Magnus Carlsen, mucho más que una megaestrella del ajedrez
Edición Impresa | 8 de Febrero de 2026 | 05:06
Por MARCELO ORTALE
Algunos críticos de ajedrez dicen que esta actividad que limita entre lo deportivo y lo intelectual vive en esta época una nueva etapa primaveral, un eufórico renacimiento, después de haber reinado como ninguna otra durante los doradas décadas de los 50, 60 y 70, es decir en los tensos tiempos de la Guerra Fría entre Occidente y Oriente.
En esos más de treinta años los ajedrecistas de Estados Unidos, del resto de América y de Europa debieron enfrentar a la blindada y temida “ cortina de hierro” de jugadores de la Unión Soviética, tales como Mikhail Botvinik –campeón mundial vitalicio- Anatoly Karpov, Garry Kasparov, Tigran Petrosian, Boris Spassky, Mikhail Tal. Vassily Smyslov, Paul Keres, David Bronstein o Efin Geller, entre muchos integrantes de aquella imbatible legión, que se quedaba con todos los mundiales y olimpíadas.
El ajedrez –no el Ejército Rojo, no el autoritarismo de Stalin, no el ballet Bolshoi- fue el más poderoso embajador de aquella URSS cuya potencia invencible quedaba plasmada en los tableros del mundo. Sólo el astronauta Yuri Gagarin los empardaba en popularidad.
Pero ese interminable idilio soviético en los tableros del mundo tambaleó cuando apareció el alto y delgado Bobby Fischer (1943-2008), un prodigio malhumorado y genial que ya de chico le presentó batalla a sus mejores compatriotas estadounidenses. En plena juventud se presentó ante los soviéticos y los dejó sin corona. La URSS en pleno, no su federación de ajedrez, sintió que la habían derrotado y desmantelado en su orgullo, obligándola a replantear estrategias y enfoques.
Cuando en 1972 derrotó en Reikiavic en el llamado “match del siglo” al soviético Spassky, esa derrota fue considerada en Moscú Como una catástrofe, un cachetazo a la superioridad intelectual de los soviéticos.
Fischer demostró luego durante años una superioridad aplastante contra los mejores soviéticos y venció a Petrosión, Taimanov y otros, acrecentando la inferioridad de una URSS devastada en su orgullo. Todo ello en un océano de polémicas armadas por Fischer que en cada desafío pedía lo imposible: que hubiera cámaras, que no las hubiera, que los asesores soviéticos no le pasaran instrucciones por “radios” a su jugador, que las sillas eran bajas o altas y así sucesivamente.
Cuando Fischer declinó, se terminaron las grandes giras internacionales. Y se dejaron de vender millones de juegos y tableros. El ajedrez como actividad mundial perdió encanto y sólo resurgió algo con los enfrentamientos de fines del siglo pasado entre Karpov y Kasparov, Pese a la gran rivalidad técnica de ambos soviéticos el brillo se fue apagando y el ajedrez hizo mutis por el foro.
El NUEVO MESÍAS
Hay críticos que consideran que fue la pandemia del Covid y su inquisitorial cuarentena la que le volvió a dar vida al ajedrez en el mundo. Sin embargo, la mayoría dice que ese dato es parcial, que es menor, porque lo que ocurrió en realidad es que apareció un nuevo Mesías del ajedrez, un noruego brillante llamado Magnus Carlsen quien revolucionó todo.
De 35 años de edad, joven aún, buen mozo y vestido a la manera de un desenfadado y monetizado youtuber, Carlsen es considerado por publicaciones como el “mejor jugador de la historia”, superior a los recientes Garry Kasparov y Bobby Fischer, así como a los emblemáticos Lasker, Alekhine y Capablanca, tal como dice la Chess.com.
“En cualquier caso, es evidente que incluso antes de cumplir los 30 años de edad, se había ganado un lugar entre los más grandes”, sintetiza. Tres veces campeón mundial de ajedrez clásico, que defendió con éxito en otros tantos desafíos. Y dos títulos mundiales más: uno en partidas rápidas y otro en rapidísimas, llamadas blitz, de tres minutos de duración.
Hay otro fenómeno que explica no sólo su fama sino la eclosión actual del ajedrez en el mundo: las partidas cortas que Carlsen juega bajo la modalidad blitz, que duran 3 minutos y que se disputan por montos que llegan a los 300 mil dólares, 200 para el ganador y 100 al perdedor. Pero atención, muchas veces Carlsen llega tarde. Es decir el reloj del rival está en cero y el ha llegado dos minutos tarde, con un solo minuto de crédito. Y las gana igual.
Carlsen cuando tenía 13 años venció a Karpov y se convirtió en el segundo gran maestro más joven de la historia. A los 19 años ya había cruzado la empinada barrera de los 2.800 puntos Elo.
Pero hizo algo más: decidió convertirse en estrella y lo logró. Desde 2011 se mantiene en la cima. En lugar de ofrecer la clásica imagen de “el pensador” –a lo Rodín, típica del ajedrecista- se despatarra, viste de jean y por este motivo lo descalificaron de un torneo internacional. “Demasiado informal”, dijo la federación local que lo descalificó, después se arrepintió, lo hico volver y le permitió los vaqueros. Y además modificó el reglamento: luz verde para los vaqueros.
Otra publicación especializada en ajedrez agrega sobre Carlsen: “Lo más asombroso de todo es que da la sensación de que aún no ha tocado techo. Si sus actuaciones siguen siendo igual de brillantes como hasta ahora, Carlsen podría marcar un antes y un después en la historia de nuestro deporte. En una época en la que el ajedrez es más competitivo que nunca, la distancia entre él y sus rivales parece ser realmente abismal”.
FAUSTINO ORO
Y si algo más le hiciera falta al ajedrez de hoy, apareció el fenómeno argentino llamado Faustino Oro, que a los 12 años de edad le ha ganado a varias de las máximas figuras. Entre ellas, al propio Carlsen, de quien es su joven discípulo. El chico vive con sus padres en Barcelona.
El desacartonado noruego comparó a Oro con Messi y dijo lo siguiente: “He llegado a apreciar a Messi cada vez más, pero creo que Faustino es mucho mejor a los 12 años que Messi a los 12 años. Está en un buen camino, así que solo acéptalo y disfrútalo. Un día, Messi tendrá suerte de ser comparado contigo si continúas”.
El ajedrez (no el Ejército Rojo) fue el más poderoso embajador de la URSS
Curiosamente, el ruso Kasparov a Oro le dice “Chessi”, un juego de palabras que combina Chess (ajedrez en inglés) con el nombre de Messi, el consagrado 10 de la selección argentina.
Se llamen Carlsen, Oro, Fischer, Kasparon o son anónimos jugadores callejeros, no les importa si el ajedrez se trata de un juego, de un arte, de una ciencia. Ellos van y libran la intemporal batalla borgiana entre dos colores.
El ajedrez es una materia obligatoria en las es cuelas de muchos países. En otros, no lo es. El crítico peruano Jorge Murakami cree haber hallado una explicación de por qué el ajedrez no es obligatorio en las escuelas de muchos países.
A los 7 años, el nombre de Faustino Oro ingresó al ranking mundial / Web
Su razonamiento es el siguiente: “el ajedrez aporta innumerables habilidades cognitivas a los niños y adultos, como el pensamiento autocrítico, el control del primer impulso, la empatía y el pensamiento flexible, entre otras”.
Murakami mueve la última pieza y concluye “así que no, el ajedrez no será materia obligatoria en las escuelas porque sino los políticos, que son quienes hacen las leyes, se quedarían sin trabajo”. Pareciera que es jaque mate.
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