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Recibió numerosos premios
Publicada originalmente en 1993, es una de las novelas más perturbadoras y a la vez más celebradas de César Aira. Breve, incisiva y extraña, la historia narra un único año en la vida de un niño de seis años llamado —como el autor— César Aira, que se percibe a sí mismo alternativamente como niño y como niña, y cuya voz narrativa nunca termina de fijarse en una identidad estable. Esa inestabilidad no es un capricho formal: es el motor de una experiencia de lectura que incomoda y fascina al mismo tiempo.
Ambientada en Rosario, la novela se inicia con una escena mínima y brutal: un helado de frutilla en mal estado que desencadena una cadena de violencia absurda y trágica. El episodio —que culmina con el padre del narrador preso por haber matado al heladero— funciona como disparador de una deriva donde la realidad se vuelve cada vez más porosa. Desde allí, la infancia aparece como un territorio donde lo cotidiano, lo onírico y lo delirante conviven sin jerarquías claras.
Uno de los gestos más radicales del libro es el uso del pronombre. El “yo” que narra es masculino y femenino a la vez, sin convertirse nunca en una figura andrógina ni en un manifiesto identitario. Aira evita cualquier lectura costumbrista o explicativa: simplemente instala esa voz y obliga al lector a aceptar sus reglas. El efecto es profundo: no sólo se desestabiliza la identidad del narrador, sino también la percepción misma de lo real.
A lo largo del relato, la escuela, el hospital, la cárcel y la calle se transforman en escenarios de una experiencia mental que roza la alucinación. El niño crea muñecas imaginarias, da instrucciones mentales —a los otros y a sí mismo— y descubre en el juego una forma de libertad que suspende toda lógica. La famosa escena del “agujero”, donde la realidad parece separarse definitivamente del deseo, marca un punto de inflexión: a partir de allí, el mundo ya no vuelve a ser el mismo.
Lejos de ser una novela religiosa, como su título sugiere irónicamente, es una reflexión literaria sobre la memoria, la infancia y los límites de la percepción. Traducida y celebrada internacionalmente como una obra maestra contemporánea, sigue siendo uno de los libros más representativos del proyecto narrativo de Aira.
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Publicada por primera vez en 1981, “Ema, la cautiva” es una de las novelas más audaces de César Aira y una de las relecturas más radicales de la tradición literaria argentina del siglo XIX. Definida por su autor como una “historiola” —mezcla de historia y fantasía—, la obra toma como punto de partida el mito de la cautiva para desmontarlo desde adentro, exagerando, distorsionando y vaciando de sentido sus elementos clásicos.
La novela se sitúa en la frontera pampeana y comienza con el traslado de presos, soldados y mujeres hacia el fuerte de Pringles. Entre ellos viaja Ema, una joven con un hijo pequeño, que pronto queda atrapada en una red de intercambios sexuales, pactos informales y desplazamientos forzados. Sin embargo, Aira se encarga de desactivar desde el inicio cualquier lectura heroica o trágica: aquí no hay épica civilizatoria ni valores morales claros, sólo una sucesión de escenas marcadas por el ocio, la desidia y la arbitrariedad.
Uno de los grandes gestos del libro es la representación de los hombres blancos —soldados y oficiales— como figuras degradadas, sin honor ni disciplina, más cercanas a la barbarie que a la civilización que dicen defender. A la vez, los indígenas aparecen como un conjunto heterogéneo, con normas, rituales y saberes propios, lejos de la caricatura unificada que domina buena parte de la literatura decimonónica.
Ema, por su parte, es una figura profundamente antiheroica. No encarna la castidad ni la fidelidad, no añora el regreso a un orden perdido ni se define por el sufrimiento. Su cuerpo es central: come, duerme, fuma, tiene sexo, se cansa, envejece. Más que una cautiva, Ema es una figura en circulación, una pieza que aprende a moverse dentro de un sistema brutal y a sacar provecho de él. Esa capacidad culmina en el proyecto del criadero de faisanes, con el que no sólo transforma su vida, sino también la de quienes la rodean.
Narrada desde el siglo XX, con un tono frío y casi antropológico, funciona como una parodia feroz de la novela de frontera. Todo está exagerado: los vicios de los soldados, el número de hombres que pasan por la vida de Ema, la pasividad general ante el futuro. Pero en esa exageración se revela una lectura crítica del pasado argentino y de los mitos que lo sostienen.

“Varamo” es, a primera vista, una novela sencilla y divertida. Publicada en 2002 y ambientada en Panamá en 1923, cuenta dos días en la vida de un oscuro funcionario público que, tras recibir por error dos billetes falsos como salario, termina escribiendo en una sola noche “El canto del niño virgen”, la obra maestra de la poesía centroamericana.
Desde el comienzo, el lector sabe cómo termina la historia; lo que importa no es el desenlace, sino el camino absurdo que conduce hasta él.
Aira construye aquí una sátira feroz del mito del escritor genial. Varamo no tiene talento, ni ambiciones literarias, ni una vida interior excepcional. Es tímido, rutinario y mediocre. Escribe no por vocación artística, sino por necesidad económica, empujado por editores piratas que le prometen dinero rápido. La creación literaria aparece así desligada de cualquier aura romántica: escribir es un acto contingente, casi accidental.
La novela avanza a través de episodios aparentemente inconexos: conversaciones con la madre, trabajos como embalsamador, contrabando de palos de golf, encuentros con personajes extravagantes. Cada evento esquiva la causalidad clásica y desvía la narración hacia zonas cada vez más inútiles desde el punto de vista de la “novela tradicional”. En ese gesto, “Varamo” se vuelve un manifiesto contra la tensión dramática y contra la idea de que una historia deba avanzar de manera lógica.
Al mismo tiempo, el libro es una reflexión metaliteraria sobre las vanguardias y sobre el valor que atribuimos a las obras. El poema de Varamo es considerado una obra fundamental no por lo que dice —que nunca leemos—, sino porque permite reconstruir las condiciones azarosas de su producción. Para Aira, toda obra es una ficción retrospectiva: primero ocurre el accidente, luego inventamos el sentido.
Con un estilo transparente, frases simples y un humor constante, “Varamo” obliga al lector a replantearse cómo lee y qué espera de la literatura. Como muchas novelas de Aira, no ofrece respuestas, sino que mantiene abiertas las preguntas. Y en esa incomodidad, paradójicamente, encuentra su mayor potencia.

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