Historia del platense buscavidas que se consagró arriba de un ring en Brasil
Edición Impresa | 9 de Noviembre de 2013 | 00:00
Por EZEQUIEL FRANZINO
Con coreografías propias del señor Miyagi, hace apenas 4 años Santiago Ponzinibbio lustraba los bronces de un edificio de La Plata mientras ensayaba cómo podía esquivar las piñas en sus peleas de MMA (Artes Marciales Mixtas).
“El rasta” como se lo conoce aquí, se las rebuscaba como podía. Además de su trabajo de portero, daba masajes a domicilio, trabajaba en un bar de diagonal 74, atendía un ramos generales y enseñaba kick boxing. Con los amigos con los que entrenaba en el club de Correos tenían la intención de armar un gimnasio de categoría para esta disciplina que empezaba a explotar en la Ciudad. Unas vacaciones en Brasil y una meta concreta dejaría todo eso en el olvido: “Santiago soñaba con pelear en UFC” dice Joaquín, su hermano. “Cuando se fue sabíamos que no volvería”, agrega su mamá Silvia.
Y así fue. Santiago partió en 2009 y no regresó más. Se quedó en Floripa dando masajes en la playa con una carpa que usó hasta que se desplomó sobre la espalda de un turista. Emiliano Candau, su mejor amigo y viejo compañero de andanzas, lo acompañó durante los primeros tres meses de estadía: “Vivíamos como podíamos -recuerda Emiliano- trabajábamos en cocina, vendíamos artesanías y dormíamos en la playa”.
Su afán por perfeccionar el Jiu Jitsu brasilero (Arte marcial típico de la región) llevó a Santiago a vivir al costado de una favela. Hoy, desde el piso en donde vive en Río de Janeiro, esa historia parece una película. Sin dinero siquiera para dar señales de vida a la familia que desde La Plata esperaba noticias preocupada, Ponzinibbio buscaba en la playa indicios de alguna academia donde poder practicar la disciplina. Mientras tanto, vendía sándwiches de milanesa con una receta bien argenta: “Comprábamos un pollo duro incomible y lo licuábamos, después lo mezclábamos con porotos, rebosábamos con pan rallado y salían terribles milas”, recuerda entre risas el ahora peleador profesional de MMA.
Este platense que de adolescente supo practicar fútbol en CRISFA, básquet en Gimnasia y rugby en La Plata Rugby, empezaba a conocer sus habilidades para la pelea en las inmediaciones del Normal 2: “Santiago tenía una compañera con problemas y unos pibes la volvían loca”, se acuerda su hermano Joaquín. “Harto de ese hostigamiento trompeó en simultáneo a los 14 pibes que la molestaban”, agrega su hermano quien jura tener un récord invicto en peleas con Santiago: “Hasta los once años todas las peleas que tuvimos las gané. Desde ahí nunca más nos peleamos, somos muy unidos”.
No resulta exagerada la historia de la riña contra los catorce, si se sabe que en la actualidad Santiago entrena en Brasil, en la academia “Team Nogueira” con los mismísimos gendarmes del BOPE, escuadrón especializado para combatir el narcotráfico en Brasil y encargados de “pacificar” las favelas. A ellos, Santiago también los atiende.
