La aventura de platenses que viajan por el mundo solos
Edición Impresa | 24 de Enero de 2015 | 00:00
Por PATRICIA SERRANO
La primera vez que un viajero, usted o cualquier otro, se encuentra totalmente solo, y esto quiere decir en una tierra que pisa por primera vez y sin un solo amigo a la vista, comprende dos cosas: que cada paso es una decisión únicamente suya y que es un ser vulnerable, casi puede desvanecerse. Ponerse las zapatillas del viajero solitario, es un acto de valentía que, dicen los testimonios de esta nota, hay que probar una vez en la vida. Y más, porque después es difícil descalzarse.
Pero a no asustarse: ¿No te ves pasando año nuevo solo a miles de kilómetros de distancia de tu casa, por ejemplo en Bali? ¿No te imaginás recorriendo Europa en tren, leyendo un libro y sintiéndote la protagonista de Antes del Amanecer? ¿Nunca jamás estarán vos y tu alma y nadie más ni siquiera en un destino de cabotaje? La recomendación es probarlo, pero mientras tanto, o antes o después, tenés que saber que, hoy, existen muchas formas de viajar solo pero acompañado.
Los viajeros solitarios del siglo XXI llevan como principal equipaje: grupos de Facebook de ayuda al viajero, whatsapp instalado, un celular moderno y, obvio, internet. Ya no estás tan solo y aunque no conozcas a nadie podés lograr que un amigo nuevo te espere en cada destino.
Si tampoco te animás a eso, a no desesperar. Lo único tremendo, coincidimos todos, es que te quedes sin viajar por no encontrar co-equiper y no animarte a dar el salto en solitario.
En esta nota, el posible viajero, tendrá las opciones para lograr lo más importante: salir de su casa aunque no tenga pareja, amigos disponibles, hijos que acompañen o gato al que llevar. Y sentirse bendecido: en el viaje solo tomá decisiones por uno y nada más.
Empecemos con una linda cita de viajes para entrar en calor. En el prefacio de “El infinito viajar”, Claudio Magris afirma: El viajero no sólo descubre la precariedad del mundo, sino también la del viajero, la labilidad del Yo individual que empieza -como intuye Nietzsche con despiadada claridad- a disgregar su identidad y su unidad, a convertirse en otro hombre, ´más allá del hombre´. Viajar solo, diríamos en criollo y con peligro a sonar a libro de autoayuda, es viajar hacia uno mismo. “Viajar no quiere decir solamente ir al otro lado de la frontera, sino también descubrir que siempre se está en el otro lado”, recuerda Magris.
NUNCA ME SENTÍ SOLO
Diego Sánchez vive en La Plata, tiene 36 años, es periodista deportivo y en tan sólo tres años sumó 8 países: Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, Perú, Uruguay, Chile y Brasil. Puede decirse que Diego es un viajero solitario pero lleno de amigos: partir, siempre parte solo, pero cuando llega, casi como por arte de magia o de internet, cena en familia, se siente uno más y visita la nueva ciudad con “ojos de locales prestados”.
“Mi primera gran travesía viajera fue por el norte argentino, Jujuy y Salta, en 2011. Recuerdo que caí a San Salvador gracias a una docente jubilada que se ofreció llevarme desde Salta capital. Llegué a la casa de un colega, en el barrio San Pedrito y fue genial: era de madrugada y me esperaba toda la familia alrededor de la mesa”, cuenta Diego. Y casi como si fuera una revelación, lo supo de repente: “uno parte solo, pero jamás viaja solo, siempre encuentra personas dispuestas a compartir inolvidables momentos”.
Este hombre que comenzó a viajar pasados los 30 -siempre se está a tiempo- es uno de los integrantes del grupo de CouchSurfing de La Plata (ver recuadro) y cada vez que llega a un lugar tiene un colchón esperándolo para dormir y sentirse como en casa. Esta forma de viajar, alojándose en casas de gente del lugar, para Diego es ideal: “Lo veo como una forma de llegar a un lugar y conocerlo con ojos locales. Qué mejor que eso, estar con alguien que te ayude a descubrir y decodificar el sitio que visitás, con sus vivencias e historias. Me fascina”.
