“Los mejores días”, o el arte de decir mucho con poco

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En este libro, Magalí Etchebarne arma un pequeño sistema narrativo donde ocho cuentos se tocan, se rozan y se explican entre sí sin dejar de ser autónomos. Hay algo de novela familiar en ese entramado: mujeres unidas por la sangre, el deseo o el desgaste del tiempo —niñas, adolescentes, adultas, ancianas— que miran el mundo desde lugares distintos pero comparten una misma intemperie emocional. Etchebarne escribe desde ahí, con una prosa breve, filosa, que nunca se dispersa.

Tres relatos funcionan como núcleos duros del libro. Se aborda con crudeza los roles sexuales y la educación sentimental en la adolescencia; también se etrata el derrumbe de una madre de personalidad avasallante, ahora atravesada por la demencia, vista desde la mirada perpleja de una hija; y se narra una historia de amor sostenida en el aislamiento, donde la rutina es amenaza y refugio a la vez, y donde una palabra —una sola— puede hacerlo todo tambalear.

Más allá de los argumentos, lo que distingue a Etchebarne es la atmósfera: una tensión constante entre lo dicho y lo callado, entre la rabia y la lucidez. Con pocos trazos construye ansiedad, deseo, miedo, y deja frases que funcionan como pequeñas iluminaciones.

 

 

Magalí Etchebarne

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