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La Ciudad |Riesgos, responsabilidades y deberes en torno al principal capital ambiental de la ciudad

Forestación urbana: las urgencias de un patrimonio postergado

La reciente caída de ejemplares volvió a exponer un deterioro ocasionado por la escasez de controles, planificación y participación

Forestación urbana: las urgencias de un patrimonio postergado

cada vez más frecuentes y bruscas, las tormentas son el golpe de gracia para algunos ejemplares debilitados

Francisco L. Lagomarsino
Francisco L. Lagomarsino

29 de Marzo de 2026 | 03:43
Edición impresa

Los visitantes primerizos de La Plata suelen maravillarse, todavía, cuando llegan en primavera o verano; no importa si vienen desde la metrópolis porteña, los valles patagónicos, los desiertos de Cuyo, el exuberante Litoral o el exterior. El trazado y la escala aún humana de la ciudad ayudan, pero la razón principal del encantamiento es la abundancia y la distribución del arbolado: muy pocos barrios, pueblos o conglomerados de cualquier envergadura poseen algo que se le parezca.

Y sin embargo, los residentes —desde los más diversos estamentos— hacen bastante más por deteriorarlo que por cuidarlo. Podas indebidas, extracciones sin reposición, obras mal planificadas y una gestión fragmentaria van desgajando entre el silencio, la impunidad y la indiferencia, ese patrimonio vivo. Días atrás, la caída de varios ejemplares durante una tormenta que fue fuerte pero no devastadora puso bajo la lupa el estado en que se encuentra buena parte de ese tesoro y expuso, con crudeza, los desafíos que la ciudad sigue postergando.

El deterioro del arbolado en La Plata no es un fenómeno nuevo, pero su persistencia y agravamiento lo han transformado en una marca visible de la degradación urbana y ambiental. También es una preocupación creciente para los vecinos, sobre todo por los riesgos cuando estos cuadros derivan en accidentes. Sin embargo, más allá de los conflictos que suelen emerger una vez ocurrido el daño, el eje del problema debería correrse hacia la prevención y la preservación: un árbol sano, correctamente mantenido, rara vez se desploma por sí solo, salvo ante fenómenos climáticos excepcionales.

MANDATOS Y DEBERES

El marco legal vigente, tanto a nivel local como en otras instancias, aporta herramientas claras para este enfoque preventivo. El Código Civil y Comercial establece un régimen de responsabilidad objetiva basado en el riesgo o vicio de las cosas, lo que implica que responde quien tiene el deber de cuidado. Tradicionalmente, la jurisprudencia ha asignado al frentista un rol de vigilancia sobre el arbolado ubicado frente a su propiedad, aun cuando se trate de un espacio público. Esto se expresa como mandato explícito en las ordenanzas vigentes en la ciudad. A su vez, en la órbita provincial, la Ley de Arbolado Público refuerza la responsabilidad del Estado municipal en el control, mantenimiento y sanidad de los ejemplares. Los deberes alcanzan a todos y las responsabilidades son concurrentes.

El escenario ideal para cuidar el arbolado urbano exigiría, en la práctica, una articulación precisa entre el Municipio y los vecinos. Las tareas técnicas —como el control fitosanitario o la poda— corresponden exclusivamente a la órbita comunal, mientras que los frentistas deben abstenerse de intervenir por cuenta propia, ya que acciones como el corte de raíces o podas inadecuadas pueden debilitar gravemente a los árboles. Al mismo tiempo, su cercanía cotidiana los convierte en actores clave para el cuidado —por ejemplo, mediante el riego o la reparación de tutores— y la detección temprana de problemas: observar signos de deterioro y referirse a las áreas correspondientes, algo fundamental para evitar daños mayores.

En este contexto, poner el foco únicamente en las responsabilidades posteriores a una caída parece insuficiente. La discusión de fondo pasa por asumir y cumplir los deberes de cuidado antes de que el daño ocurra. La preservación del arbolado como patrimonio ambiental, urbano y social, requiere fortalecer los mecanismos de control, equipar las dependencias pertinentes, y concientizar sobre el inmenso valor de un recurso esencial para la calidad de vida en la ciudad.

diagnóstico critico

En el Foro en Defensa del Árbol trazan un diagnóstico crítico sobre la situación, y citan como ejemplo el demorado censo forestal y la inexistencia de la Comisión Municipal del Árbol, un espacio dentro del municipio donde vecinos y ONGs podrían tener voz para debatir cuestiones referidas al arbolado urbano. Nicolás Colombo, integrante de la ONG, advierte que “El censo comenzó el año pasado, con estudiantes de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la UNLP. Se inició con una primera etapa que contemplaba censar todo el arbolado público del casco urbano, y más adelante se haría una segunda etapa con el resto de las delegaciones del partido. Este censo debería existir y ser actualizado de manera anual. El municipio sabe cuántos semáforos tiene, cuántas luminarias, cuántas fuentes… pero no cuántos árboles, dónde están, en qué estado se encuentran. Y no se puede cuidar lo que no se conoce”.