Para seguir con Magris, bien podríamos aplicarle esta frase a la forma de viajar de Diego, saltando de colchón en colchón, sintiéndose siempre y nunca en su casa: “Quien viaja es siempre un callejeador, un extranjero, un huésped; duerme en habitaciones que antes y después de él albergarán a desconocidos, no posee la almohada en la que apoya la cabeza ni el techo que le resguarda”. Y esa magia, la de no poseer y ser un caminante, lo llevaron a llegar sin alojamiento a Río de Janeiro y terminar en un piso de Botafogo, rodeado de cariocas; a conocer Frankfurt de madrugada con un banquero alemán y su novia rusa que luego lo alojaron en su casa; a que Ámsterdam la chica que lo alojaba gratis lo esperara con una entrada para un recital de Calle 13.
Usted, imagino, ya estará armando las valijas. Si le quedan dudas, siga el consejo de Diego: “Viajar solo es una inmejorable oportunidad para encontrarse con uno mismo y mirar las cosas desde otra perspectiva. Es redescubrir facetas propias y disfrutar de eso, sin importar el lugar. Es andar sin reloj y sin apuros, más que los de uno, bajo un plan que pasa por decisiones exclusivas”.
EL SUEÑO DE LA PIBA
Romina Lazza siempre supo que iba a conocer Europa. No sabía cómo. No tenía plata ni compañeros de viaje y tampoco se animaba a largarse sola. En ese entonces era sólo una chica parada frente a un mapamundi pidiéndole que su sueño se haga realidad. Tenía 30 años, vivía en La Plata y, puede decirse, lo que más hacía era soñarse en el Coliseo, con un sombrero blanco y el pelo suelto al viento.
Las cosas sucedieron como suelen suceder en este siglo: googleando. Romina encontró una página que solucionaba su problema primario: encontrar gente que tuviera las mismas ganas que ella de viajar a Europa, pero que no tenía mucho plata ni se animaba a partir en solitario. La página se llama Viajeros Unidos (ver recuadro) y se trata de un sitio donde uno puede organizar un viaje en grupo con desconocidos. Antes de viajar, claro, las cosas se afianzan en un grupo de whatsapp, de facebook, y encuentros en el mundo real.
Todo comenzó así: ella posteó un mensaje en el foro de la web pidiendo compañeros para organizar un viaje a Europa y, enseguida, se sumaron tres personas. Cinco meses más tarde, en el año 2012, junto a Sebastián, Orlan y Natalia partieron juntos en un viaje que les cambiaría la vida. Los destinos fueron clásicos: Roma, Florencia, Rímini, Venecia, Mónaco, París. Volvieron tan contentos que hicieron un video de youtube donde dicen que los sueños pueden cumplirse y Romina creó un grupo de ayuda a viajeros que no se animan en facebook: “Europa, allá vamos!”.
Sobre formar grupos de viaje con desconocidos, Romina tranquiliza a los que todavía dudan: “Fue una experiencia inolvidable, nos conocimos a través de una red social, luego en persona. Proponíamos juntos las ciudades, los hospedajes, y también muchas ilusiones, cada uno con su sueño de conocer Europa”. Como se habrá dado cuenta, la historia de Romina tiene final feliz: volvió tan alucinada de su primera experiencia en el antiguo mundo que hoy, apenas tres años después, vive en Roma, donde trabaja en una peluquería y es guía turística del Vaticano.
OVACIÓN BOLIVIANA
Nahuel Gómez viajó absolutamente solo por primera vez a los 21 años y fue genial. Hoy tiene 25 y, mientras pasa el verano en la ciudad, piensa las mil y una formas posibles para juntar plata, agarrar la mochila y partir de nuevo. Es el viajero clásico: uno lo ve e imagina que no necesita un celular con todas las aplicaciones de viajeros disponibles del momento, que es capaz de subirse a un avión y bajarse en cualquier aeropuerto del mundo sin saber exactamente donde dormirá esa noche.