Este joven de 27 años que hace apenas dos no tenía para comer y que hoy gasta -por mes- 8 mil reales (20 mil pesos aproximadamente) entre complementos deportivos y hormonas para fortalecer un hueso del brazo, peleará esta noche ante el estadounidense e invicto Ryan Laflare (ver pág. 12 del suplemento deportivo). Para llegar hasta aquí, no sólo recorrió Brasil peleando por unos pocos reales. Su verdadera oportunidad de transcender como luchador aparecería a través de un Reality Show emitido por la cadena O Globo y visto por más de 18 millones de personas: El TUF Brasil (The Ultimate Fighter)
ARGENTINO GENTE BOA
“Se imaginan un argentino ganando el TUF, vamos a revolucionar un país”, fueron las primeras palabras en portuñol de Santiago Ponzinibbio desde la casa que alberga a 28 peleadores divididos en dos equipos y que además de unos cuantos dólares otorga, al ganador del concurso, una plaza para competir en la UFC. Antes de entrar en la casa, tuvo que luchar contra la voluntad de los productores del programa que se resistían a la posibilidad de que un argentino integrase el staff. Ante la insistencia del platense, le dieron la oportunidad de realizar el casting dejándolo último en la cola de 500 postulantes. Cuando llegó su turno, lo hicieron pelear contra los expertos de cada una de las 8 artes marciales que componen el MMA. Ninguno logró vencerlo. De ahí, a una última pelea filtro con otro pretendiente a entrar en la academia. Como el show debía continuar, tuvo que batirse a duelo contra un amigo personal, Thiago Silva “Bel”. Después de una batalla campal, de sudor, lágrimas y sangre, Ponzinibbio estaba adentro de la casa.
A medida que avanzaba en las eliminatorias, su popularidad crecía a niveles inimaginables. Con su destreza dentro del octógono logró convertirse en una estrella en todo Brasil. Allí se popularizó con el apodo de “argentino gente boa”, su mote de presentación: “El reality show me ha dado un reconocimiento que nunca pensé que iba a tener. Pero tengo los pies en la tierra y no me la creo”, dice Santiago, soy el mismo de siempre y el tema de la fama no me cambió para nada. Tuve que hacer muchos sacrificios para llegar adonde estoy y mi foco siempre estuvo en el entrenamiento”.
Con humildad y una simpatía notable, se compró a los brasileros como aquí en La Plata lo hacía con las maestras del colegio. Un día, en épocas de secundario, la madre de los mellizos Barros Schelotto, secretaria del colegio a donde Santiago asistía, le reprochó que no llevara el equipo de gimnasia correspondiente: “Es que no tengo jogging”, dijo Santiago con cara de situación. A la jornada siguiente Ponzinibbio tenía la indumentaria oficial de uno de los mellizos.
“Uno tiene que resignar cosas en el camino pero en algún momento la recompensa llega. Soy consciente y prueba de eso. Nadie me regaló nada y si lo conseguí yo, creo que cualquiera lo puede lograr”
“Santi”, como lo llaman en su casa, llegó sin problemas a las semifinales del certamen. Allí se toparía contra el 7 veces campeón mundial de Jiu-Jitsu, Leo Santos. Con un brazo transformado en una goma luego de sufrir una quebradura del radio en diez partes, Ponzinibbio logró una victoria contundente que le daría un pase frustrado a la final del Reality. La lesión le impidió participar en el combate decisivo pero, además de los 50 mil dólares de recompensa que recibió, le esperaría su merecido y más ansiado premio.
Apenas finalizado el reality su mamá fue a visitarlo. Silvia no lo podía creer: “No había una persona que no pasara y le gritara `argentino gente boa´, y él se paraba a sacarse fotos con cada uno”. Lo cuenta con la satisfacción de que el nene haya aprendido las lecciones de educación que ella misma le enseñó.
La vuelta de Silvia a La Plata coincidió con las inundaciones del 2 y el 3 de abril. Conmovido con lo sucedido, Santiago obligó a la madre a viajar con dos bolsones llenos de ropa para que entregase en algún centro de evacuación: “Siempre me llevé bien con todo el mundo, conozco muchísima gente allá en La Plata así que la verdad es que tengo un gran sentimiento y estoy lleno de recuerdos de mi querida gran ciudad”, dice Santiago con tonada portuguesa.
