De cerámica a bordado: lo manual como refugio de las pantallas

En un mundo cada vez más digitalizado, los hobbies artesanales ganan terreno entre los vecinos. Además de aprender un oficio, encuentran un escape de la cotidianidad y una excusa para socializar

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Entre notificaciones constantes, reels infinitos y jornadas laborales atravesadas por pantallas, en La Plata crece una tendencia que mira hacia atrás para avanzar: el regreso a los pasatiempos analógicos. Cerámica, bordado, pintura y costura ganan cada vez más adeptos entre quienes buscan desconectar del celular y volver a una experiencia más tangible, lenta y compartida.

El fenómeno se percibe con claridad en el mapa urbano. Basta con recorrer los barrios para encontrar talleres de cerámica que funcionan a sala llena, una proliferación que también se replica en redes sociales, donde abundan las fotos de tazas, platos y esculturas hechas a mano. Pero la cerámica no es la única disciplina en auge: el bordado, la pintura y la costura también volvieron a ocupar un lugar central en la agenda cultural cotidiana.

“Desde mi experiencia, en estos cuatro años que hace que doy clases de bordado, actualmente el interés está súper latente. La gente está en constante búsqueda de estos espacios, donde realizan una actividad, pero además socializan”, explicó Priscila, profesora de bordado de la Ciudad.

Desconectarse y adentrarse en el mundo artesanal no es gratis. En la mayoría de los casos, acceder a este tipo de actividades implica un gasto mensual que parte de los 30.000 pesos y puede superar los 60.000, según la disciplina, la zona y los materiales necesarios.

Yamila tiene 28 años, vive en City Bell y hasta hace poco su vínculo con lo creativo estaba completamente mediado por lo digital. “Lo máximo que había hecho era algo ligado al diseño, pero siempre desde un perfil más de marketing y todo virtual”, contó. A mediados del año pasado decidió empezar un taller de cerámica cerca de su casa, al que asiste una vez por semana y paga 65.000 pesos mensuales, con materiales incluidos.

“Empecé porque quería hacer algo diferente, desconectar un poco. Como todo lo que hago es remoto, me copó la idea de ir a un lugar y hacer algo manual. Además, la arcilla, al ensuciarte las manos, no te deja agarrar mucho el celular”, explicó. Para ella, la experiencia fue más allá del hobby: “Me sirvió para trabajar la frustración. Si se rompe una pieza, se rompió y ya está. Y también para encontrarme con gente, porque trabajo todo el día en casa y casi no veía a nadie”.

Según Priscila, ese cruce entre personas muy distintas es una de las claves del atractivo. “La gente que llega al taller es súper diversa. Tengo alumnos de entre 18 y 70 años. Hay muchos estudiantes, pero en cuanto a trabajos es muy variado: mucho home office, psicólogas, abogadas, empleadas de comercio, profes de distintas áreas. Eso enriquece el espacio, porque conectan con gente completamente ajena a la que suelen frecuentar en sus trabajos”, señaló.

Los precios varían mucho según la zona y el tipo de actividad, por ejemplo en un taller cercano a Plaza España, ofrecen clases de cerámica una vez por semana por 49.000 pesos mensuales, con materiales incluidos. En tanto que en el caso del bordado, el valor ronda los 37.000 pesos por cuatro clases al mes.

“La motivación principal es tener una actividad que funcione como cable a tierra al menos una vez por semana, que los relaje, que les permita hablar muchas veces de lo personal y otras simplemente escuchar”, sostuvo la docente. “Se forman lindos grupos de amigos, organizamos juntadas y eventos fuera del taller, y eso también es parte de la experiencia”, añadió.

Salidas nocturnas

En los últimos meses, además, estas propuestas traspasaron el formato tradicional y se transformaron en una salida. “Cerámica y vinito”, “bordado y vermut” o “merienda y pintura” son algunos de los eventos especiales que se organizan de manera puntual, sin compromiso semanal, y que funcionan como alternativa nocturna o de fin de semana.

Magalí, vecina de la zona del Hospital San Martín, se acercó al bordado a través de una de esas jornadas. “Empecé en un evento especial, una noche de bordado y vermut. Por el precio te daban todos los materiales y algo para tomar. Está bueno porque hacés algo distinto y a la vez conocés gente”, contó.

Priscila explicó que estas propuestas intensivas tienen buena recepción: “La gente es súper curiosa y abierta a aprender nuevas técnicas, por lo que los talleres extra que doy como intensivos, tienen buena recepción. Las propuestas como bordado y vermut, bordado y vino, se viven como experiencias para aprender una técnica pero mas desde el lado de distender y relajarte una tarde”.

En ese sentido añadió que “muchas veces quienes vienen a estos eventos después se anotan en los talleres mensuales, porque se sienten cómodos con el clima que se genera y se quedan con ganas de profundizar”. Ese fue el caso de Magalí, quien tras esa primera incursión decidió anotarse un mes completo para terminar la pieza que había empezado.

Pero también quienes asisten a estas jornadas especiales suelen ser alumnos regulares que van acompañados por algún amigo, pareja o familiar, con la idea de compartir una salida distinta y mostrarles en qué consiste ese pasatiempo que tanto los apasiona.

Más allá del costo, quienes participan coinciden en que estas actividades ofrecen algo difícil de encontrar en la rutina cotidiana: tiempo sin pantallas y concentración plena. “Son horas de completa desconexión. La mayoría busca un escape de lo digital y un reencuentro con la parte creativa desde lo manual. Muchos llegan diciendo que no tienen paciencia o que no saben si van a poder bordar, y eso sirve para trabajar frustración y confianza en el proceso”, cerró la profesora.

 

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