Europa le pone freno a la ultraderecha en las urnas

Aunque crecen en votos, los extremos no logran imponerse y el centro político mantiene el control

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El fantasma de una Europa dominada por los extremos parece haber encontrado, una vez más, un muro de contención. Tras las recientes citas electorales en Eslovenia, Alemania y Francia, el mensaje de las urnas es tan contundente como matizado: aunque las fuerzas radicales crecen en volumen de votos y presencia territorial, el centro político ha logrado retener las riendas de la gobernabilidad

la “victoria amarga”

El escenario actual describe una paradoja para la extrema derecha. Por un lado, su capacidad de movilización es innegable; han dejado de ser opciones marginales para convertirse en actores protagónicos que “tiñen” la agenda pública. Sin embargo, ese crecimiento no se traduce en poder ejecutivo.

En Francia y Alemania, las fuerzas tradicionales —desde el centrismo liberal hasta la socialdemocracia— han sabido activar mecanismos de defensa (como el cordón sanitario o coaliciones transversales) que impiden a los extremos alcanzar la mayoría necesaria para formar gobierno. En Eslovenia, el triunfo de opciones proeuropeas y moderadas refuerza la idea de que, ante la incertidumbre geopolítica, el electorado prefiere la estabilidad de las instituciones tradicionales frente a los saltos al vacío.

La resiliencia de la moderación

Ni la extrema derecha con su discurso soberanista, ni la izquierda radical con sus propuestas de ruptura, han logrado capitalizar el descontento social de la manera que vaticinaban las encuestas más pesimistas. El “clima de época”, marcado por la inflación y la crisis migratoria, ha generado ruido, pero no ha logrado derribar el consenso proeuropeo.

Las fuerzas moderadas no solo resisten, sino que consolidan posiciones. Esto sugiere que el votante europeo medio, aunque crítico, sigue viendo en el centro político el refugio más seguro ante un mapa global cada vez más volátil.

Desafíos a futuro

A pesar de este “freno”, el sistema político europeo enfrenta un reto de largo aliento. El hecho de que los extremos crezcan en votos indica una insatisfacción latente que el centro debe atender. La gobernabilidad se mantiene, pero la representatividad está en disputa.

La pregunta que queda flotando en Bruselas, París y Berlín es: ¿Cuánto tiempo podrá el centro mantener este control si no logra absorber las demandas que hoy alimentan a los extremos?

Por ahora, Europa respira un aire de continuidad, pero bajo una vigilancia democrática más estricta que nunca.

En Francia, el partido Agrupación Nacional (RN) de Marine Le Pen parecía destinado a la mayoría absoluta. Sin embargo, el resultado final fue un vuelco histórico: se activó el “Frente Republicano” y más de 200 candidatos del centro (Macron) y de la izquierda se retiraron de la segunda vuelta para no dividir el voto contra la ultraderecha. El resultado: la RN quedó relegada al tercer lugar en número de escaños (143).

Mientras, Eslovenia se ha convertido en un símbolo de la resistencia moderada en Europa Central, una región a menudo permeable al populismo. El exprimer ministro Janez Janša, aliado cercano de Viktor Orbán (Hungría), intentó regresar al poder con una plataforma nacionalista y euroescéptica. Pero fue vencido por la centroizquierda y los movimientos civiles proeuropeos.

El bloque conservador tradicional (CDU/CSU), liderado por Friedrich Merz, ha logrado mantenerse como la fuerza más votada (cerca del 29-30%) en Alemania y ha mantenido un estricto “muro de fuego” (no pactar gobiernos con la derecha).

El “freno” no significa la desaparición de la ultraderecha, sino su estancamiento en la oposición. El centro político ha aprendido que para ganar no necesita necesariamente más votos que los extremos, sino una mayor capacidad de tejer alianzas. La gran duda para los próximos años es si esta estrategia de “todos contra uno” es sostenible si el centro no logra resolver las causas del malestar social.

 

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