Ocurrencias: vasectomía, tatuajes y arrepentidos
Edición Impresa | 8 de Marzo de 2026 | 01:26
Alejandro Castañeda
afcastab@gmail.com
Todo empezó con la glorificación de las marcas. Desde allí, la gente decidió darle adornos a su cuerpo. ¿Qué lleva a una persona a querer tatuarse? No es sólo algo decorativo. Desde siempre, el hombre quiso tener algo más para poder diferenciarse. Unos lo hacen para atraer miradas, otras para seguir la moda y están quienes difunden desde allí un amor que necesita ser divulgado. La tentación de adornarse lleva a extremos. En tiempos de bisturí y photoshop los cuerpos se pulen. “Nada más profundo que la piel”, dijo Paul Valery. ¿Terminaremos siendo homenajeadores de la pinturería y la gráfica? Los cuerpos de hoy son portadores de señales cambiantes. Antes no había otros agregados que la pura cáscara natural de una belleza que no necesitaba atracciones extras para convocar miradas y atrevimientos. Pero la idea de intervenir allí, en lo que nos delata, y de arriesgar otras interpretaciones desde la apariencia, ha ido modificando la escena. Primero fueron tintes transitorios y sencillos, pero hoy el “tatoo” se ha vuelto una intrusión poblada y perdurable que difunde un mensaje y una manera de estar.
Entre tantas cosas que se van perdiendo, esos grabados mensajeros al menos apuestan al largo plazo. Pretenden ser algo duradero en un mundo que parece jugar temerariamente con lo efímero. Esos trazos quieren decirnos algo. El cuerpo hasta hace poco era un coto protegido, sagrado y mejorable. “La anatomía es el destino”, avisaba Freud. Pero hoy, además, lleva y trae mensajes. Una admiradora se pintó en sus nalgas la cara de Messi. ¿Será inspirador tener allí a un tipo que siempre la mete? Candelaria Tinelli no dejó nada de su silueta libre de alegorías. Y los hay quienes se pintarrajean el pene para poner un arco iris en la cueva sagrada. Con tanto grafiti íntimo, el franeleo ha pasado a ser tierra de exploradores. Hasta ahora el cuerpo era zona colonizable pero permanente. Lo que estaba, era para siempre. Nada lo profanaba. Las manos queridas merodeaban por terrenos conocidos y no había que andar distrayéndose con señales extravagantes para alcanzar el final de siempre.
El ser humano aprendió a esmerarse para halagar la mirada del otro. Pero ahora existen muchos arrepentidos que ponen su cuerpo al servicio de esas pasiones momentáneas que después tienen que ser eliminadas a pedido de nuevas querencias amorosas. Los tatuados dudosos y la vasectomía reclutaron un batallón de indecisos que andan buscando alguna rotonda para retornar a lo que dejaron atrás. Son penitentes que habían acudido a su cuerpo para dar noticias de un anhelo que lo creían imborrable. Hay padres que un día resolvieron no tener más hijos y que después, a la sombra de una mami nueva, decidieron devolverle plenitud a lo que habían jubilado. Los tatuados que se despintan también adoptaron el modo olvido para arrancarse de la piel esos retazos de malos recuerdos. El pasado siempre está presente. Faulkner decía algo más: que nunca termina de pasar. Los arrepentidos jamás imaginaron que lo que pretendía ser eterno, al final estaría a merced de la borratina celosa de una nueva pareja.
Hay un diez por ciento de hombres que apelaron a la vasectomía para ir a buscar nuevos hijos. La aparición de otro amor con nuevas demandas los hizo rebobinar a estos papis ilusionados y tardíos. Entre los tatuados, hay un 25 por ciento de arrepentidos. El motivo dominante es también alguna pérdida que despintó su alma. Los dragones dibujados no joden, pero los que se grabaron frases y nombres, tratan de sacarse de encima aquello que siempre dejará marca, porque no hay limpiador capaz de enchastrar esos recuerdos que duelen.
El cuerpo siempre viene a reclamar lo que es suyo, aunque muchas veces crea otro equilibrio en lugar de restaurar el anterior. Intentar un nuevo ciclo como padre, seguramente mejora la performance del inicial. Y lo mismo pasa con los tatuados. Spinoza sostenía que el cuerpo persevera en su ser y en la forma plena que alcanzó en el pasado. Podría decirse que así como la palabra guarda la memoria del alma, el deseo conserva la memoria del cuerpo. Al final, estos arrepentidos están decididos a recuperar lo que alguna vez fue inolvidable para poder estrenar renovados una nueva temporada. Lo que se sabe es que el cuerpo tiene su propia memoria y es capaz de rescatar del olvido el brillo del pasado.
Tenía razón el genial Groucho Marx cuando, abrazándose, le rogaba al cielo: “Señor, cuídame, porque es lo único que tengo”.
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