“En la demanda judicial que iniciamos en la anterior gestión, el censo fue uno de los puntos que exigimos” amplía Colombo: “Cuando a fines de 2024 salió el fallo a favor del Foro, la Justicia exigió a la Municipalidad que brindara un cronograma de cumplimiento. Apelaron, pero a mediados de 2025, nuevamente la Justicia le dio la razón al Foro y volvió a exigir el cronograma. Sin embargo, ninguna de las acciones que deberían haberse cumplido el año pasado se concretó. Ni siquiera el censo forestal que debía terminar en septiembre de 2025 dentro del casco urbano. Tuvimos una reunión con gente de la Municipalidad y la Justicia, y se acordó dar más tiempo a la Comuna; se excusaron en que no habían podido cumplir porque llegó el otoño y al caerse las hojas de los árboles, se dificulta su identificación. Uno se pregunta si saben en qué fecha comienza el otoño. A fines del año pasado, por segunda vez, pidieron más tiempo, y se les volvió a otorgar. En resumen, no hay resultados del censo aún”.

“A esto se suma una falta de comunicación con un grupo vecinal como lo es el Foro, que resulta preocupante” señala el vecino: “la Comisión del Árbol fue creada en 1998, con el actual intendente, y modificada en 2004... con el actual intendente. Casi tres décadas después, aún no se conformó. Para hacer algo como un listado de árboles históricos y notables, por ejemplo, no alcanza con los datos del censo forestal. No puedo saber si un árbol lo plantó Favaloro midiendo el tronco. Para eso se necesitan estudios históricos, y en el Foro hay gente capacitada para hacerlo. Pero la Municipalidad no habilita espacios de participación vecinal, que serían fundamentales”.

REPONER Y RENOVAR

Urgen acciones que permitan avanzar hacia una recuperación integral de espacios verdes, más allá de la mera sumatoria de metros cuadrados aquí y allá. “Cuidar lo que hay, y sumar donde falta” vuelve a aflorar como leitmotiv esencial. A partir de esa máxima, es indispensable censar detalladamente el arbolado urbano, plantar -con variedad y seguimiento-, extraer ejemplares donde corresponda para reponerlos de inmediato, y podar, pero de manera selectiva y como último recurso.

Desde el punto de vista técnico, las causas de degradación combinan factores naturales y, sobre todo, antrópicos. Podas clandestinas, cortes de raíces mal realizados, actos de vandalismo, pérdidas de agua y gas subterráneas, intervenciones deliberadas como el anillado o el envenenamiento. En esa línea, la ingeniera forestal e investigadora del CONICET, Corina Graciano, aporta una explicación detallada del proceso de deterioro: “en La Plata, los árboles mueren por múltiples causas, que se suman a que muchos ejemplares ya son añosos”, y describe que “cuando el árbol pasa de estado maduro a sobremaduro, empiezan a morir las ramas más externas de la copa, y muchas veces se producen rebrotes en la base del tronco”. La muerte no es súbita sino progresiva: “la caída de ramas es la forma en que en general mueren los árboles, van desconectando los haces vasculares y los módulos empiezan a morir. Y un árbol exhausto, sometido a estrés, tiene menor resistencia al avance de plagas —como la ‘vaquita’ del olmo, las orugas, cochinillas, pulgones, chinches y minadores, hongos— y diversas patologías”.

La mirada técnica introduce matices frente a explicaciones lineales o deterministas. Graciano lo resume con claridad al señalar: “Hay caídas que son prevenibles, porque se trata de árboles decrépitos, huecos, con inestabilidades o podas desequilibrantes y debilitantes. Y otras no, no se puede prevenir. Con los organismos vivos, es imposible alcanzar un 100 por ciento de certeza”. En esa línea, advierte que si bien existen patrones conocidos —“se sabe que algunas especies desraman más fácil, que si hay una intervención medio violenta se pueden desestabilizar”— la respuesta de cada ejemplar no es completamente predecible: “en la facultad, adentro del arboretum, tenemos un árbol ultra podrido y ahuecado que está en pie así desde hace 30 años; los indicadores de riesgo no siempre derivan en caídas efectivas, lo que complejiza la toma de decisiones”.

Cada árbol seco, cada ejemplar que se desploma, deja en evidencia la escasez de políticas urbanas sostenidas, basadas en información precisa, control y participación. Preservar y mejorar la calidad de vida de los platenses requiere planificación, mantenimiento profesional, inversión y ámbitos de decisión que integren a especialistas y vecinos. De lo contrario, ese paisaje que todavía deslumbra a quienes llegan por primera vez corre el riesgo de convertirse, más temprano que tarde, en un recuerdo.

 

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