Dios se da a conocer
| 27 de Enero de 2013 | 00:00
Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Por medio de la razón natural, la criatura humana puede conocer con certeza a Dios, a partir de todo lo creado, ya que ello no existiría si no fuese por Dios.
Sin embargo, existe otro tipo de conocimiento que no podemos alcanzar de ningún modo por nuestras propias capacidades. Es aquello que Dios mismo ha querido manifestar.
En efecto, por una decisión libérrima, Dios se revela y se da al hombre; y lo hace revelando su misterio, manifestando su designio de Amor, que fijó desde la eternidad en favor de toda la humanidad de todos los tiempos.
Ese designio lo muestra en plenitud cuando envía a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo.
El Concilio Vaticano II enseña: “Dios, con su Bondad y Sabiduría, quiso revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su Voluntad: por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, los hombres pueden llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina” (DV 2).
Dios, “el único que posee la inmortalidad y habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio ni puede ver” (1 Tim 6, 16), quiso comunicar su propia Vida divina a los hombres libremente creados por l, para hacer de ellos - en su Hijo único - hijos adoptivos. Al darse a conocer a sí mismo, Dios quiere hacernos capaces de conocerle, de amarle y de responderle más allá de lo que nosotros seríamos capaces por nuestras propias posibilidades.
El designio de Dios, de darse a conocer a los hombres, se realiza a la vez mediante acciones y palabras, íntimamente ligadas entre sí y que se iluminan mutuamente.
Ese designio implica una especial pedagogía divina: Dios se comunica gradualmente al ser humano, lo prepara por etapas para que pueda recibir la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y en la misión evangelizadora de su único Hijo, Jesucristo, nuestro Señor.
Desde los orígenes de la creación Dios se da a conocer; pero, cuando el hombre se aparta de Dios por el pecado, Dios mantiene el cuidado del género humano y dispone salvar a la humanidad a través de una serie de etapas.
La alianza con Noé después del diluvio (Génesis 9, 9) manifiesta el principio del Plan de Dios con los hombres agrupados según sus naciones, “cada una con su lengua, sus clanes y sus nacionalidades” (Gén 10,5).
La alianza con Noé permanece en vigor hasta la proclamación universal del Evangelio, en la espera de que Jesús “congregara en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 52).
Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abram, llamándolo a que dejara su tierra natal y la casa de su padre (Gén 12, 1) para hacer de él “Abraham”, es decir, para establecer una alianza con él y con su descendencia (Gén 17, 5).
El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la promesa hecha a los Patriarcas, el “pueblo elegido”, llamado a preparar la reunión un día de todos los hijos de Dios en la unidad de la Iglesia.
Después Dios salvó a su Pueblo de la esclavitud de Egipto y estableció una alianza en el Sinaí, dándole su Ley por medio de Moisés.
Es el Pueblo de aquellos a quienes Dios habló primero, el pueblo de los hermanos mayores en la fe de Abraham, a quienes Dios promete un Salvador para todas las naciones?.
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