Comer despacio: una costumbre simple con beneficios reales para la salud
Edición Impresa | 25 de Enero de 2026 | 06:20
En un contexto marcado por el apuro, el estrés y las comidas apuradas frente a una pantalla, comer despacio parece un gesto menor, casi irrelevante. Sin embargo, la nutrición moderna coincide en que el ritmo con el que se come tiene efectos concretos sobre la digestión, el peso corporal y la relación con la comida. No se trata de una moda ni de una recomendación “wellness”, sino de un hábito respaldado por evidencia científica.
Comer despacio implica masticar bien, hacer pausas entre bocado y bocado y prestar atención a las señales del propio cuerpo. Este simple cambio puede generar beneficios que van mucho más allá de la mesa.
MEJOR DIGESTIÓN
El proceso digestivo comienza en la boca. Masticar adecuadamente permite que los alimentos se fragmenten y se mezclen con la saliva, que contiene enzimas digestivas. Cuando se come rápido, este primer paso se ve afectado y el sistema digestivo debe trabajar más para procesar alimentos mal masticados.
Comer despacio reduce la aparición de síntomas frecuentes como hinchazón, acidez, pesadez o gases. También disminuye la sobrecarga del estómago y facilita el tránsito intestinal. En personas con digestiones sensibles, este hábito puede marcar una diferencia notable sin necesidad de cambios drásticos en la dieta.
REGULACIÓN DEL APETITO
Uno de los beneficios más estudiados de comer despacio es su impacto en la saciedad. El cuerpo tarda entre 15 y 20 minutos en enviar al cerebro las señales hormonales que indican que ya se comió suficiente. Cuando la comida se ingiere rápidamente, es fácil excederse antes de que aparezca esa sensación de plenitud.
Al desacelerar, se le da tiempo al organismo para registrar lo que está ocurriendo. Esto favorece una ingesta más ajustada a las necesidades reales y reduce el consumo excesivo de calorías. En términos prácticos, comer despacio ayuda a comer menos sin esfuerzo consciente.
CONTROL DEL PESO CORPORAL
Diversos estudios observacionales muestran que las personas que comen rápido tienden a tener mayor índice de masa corporal y mayor riesgo de sobrepeso u obesidad. Comer despacio, en cambio, se asocia con una mejor autorregulación del peso.
No se trata de una solución mágica ni reemplaza una alimentación equilibrada, pero sí funciona como un aliado. Al mejorar la percepción de saciedad y reducir el consumo impulsivo, este hábito contribuye a sostener cambios alimentarios en el largo plazo, algo clave para la salud metabólica.
GLUCEMIA Y EL METABOLISMO
El ritmo de la comida también influye en cómo el cuerpo maneja el azúcar en sangre. Comer rápido puede generar picos glucémicos más pronunciados, especialmente en comidas ricas en hidratos de carbono. Al comer despacio, la absorción de nutrientes es más gradual, lo que favorece un mejor control de la glucemia.
Este aspecto resulta especialmente relevante para personas con resistencia a la insulina, prediabetes o diabetes tipo 2, así como para quienes buscan prevenir estas condiciones.
MAYOR CONCIENCIA
Más allá de los beneficios fisiológicos, comer despacio promueve una relación más consciente con la alimentación. Prestar atención a los sabores, las texturas y las señales del cuerpo ayuda a diferenciar el hambre real del comer por ansiedad, aburrimiento o estrés.
Este enfoque, cercano a lo que se conoce como alimentación consciente, no implica reglas estrictas ni prohibiciones, sino recuperar la experiencia de comer como un acto presente y no automático.
CONSTRUCCIÓN DEL HÁBITO
Adoptar este cambio no requiere técnicas complejas. Algunas estrategias simples incluyen apoyar los cubiertos entre bocados, masticar al menos 20 veces cada bocado, evitar pantallas durante las comidas y sentarse a la mesa sin apuro. Incluso extender la duración de una comida cinco o diez minutos puede generar efectos positivos.
En un escenario donde la nutrición suele pensarse solo en términos de nutrientes y calorías, comer despacio aparece como una herramienta accesible, gratuita y efectiva. Un recordatorio de que no solo importa qué comemos, sino también cómo lo hacemos.
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