Cazuela de mondongo: el guiso que abraza el invierno
Edición Impresa | 30 de Abril de 2026 | 06:49
Hubo un tiempo en que nada se desperdiciaba y todo se transformaba. De esa lógica nacieron muchas de las recetas más emblemáticas de la cocina criolla, y la cazuela de mondongo es una de ellas. Con raíces en la tradición inmigrante y fuerte presencia en bodegones porteños, este plato supo ganarse un lugar en las mesas familiares.
Hoy, lejos de quedar relegado, vuelve a cobrar protagonismo en los días fríos, cuando el cuerpo pide platos sustanciosos. Su valor no está solo en lo nutritivo, sino en su capacidad de reunir: es comida que convoca, que se sirve en porciones generosas y que invita a quedarse un rato más en la mesa.
INGREDIENTES QUE CONSTRUYEN SABOR
Para seis comensales, esta receta reúne productos accesibles que, trabajados con paciencia, despliegan una complejidad sorprendente:
❑ 1,5 kg de mondongo
❑ 2 cebollas
❑ 3 dientes de ajo
❑ 2 morrones rojos
❑ 4 varas de puerro
❑ 200 g de panceta ahumada
❑ 4 papas
❑ 1/2 taza de aceite
❑ 1 taza de vino blanco
❑ 2 tazas de caldo de verduras
❑ 1 lata de tomates cubeteados
❑ 2 hojas de laurel
❑ 1 cucharadita de azúcar
1 lata de porotos (o 1 taza cocidos)
❑ 1/2 chorizo colorado en rodajas
❑ Perejil picado, sal, pimienta, pimentón y ají molido
EL SECRETO ESTÁ EN EL TIEMPO
La cocina de este plato empieza incluso antes de encender el fuego fuerte. El mondongo se blanquea en agua hirviendo durante unos minutos, un paso clave para limpiarlo y lograr una textura más delicada. Luego se corta en tiras parejas, buscando que cada bocado sea equilibrado.
Mientras tanto, el trabajo sobre la base aromática es fundamental. En una olla amplia, los vegetales —\cebolla, ajo, morrón y puerro—\ se cocinan lentamente junto a la panceta. No se trata de apurarse: el rehogado debe ser suave, permitiendo que los ingredientes suden y concentren su sabor sin dorarse en exceso.
CAPAS DE SABOR QUE SE INTEGRAN
El vino blanco entra en escena para levantar los fondos de cocción y aportar un matiz ácido que equilibra la grasa. Luego, el caldo y el tomate terminan de armar la base líquida, sobre la que se suman el mondongo, las papas y los condimentos.
Aquí comienza el verdadero ritual: el fuego bajo y sostenido. Durante unos 40 minutos, la preparación burbujea suavemente, espesándose y amalgamando todos los sabores. El laurel perfuma, el pimentón aporta color y profundidad, y el toque de azúcar suaviza la acidez del tomate.
Sobre el final, el chorizo colorado se integra liberando su grasa especiada, mientras que los porotos completan la textura, aportando cremosidad y volumen al plato.
EL MOMENTO DE SERVIR
Antes de llevar a la mesa, un puñado de perejil fresco picado aporta color y un contraste herbal que termina de equilibrar el conjunto.
Servida bien caliente, esta cazuela despliega todo su carácter: espesa, fragante y reconfortante. El acompañamiento ideal es un buen pan crocante para mojar y no dejar nada en el plato, junto a una copa de vino —\blanco o tinto joven—\ que acompañe sin opacar.
Como todo plato de tradición, admite reinterpretaciones. Para una versión sin carne, el mondongo puede reemplazarse por seitán y el caldo adaptarse a una base vegetal, manteniendo la lógica del guiso.
También se puede profundizar el perfil aromático con una pizca de comino o ajustar el picante con más ají molido, según el gusto de cada cocina. Incluso hay quienes suman zanahoria o apio para reforzar la base.
UNA RECETA QUE CUENTA HISTORIAS
Más allá de la técnica, la cazuela de mondongo es un relato. Habla de épocas de ingenio, de mesas compartidas y de una cocina que no busca deslumbrar desde lo sofisticado, sino desde lo auténtico.
En cada cucharada hay memoria, calor y ese sabor inconfundible que solo se logra cuando el tiempo y los ingredientes trabajan juntos. Un plato que no pasa de moda porque, en el fondo, sigue cumpliendo la misma función de siempre: alimentar el cuerpo y también el alma.
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