“Cumbres borrascosas”: una adaptación incómoda que ya trae polémica

A días de San Valentín, llega a los cines una adaptación de la novela de Emily Brönte que generó discusiones y críticas: no es fiel a la original, pero sí promete aquel mismo torbellino emocional

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A 179 años de su publicación, “Cumbres borrascosas” vuelve a provocar incomodidad. Cuando Emily Brontë la dio a conocer en 1847, la novela fue leída como un exceso moral: demasiado violenta, demasiado cruel, demasiado intensa para los códigos de su tiempo. Hoy, convertida en un clásico indiscutido de la literatura inglesa, la historia regresa al centro de la escena con una nueva adaptación cinematográfica, que se estrena hoy en cines locales, dirigida por Emerald Fennell, a quien le gusta provocar con su cine. Y, como entonces, el escándalo no tardó en llegar.

 

Lejos de buscar una reproducción fiel, Fennell ha dejado en claro que es una relectura del libro

 

Lejos de buscar una reproducción fiel del texto, Fennell ha dejado en claro que su proyecto es una relectura. Una versión atravesada por sensibilidades contemporáneas, por una apuesta estética y sensorial que privilegia el impacto del deseo y la violencia. Esa decisión, celebrada por algunos, cuestionada por otros, reactiva una discusión vieja pero siempre vigente: qué se adapta cuando se adapta un clásico y hasta dónde llega la libertad de reinterpretarlo.

Porque “Cumbres borrascosas” nunca fue, pese a décadas de lecturas edulcoradas, una historia de amor. Es, antes que nada, un relato de venganza. El de Heathcliff, un huérfano adoptado por la familia Earnshaw que crece bajo el desprecio de clase y el abuso doméstico, y que convierte ese daño en un programa sistemático de crueldad. La herida se vuelve irreversible cuando Catherine, su hermana adoptiva y objeto de una obsesión absoluta, elige casarse con Edgar Linton para asegurar su posición social. A partir de ahí, el rencor se organiza como herencia: el odio se transmite, se reproduce y contamina a la siguiente generación.

En ese sentido, la novela expone con crudeza cómo la sociedad convierte la vida doméstica en un espacio de violencia legitimada, donde la furia no es un accidente excepcional sino una estructura cotidiana. El vínculo entre Catherine y Heathcliff no ofrece consuelo ni redención: es una pasión destructiva, una fuerza que desestabiliza porque no funciona como amor ideal, sino como una identificación extrema donde deseo, posesión y aniquilación se confunden.

Pero la polémica actual no surge de esa expresión del deseo despojada de romanticismo, sino de su desplazamiento: la versión de Fennell, directora de “Saltburn”, se centra en el erotismo, en lo carnal. Para los críticos de esta versión, la película, que pone entre comillas el título como dejando en claro que solo es una adaptación, se queda en las superficies del placer y diluye la densidad social de la novela de Brönte. Hay una búsqueda, clara: generar incomodidad, deseo, todo entremezclado (cómo sintió la directora la primera vez que leyó el libro, a los 14 años): la película es un torbellino, y en todo caso la “fidelidad” al material está en esa intensidad. Pero para quienes señalan falencias en la cinta, el torbellino, más que provocador, es puro gesto, performance provocativa para una película que esconde los verdaderos elementos problemáticos y simplifica las facetas verdaderamente problemáticas, la ambigüedad moral y la violencia producto de la opresión social.

Elige tu propia aventura, claro: a la crítica de cine le gusta odiar a Fennell y su estilo provocador de hacer cine. Y, por otro lado, la película corrió siempre en desventaja: para los lectores enamorados del original y los críticos apresurados, ya el casting generó debate. Jacob Elordi como Heathcliff fue leído por muchos como una señal inequívoca de reinterpretación.

Es que en la novela, el personaje encarna una masculinidad marginal y brutal, marcada por una alteridad racializada de forma ambigua: “oscuro”, “extranjero”, “otro”. Elegir a un actor blanco, joven y atractivo fue interpretado como un posible blanqueamiento del personaje y una atenuación de la violencia social que lo define.

Algo similar ocurre con Catherine. Lejos de la heroína romántica, Brontë la concibió como una figura contradictoria, egoísta y manipuladora, atrapada entre su deseo y las convenciones sociales. Una joven incapaz de conciliar esas tensiones, arrastrada a la locura y a una muerte prematura a los 18 años. La elección de Margot Robbie, de 35, para encarnar a una Catherine pálida y etérea fue otro foco de críticas, al entenderse como una contradicción con la furia juvenil que define al personaje original.

Ante la polarización en redes —que fue desde el clásico “¿leíste el libro?” hasta comparaciones con “Cincuenta sombras de Grey”— Fennell defendió su lectura apelando a lo que considera una dimensión central del texto: el sadomasoquismo latente en la relación. El matiz, otra vez, es clave. En la novela, recuerdan sus lectoras más atentas, Catherine y Heathcliff nunca consuman su amor. Su vínculo funciona más como una herida permanente que como una historia de deseo satisfecho. No una experiencia erótica resuelta.

Bueno: esa es la gran película que Hollywood pensó para estrenar el Día de los Enamorados.

 

 

Cumbres borrascosas

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