Lazos familiares: Argentina se halla en el podio mundial

Un relevamiento internacional que analizó 84 naciones ubica al país como el segundo con vínculos familiares más sólidos. Se trata de un factor que reduciría hasta cuatro veces el riesgo de que los jóvenes desarrollen trastornos severos de salud mental

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En un tiempo en que casi la mitad de los adolescentes y jóvenes enfrenta problemas de salud mental, Argentina les ofrece un factor protector singular: el 70% de ellos reconoce contar con lazos familiares sólidos, lo que ubica a la Argentina en el segundo lugar del mundo en ese indicador, superada únicamente por República Dominicana.

El dato surge de un relevamiento internacional de Sapiens Labs que abarcó 84 países y procesó más de 778 mil respuestas válidas. El estudio mide dimensiones cognitivas, emocionales y sociales, y asigna a cada participante una puntuación individual que lo ubica en un espectro de salud mental y le sugiere recomendaciones para el autocuidado.

Los resultados del panorama global confirman que la problemática afecta hoy cuatro veces más a las nuevas generaciones que a sus padres o abuelos. El informe identifica cuatro factores centrales que inciden en el bienestar mental de los jóvenes: los vínculos familiares, la espiritualidad, el uso temprano del teléfono inteligente y el consumo de alimentos ultraprocesados.

El estudio señala además que, incluso en países con amplia oferta de servicios de salud mental, esos otros elementos resultan más determinantes para el bienestar general de la población joven.

FAMILIA Y ESPIRITUALIDAD

El informe destaca el valor protector de los vínculos familiares estrechos. Quienes carecen de ellos tienen cuatro veces más probabilidades de enfrentar desafíos severos en su salud mental. En Argentina, ese rasgo cultural —el encuentro familiar, la socialización cotidiana— opera como una ventaja comparativa frente a la crisis emocional global.

“Más que una costumbre”, ese apego no solo es beneficioso sino “necesario” en el contexto actual, resalta Silvia Blitzer Golombek, una de las especialistas que difundió los resultados de la investigación a nivel local.

La espiritualidad aparece como otro elemento relevante, entendida en sentido amplio: no sólo como práctica religiosa, sino como cualquier experiencia que conecte a la persona con algo que la trascienda, ya sea la naturaleza, la música o el arte. En Argentina y en América Latina, ese vínculo con lo espiritual registró una caída pronunciada entre las nuevas generaciones respecto de las anteriores.

TECNOLOGÍA Y ALIMENTACIÓN

El uso temprano del teléfono inteligente se posiciona como un factor negativo de alcance global. En Argentina, los adolescentes reciben su primer dispositivo entre los 12 y los 13 años, mientras que la llamada generación alfa lo obtiene hasta dos años antes. Cuanto menor es la edad de acceso, más bajos resultan los niveles de salud mental registrados. El impacto es mayor en las niñas, en quienes se agravan los problemas de autoimagen y de competencia entre pares.

El factor cultural pesa más que la oferta terapéutica disponible en las naciones más ricas

La brecha entre generaciones se profundiza también en los hábitos alimentarios. Mientras el 31% de los adultos mayores consume ultraprocesados con regularidad, ese porcentaje trepa al 57% entre los jóvenes. Según el informe, los componentes químicos de esos productos se asocian a estados depresivos y conductas agresivas, aunque los investigadores advierten que el tema requiere mayor estudio para establecer causalidades precisas.

El tiempo excesivo frente a las pantallas reduce las oportunidades de socialización presencial, lo que dificulta el aprendizaje de la dinámica grupal, la regulación emocional y el desarrollo de la autoestima, al tiempo que aumenta el riesgo de depresión y la exposición a contenido riesgoso. El estudio insiste en la necesidad de monitorear la edad de acceso a la tecnología y de promover actividades que favorezcan el contacto cara a cara entre los jóvenes.

El relevamiento concluye que ningún país, por más recursos que destine a servicios de salud mental, logra mejores indicadores únicamente por esa vía. Los factores culturales y los hábitos cotidianos pesan tanto o más que la oferta terapéutica disponible, incluso en las naciones más ricas.

“Los Estados tienen que prestarle atención a estos datos. Es el futuro de la sociedad lo que está en juego”, advirte Blitzer Golombek.

 

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