Bienestar: las enseñanzas que nos dejó el último año

Esta disciplina no se construye con promesas grandilocuentes, sino con regulación, límites, rutinas y entornos más habitables. Pequeños cambios, sostenidos en el tiempo, que devuelvan al sistema nervioso algo cada vez más escaso: estabilidad

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A lo largo de 2025, la salud mental dejó de pensarse como un terreno de soluciones rápidas o promesas grandilocuentes para volver a una idea más concreta y clínica: no mejora por fuerza de voluntad ni por consignas motivacionales, sino por pequeños cambios sostenidos en el tiempo. La Organización Mundial de la Salud insiste en que está determinada por factores individuales y sociales, y que promoverla implica intervenir sobre hábitos, entornos y vínculos, no solo sobre actitudes.

Uno de los consensos que atravesó el año fue entender que mente, cuerpo, cerebro y contexto forman un mismo sistema. Cuando ese sistema vive en estado de alerta permanente, la voluntad no alcanza. Por eso, la pregunta central dejó de ser “qué pienso” para pasar a ser “qué condiciones sostengo todos los días”. El malestar contemporáneo, en muchos casos, no nace de un gran trauma, sino de rutinas desreguladas, estrés crónico y estimulación constante.

En ese marco, se volvió clave recuperar herramientas tradicionales como el orden, las rutinas y los límites, ya no como mandatos morales, sino como estrategias de salud. En una cultura atravesada por pantallas, notificaciones y urgencias permanentes, diseñar el día, la atención y los entornos se volvió una necesidad básica para regular el sistema nervioso.

La atención apareció como uno de los ejes más deteriorados. La mente no se calma “pensando en positivo”, sino recuperando la capacidad de sostener el foco. El exceso de pantallas, redes sociales y comparaciones produce una dispersión constante asociada a la llamada “dopamina barata”, que eleva el estrés basal. De allí el interés por prácticas como el ayuno de dopamina digital, no para demonizar la tecnología, sino para volver a ejercer control.

El sueño volvió al centro de la escena como pilar de la salud mental. Dormir mal empeora la ansiedad y la depresión, y estas, a su vez, deterioran el sueño, generando un círculo vicioso que impacta también en la salud física. Preguntar por el descanso dejó de ser un detalle para convertirse en clínica básica, al tiempo que se reconoció que no todo cansancio se resuelve durmiendo: existe fatiga emocional, social y sensorial.

El ejercicio físico también consolidó su lugar como intervención directa en salud mental, con evidencia científica sólida. Ya no es solo una cuestión de bienestar general, sino una herramienta que mejora el ánimo, el sueño, la regulación del estrés y las funciones cognitivas. Muchas veces, la mente mejora cuando el cuerpo recupera ritmos y regularidad.

Durante el año se amplió además la mirada sobre las enfermedades mentales, cuestionando modelos reduccionistas. La depresión, por ejemplo, empezó a pensarse como un fenómeno que integra pensamientos, emociones, cuerpo, inflamación, estrés crónico y contexto social. Cuando el organismo vive en alerta sostenida, la mente paga el costo.

El modo de hablar sobre salud mental fue otro eje clave. Cambiar la narrativa sobre el suicidio y los consumos problemáticos, evitando el estigma y la romantización, se mostró como una herramienta de prevención concreta. Nombrar bien permite que la ayuda llegue antes y de manera más efectiva.

Finalmente, el cierre de 2025 estuvo atravesado por el debate sobre la inteligencia artificial. Si bien puede ser una herramienta útil, el riesgo aparece cuando se la confunde con cuidado o reemplazo de vínculos humanos. El desafío hacia 2026 será usar la tecnología sin delegar lo esencial: la responsabilidad por el propio cuidado y el cuidado de los otros.

 

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