Patagonia

Edición Impresa

Desde lejos escucho los gritos: “¡Andrés, Andrés!”. Luisa viene corriendo hacia el galpón de esquila de la estancia, donde me encuentro observando la tarea de los esquiladores. “¡Vení, ayudame a matar un gato que se quedó agarrado en la trampa!”, me pide. El “gato” es en realidad un puma pequeño que según la mujer, había matado ya a varios animales de su modesta granja. Ahora está allí, atrapado, sus garras inmóviles, su gesto desafiante, sus colmillos cortando el seco aire patagónico. Tengo miedo, y siento algo parecido al desprecio cuando en los ojos de ese animal que indefectiblemente va a morir, me veo a mí mismo. Su mirada es la frágil presencia de lo que desaparece, y yo su potencial victimario. En este momento, toda la historia de este desierto se sintetiza en el cuerpo palpitante, caliente de un animal que, por primera vez en su breve vida, está expectante de una decisión que no le pertenece, ni acepta.

Tras unos segundos eternos, la mujer llama a un peón. El sacrificio y la muerte es asunto de hombres que no dudan, que saben que el enemigo tiene forma, peso y carne: las más de las veces, un cuerpo caliente y forma de animal. Humano o no.

El hombre llega con un palo. El ritual se consuma, la forma se vacía de contenido, sin quejas ni ruidos. Yo soy sólo un espectador paralizado. Un hipócrita, un esclavo de ese animal que ahora yace muerto en la sombra.

Porque, soy yo el que cayó en la trampa.

Yo soy el acorralado.

Yo soy el muerto.

 

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