La herencia y la intemperie: el mundo quebrado de Julián

El protagonista lega un campo tras la muerte de su padre y enfrenta el desgaste de sus convicciones y de su historia de amor

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Hay novelas que empiezan con una frase y ya no sueltan al lector. “De mi padre heredé una casa, la mitad de un campo y algo de dinero…”. Así arranca Los galgos, los galgos, publicada en 1968 y considerada una de las obras mayores de Sara Gallardo. En esa primera escena, al amanecer del velorio, el protagonista y narrador, Julián, cambia impulsivamente la casa por la parte de campo de su hermano y, casi de inmediato, comprende que ha hecho un mal negocio. Ese gesto inicial no solo organiza la trama sino que condensa el conflicto central: la herencia como mandato, el campo como destino y la conciencia temprana de una equivocación que marcará el resto de la historia.

Instalado en la estancia Las Zanjas, Julián intenta asumir el papel de estanciero, aunque su carácter introspectivo y su tendencia a la ensoñación lo distancian del pragmatismo que exige la vida rural. La novela avanza entre tareas del campo, recorridas a caballo, decisiones productivas y una naturaleza que no funciona como mero decorado sino como presencia viva. Los galgos —entre ellos Corsario y Chispa— acompañan al protagonista y se convierten en una figura simbólica: la velocidad, la elegancia y la fugacidad que encarnan dialogan con el paso del tiempo y con la sensación de pérdida que atraviesa el relato.

En paralelo se despliega la historia de amor entre Julián y Lisa, una relación atravesada por la intensidad y el desgaste. Gallardo construye un vínculo donde el afecto convive con la incomprensión y donde las expectativas sociales pesan tanto como los sentimientos. El amor no fracasa por ausencia de pasión sino por desajustes más profundos: diferencias de carácter, silencios, temores y la dificultad de habitar un proyecto común. La estancia, lejos de consolidar la pareja, expone las grietas y acelera el desencanto.

El recorrido del protagonista no se limita al ámbito rural. La narración se abre hacia viajes a París y a Buenos Aires, espacios que amplían el horizonte pero no resuelven la inquietud central. Julián experimenta en cada escenario la misma sensación de desplazamiento, como si ningún lugar pudiera ofrecerle una identidad firme. En ese movimiento, la novela propone una lectura más amplia sobre la clase alta terrateniente argentina, sus rituales, sus códigos y la carga de tradición que condiciona las decisiones individuales.

Con una prosa que combina lirismo, ironía y una mirada crítica sutil, Gallardo construye algo más que una historia de amor y campo. La novela funciona como una reflexión sobre el desgaste del tiempo, la fragilidad de las convicciones y el peso de la herencia, tanto material como simbólica. El campo, los animales y el ritmo de las estaciones dialogan con la conciencia del narrador, en un relato atravesado por un tono melancólico y una percepción de fatalidad.

Ganadora del Premio Municipal de Literatura en su momento, la obra se consolidó con los años como una pieza central dentro de la narrativa argentina del siglo XX. En Los galgos, los galgos, la pampa no es epopeya sino introspección; la herencia no es triunfo sino dilema; y el protagonista, lejos de encarnar al estanciero seguro de sí mismo, revela las fisuras de un mundo en transformación. El resultado es una novela que, más de medio siglo después de su publicación, sigue interpelando por la lucidez con que expone la tensión entre deseo, pertenencia y paso del tiempo.

Los galgos, los galgos

Sara Gallardo

Editorial: Fiordo

Páginas: 512

Precio: $43.000

 

Sara Gallardo
Los galgos, los galgos

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