En su libro Periplo, Juan Filloy da un consejo clave para cualquiera que, como Nahuel, quiera largarse al mundo sin necesidad más que de uno mismo: “Cuando usted viaje, deje su vida en su casa, en su pueblo, en su ciudad. Es un artefacto inútil. No la exhiba a nadie. Sea un “sibarita del silencio”, como dice Benjamín Jarnés. Los seres que hacen su propia apología deben recluirse en el narcisismo. Quien lleva a los pleasure trips preocupaciones de vanidad, agrega la carga más estulta a sus valijas... Vaya, entonces, con liviano equipaje de sí mismo: con muchas, muchas mudas para el cuerpo y pocos trajes para el alma”.
A los 21, entonces, Nahuel partió a recorrer el altiplano boliviano, de sur a norte. Iba sin compañía. “No me sentí solo en ningún momento. En un viaje así uno se predispone de otra manera: ya desde el principio sabe que tiene que abrirse y relacionarse con desconocidos para conseguir lo que quiera. Claro, así funciona la vida también, pero en un viaje se es realmente consciente de lo necesarias que son las personas, y se aprende a tolerar y a confiar en ellas de una manera distinta. Es como una cura para la misantropía”, dice este joven que creció rápido con la mochila al hombro.
La gran ventaja de viajar solo y de no sumarse a grupos, aunque sean desconocidos hasta ese momento, es que siempre, pero siempre, el viaje puede virar hacia destinos impensados. Nahuel estaba en La Paz sin saber bien para dónde seguir. Un grupo de chicos lo invitaba a ir todos juntos hasta Copacabana. “Yo quería ir para el otro lado y conocer la selva de altura que rodea al pueblo de Coroico. Como era mi viaje, hice la mía”. Ahora lo sabe: fue la mejor decisión. Tanto es así que hasta lo aplaudió Evo Morales.
¿Cómo fue? Nahuel iba en una camioneta junto a pobladores del lugar. Hablaban en quechua y casi los únicas palabras que entendía significaban una sola cosa: Evo Morales estaba cerca. Bajó en el pueblo de los preparativos, se informó y supo que en ese mismo momento el primer presidente indígena de la historia inauguraba una cancha de césped sintético en la altura boliviana. Caminó, en realidad corrió hasta que llegó “al campo de un estadio colmado de gente y vi a Morales dando su discurso. ‹‹Hay que cuidar a los turistas››, dijo. Creo que notó el gesto que hice en ese momento, y por eso me interpeló: ‹‹¿Tu eres turista? Un aplauso para el turista entonces››.
Ahí estaba Nahuel, ovacionado por un estadio completo, aplaudido por el mismo presidente, invitado especialmente al campo de juego para ver el partido de cerca, festejando los dos goles que metió Evo en esa ocasión y se los gritó en la cara. Porque, Nahuel lo sabe, viajar solo, persiguiendo lo que uno desea y no a un grupo de amigos ocasionales, permite vivir en un mundo donde todo puede pasar. Y todo pasa, de verdad. “La mayor parte de mis viajes la hice totalmente solo. Nadie ni nada me garantizaba compañía, lo que sí sucedía era que podía elegir con quién relacionarme y por cuánto tiempo”. Nahuel está seguro: salir al camino conlleva un encuentro, al menos, con tu libertad.
“Si te gusta el cine vas al cine solo, si te gusta la música vas a un recital sin que nadie te acompañe. Lo mismo pasa con viajar: si realmente querés conocer un lugar nuevo hacés todo lo posible para que eso ocurra, sin importar que tus amigos o tu pareja te acompañen”. Están avisados lectores. Esta nota los deja sin excusas.
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