Súper 8: el formato que democratizó el cine y se volvió un refugio frente a lo digital
Edición Impresa | 8 de Febrero de 2026 | 05:57
Mucho antes de que los celulares permitieran filmar en alta definición y subir un video en segundos, el cine también tuvo su etapa de democratización.
En 1965, la empresa Kodak presentó en Estados Unidos el formato Súper 8, un sistema de filmación pensado para que cualquier persona pudiera registrar su vida cotidiana sin necesidad de equipos profesionales. Fue un punto de inflexión: por primera vez, el cine salía del ámbito industrial y se instalaba en los hogares.
El Súper 8 mejoró a su antecesor, el formato 8 mm, al simplificar el uso del rollo -que venía encapsulado en cartuchos- y al ofrecer una imagen más estable y luminosa. Esto permitió que familias enteras tuvieran cámaras, proyectores y pantallas en sus casas, dando origen a miles de películas domésticas: cumpleaños, bodas, viajes, navidades y escenas íntimas que hoy constituyen un archivo emocional invaluable del siglo XX.
Durante las décadas del 60 y 70, el Súper 8 se expandió por todo el mundo. No solo fue adoptado por aficionados, sino también por artistas y cineastas experimentales, que encontraron en el formato una libertad expresiva inédita. Su grano visible, sus colores inestables y su carácter impredecible lo convirtieron en un lenguaje propio, más cercano a la memoria que a la precisión técnica.
Con el avance del video analógico primero y del digital después, el Súper 8 fue quedando relegado. A partir de los años 90, muchas cámaras terminaron guardadas en placares y baúles familiares. Sin embargo, el formato nunca desapareció del todo. Kodak continuó fabricando película y, en círculos reducidos, cineastas y artistas siguieron utilizándolo como una forma de resistencia estética.
En los últimos años, el Súper 8 volvió a ganar visibilidad, impulsado por una revalorización de lo analógico. En un contexto marcado por la inmediatez, la sobreproducción de imágenes y el consumo acelerado, el fílmico reaparece como una experiencia opuesta: filmar poco, esperar el revelado, aceptar el error y confiar en el azar químico. Cada cartucho permite registrar apenas tres minutos de imagen, lo que obliga a mirar, elegir y estar presente.
Hoy, el Súper 8 es considerado más que un formato técnico: es una postura cultural. Su estética remite de forma directa al recuerdo, a lo artesanal y a lo irrepetible. Por eso reaparece en videoclips, instalaciones artísticas, cine independiente y registros personales que buscan escapar de la lógica algorítmica.
A casi sesenta años de su creación, el Súper 8 sigue cumpliendo la misma función que en sus orígenes: guardar momentos, pero lo hace desde otro lugar. Ya no como tecnología de masas, sino como un refugio sensible frente a la fugacidad digital. Una prueba de que, incluso en tiempos de pantallas infinitas, lo viejo todavía funciona.
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