo qué nos pasa con la fidelidad, la confianza y los límites, en tiempos de redes, apps de citas y “exploraciones” individuales. ¿Todo depende de los acuerdos de pareja? ¿O la individualidad siempre se impone?

“MANDATOS DISFRAZADOS DE NO MANDATOS”

“Seguimos siendo una sociedad monogámica, porque si no no habría tanto escándalo”, concluye la psicóloga platense Noelia Arcaro, aunque admite que tomarse tan en serio en la cuestión pareciera no tener ahora muy buena prensa, en función de lo que escucha a diario en su consultorio, por parte de pacientes a quienes su entorno pretende convencer de que “un cuerno no es nada”, siempre que haya “amor” del otro lado.

“Es lo que se está queriendo imponer ahora, pero genera un padecimiento, sobre todo cuando no es algo acordado”, explica Noelia, aludiendo a lo que llama nuevos mandatos, con un doble discurso: “Antes era el de la monogamia, en el que nadie hablaba nada, pero todos sabíamos todo, y ahora se ve esto de ‘no me puedo enojar’, por la moda de las relaciones abiertas. Eso lleva a que muchos pacientes se planteen si son anticuados o pretendan modificar algo que no necesariamente deban cambiar por un discurso social”.

Por eso desmiente la idea de que hayan caído los mandatos. Simplemente cambiaron por otros “disfrazados de no mandatos”, asegura, lo cual “no deja de ser una contradicción”.

Reconoce la profesional que, más allá de los avances en cuestiones de género, sigue establecido que “el hombre es infiel” casi por naturaleza, en tanto la mujer es juzgada por lo mismo, “no solo socialmente; también por ella misma”.

El padecimiento viene de la mano de la culpa: “Se cuestiona el disfrute y eso llevan a terapia. No es que no sean infieles; lo hacen, pero con culpa”, describe la psicóloga, agregando que por esta misma razón es que muchas mujeres terminan por justificar desde la emocionalidad las relaciones por afuera de su pareja. ¿Hay excepciones a esta generalidad? Claro que sí, miles.

Advierte también la profesional que en la última década se ha reforzado el mandato del “amor propio. Pareciera que hay que tenerlo para ser alguien, y eso se construye. Las infidelidades se perdonan o conversan desde el amor propio de cada persona, porque tienen un impacto, aunque esté hablado. Y tenemos que ser sinceros con nosotros mismos”.

“Hay gente a la que una infidelidad no le lastima el ego y otra a la que sí”, explica Arcaro, concluyendo que, “si te duele, no importa lo que se diga socialmente. Las normas de cada pareja aplican a ésa, no a otras, ni a uno mismo con otra persona. Es como un contrato de partes, siempre sujeto a modificaciones, porque queremos cosas distintas todo el tiempo. De otro modo sería muy aburrido”.

“MIEDO A NO SER ELEGIDO”

El psicólogo platense Mel Gregorini atiende a parejas que encaran esa terapia por dos motivos: “Para separarse de la mejor manera posible o para tratar de no separarse, que es la que menos éxito tiene”, explica.

Entre las variopintas razones por las que llegan a su consultorio, destaca la infidelidad, que “genera culpa, dolor o ansiedad” -describe-, y un no saber qué hacer con ello. “Muchas veces, después de que una infidelidad se dice o se descubre, la pareja apuesta a mantener la convivencia, con el planteo de que no quieren ‘romper todo por un desliz’, pero si esa herida sigue abierta, en general termina en una separación”. Lo que se escucha entonces es que no se puede superar “el sentirse abandonado o no elegido. Es el miedo más profundo del ser humano”, asegura Gregorini.

Es que, a pesar de los pactos, ese tipo de relaciones trae consecuencias. Desde su experiencia como terapeuta, considera que las “relaciones abiertas suelen funcionar por un tiempo, hasta que se desgasta la pulsión o el deseo y es difícil volver (a la situación original), porque se desconocen. La pareja es una elección consciente de un proyecto en común”.

Con respecto a cómo enfrentan mujeres y hombres el rol de “engañado”, según Gregorini “la ansiedad o angustia es la misma, pese a que socialmente sigue teniendo otro significado”. Es cuando volvemos a la “mesaza” y al discurso del “varón cornudo”, aunque esta palabrita tan poco feliz se mantiene como “insulto” para todos los géneros, sin importar que el blanco de la misma haya sido la víctima de la historia.

También es verdad que el impacto de una infidelidad rara vez se pinta en términos de blanco o negro. Los años de relación, los hijos, vínculos y patrimonio en común, suman a la paleta una amplia gama de grises. “Hay que tener en cuenta que hay infidelidades con personas del mismo sexo, mientras se mantienen las parejas heterosexuales”, suma Mel, sin pasar por alto que “los viejos tabúes persisten”.

Como sea, la terapia de pareja funciona “para separarse de la mejor manera, porque la decisión ya está tomada”. Y lo que hacen unos y otros en esas sesiones que suelen programarse cada 20 o 30 días es “poner en palabras lo que antes no se decía; confrontar las cosas negativas y positivas de cada uno”, poniendo siempre en juego la subjetividad.

 

 

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