TRAS LOS PASOS DE ROCKY
En el gimnasio de Florianópolis donde dio los primeros pasos de Jiu Jitsu, se ganó el respeto a base de tenacidad. Ser argentino e inexperto representaba toda una tentación para los brasileros que sucesivamente lo “molían a palos”, según describe su hermano Joaquín. Sorprendidos por encontrarlo todas las mañanas en el gimnasio a pesar de los golpes recibidos, sus colegas comprendieron el hambre de gloria y las ganas de aprender que tenía el platense. Es que Santiago, desde chico, entendió cómo solucionar los problemas. Tenía tres años y asistía al Jardín del Valle en 3 entre 56 y 57 cuando, “una vez, hablando con la señorita, le explicó que él arreglaba todo a las cachetadas”, recuerda, entre risas, su madre.
En aquel gimnasio no sólo aprendería este arte marcial brasilero y a cobrar de lo lindo, sino que también se prepararía para atravesar momentos extremos. Estadios a los cuales los peleadores de MMA son propensos en un combate, Santiago prefirió conocerlos fuera del marco de las peleas. Es por esto que a menudo se hace noquear adrede y entrena con pajaritos en la cabeza. También le producen cortes de oxígeno que le provoca un fuerte silbido en los oídos y una sensación de muerte.
Lograr dar el peso justo para las peleas, también representa toda una odisea. Acostumbrado a merodear en los 95 kilos, cada vez que se aproxima un combate, Santiago empieza a trabajar arduamente para llegar a los 77 kg con los que debe subirse al octógono: “En la pelea contra Yuri “el terrorista” pasé una noche entera deshidratándome en el aeropuerto de San Pablo” recuerda Ponzinibbio. “Fue horrible”, agrega. Había tomado laxantes, no se podía sentar en las sillas porque no tenía carne. “Salía a correr por las inmediaciones del lugar para seguir perdiendo peso y me iba desmayando. Caía al suelo, me levantaba y seguía corriendo”, dice con emoción.
Cuando alcanzó la final del TUF con el brazo quebrado, el entorno coincidía en que era imposible que llegara a la fecha de la pelea con posibilidades de subirse a la jaula. Igual de terco que de sacrificado, “El rasta” entrenaba con el brazo inmovilizado atado con una venda, recién operado, con una placa de metal implantada, clavos en el radio y chorreando sangre. Había pasado sólo un día de la operación y ya estaba tirando patadas a la bolsa. El esfuerzo no alcanzó para que llegara a la final pero si para que los jurados lo consideraran ganador moral del Reality dándole la oportunidad de su vida: un contrato de seis peleas en la UFC.
Todavía era un argentino desconocido e ilegal cuando en un evento donde se realizaba una pelea conoció a Rafaela, jefa de enfermería de un hospital de Florianópolis y su actual mujer. La joven con título universitario y un buen pasar, no dudó en invitarlo a vivir con ella apenas unos meses después que aflorara el amor. La presentación oficial era todo un desafío: la hija ejemplar presentaba a la familia a un argentino, luchador, sin trabajo y que vivía a pasitos de una favela. “El padre de Rafaela estaba enfurecido”, dice Ponzinibbio, pero ahora está todo bien”.
Los hermanos de Santiago, Pablo (18) y Joaquín (29) ya viajaron a Goiana para asistir a la flamante pelea de esta noche que formará parte de la cartelera principal. Su mamá Silvia no sólo se quedó en La Plata, sino que es probable que ni siquiera se asome a mirar la televisión: “Mi vieja prenderá velas, no puede mirar las peleas de Santiago”, dice Joaquín. “Nunca las miro y no me preguntes por qué, pero en el instante en que finalizan sus combates yo ya lo sé. Debe ser intuición maternal”, dice la mamá.
Quienes estarán prendidos a la pantalla serán Fabio y Matías Enrique, dos amigos de Santiago con los que entrenaba en el Club de Correos.
Con humildad Santiago afirma: “Uno tiene que resignar cosas en el camino pero en algún momento la recompensa llega. Soy consciente y prueba de eso. Nadie me regaló nada y si lo conseguí yo, creo que cualquiera lo puede lograr”. Hoy a las 22 hs. y en transmisión en vivo de América se podrá ver la recompensa de Ponzinibbio. Un verdadero luchador.
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