Cinco siglos después Lutero inspira reformas
| 1 de Noviembre de 2016 | 02:29
Por SUSANA MABEL QUAINI (*)
E n los umbrales de los quinientos años de la Reforma Protestante es interesante y sano recordar que fueron factores políticos, económicos, sociales y religiosos que llevaron a generar cambios tanto en católicos como protestantes y que fue la maravillosa historia del cristianismo que nos muestra la profundidad de esos cambios manifestada en los escritos presentados por Martín Lutero allá por año 1517. “Muchos han creído que la fe cristiana es fácil, y hasta han llegado a contarla entre las virtudes. Esto es porque no la han experimentado de veras, ni han probado la gran fuerza que hay en la Fe”, dijo en sus escritos.
Lutero era un monje alemán, tosco, apasionado, de una fe profunda y eso precisamente era lo que más le importaba, la fe. Llegó a comprender que “el justo por la fe vivirá” y comenzó allí a encontrar la respuesta a muchas de sus angustias y dificultades, comprendió que la justicia de Dios era un don, una manifestación del gran amor divino.
Convencido de que Dios guiaba su camino, continuó su tarea docente enseñando una nueva teología cultivada de la lectura Bíblica y se oponía a la penitencia. Llegado el momento de exponer sobre sus 95 tesis y deseoso de que se conociera el resultado de todo lo que había descubierto en horas interminables de su estudio de la Biblia, no pudo hacerlo. A nadie le interesó lo que había preparado y ni siquiera tuvo la oportunidad de defender lo que había descubierto.
Cautivado por el misticismo continuó escribiendo sus tesis en contra de las indulgencias, como oponiéndose al lucro de varios personajes mucho más importantes que él y que por la venta de las indulgencias, trataban de convencer al pecador que la compra de estas era más importantes que el bautismo mismo o más importante que la cruz de Cristo, para el perdón de los pecados.
La confesión de los pecados era algo muy profundo para él, y no podía aceptar que para el perdón bastara la penitencia. La indignación y el cansancio de Martín Lutero y al ver como se utilizaba la venta de indulgencias para terminar la basílica de San Pedro de Roma, lo llevó precisamente ese 31 de octubre de 1517 en víspera de la fiesta de todos los Santos a cumplir su responsabilidad.
Colocó sobre las puertas de la iglesia del Castillo de Wittenberg sus 95 escritos, las envió a Roma con una carta y las imprentas del momento produjeron gran número de copias que fueron enviadas a Alemania y a Suiza, esparciéndose como reguero de pólvora por toda Europa. Fue precisamente ese arrebato de Lutero lo que dio comienzo a la Reforma Protestante.
Philip Melanchthon y Martín Lutero en 1.530 redactaron juntos 28 artículos de fe, llamado “Confesión de Augsburgo”. Cuando murió Lutero en 1546, Melanchthon fue el principal dirigente del luteranismo; buscó siempre el acuerdo entre todas las facciones de la Reforma y fue una pieza clave en la traducción de la Biblia al alemán. Además de llevar las riendas espirituales en los difíciles comienzos de la Iglesia Protestante, Melanchthon dedicó gran parte de su pensamiento y obra a su gran preocupación: la educación.
Fue prácticamente en la misma época que Lutero publicó sus descubrimientos sobre las indulgencias que Ulrico Zwinglio, en Zurich, llegó a las mismas conclusiones.
Lutero consideraba la palabra de Dios el punto de partida y fue la autoridad final de su teología. Para él la palabra de Dios era más que la Biblia, era nada menos que Dios mismo, basado en el Evangelio de Juan donde dice “al principio era la Palabra, y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios”.
Por el año 1534 aparece en la historia del cristianismo Juan Calvino. quién estaba convencido que debía abandonar la comunión romana y seguir el camino del protestantismo exiliándose en Basilea. Calvino siguió a Lutero cuando este fue excomulgado y su intención era escribir acerca de la nueva fe cristiana desde la mirada protestante. Denomino a su manual “Institución de la religión cristiana”, que se agotó rápidamente.
Así fueron apareciendo los primero grupos protestantes en Europa, los luteranos, calvinistas, presbiterianos, anglicanos, congregacionalistas, bautistas, hugonotes, menonitas y otros más.
Las doctrinas reformadas se sintetizaron en el lema Sola fide (solo fe), sola gratia (solo gracia), sola scriptura (sólo escritura), Solus Christus o Solo Christo (“solo Cristo” o “solo a través de Cristo”), Soli Deo gloria (“la gloria solo para Dios”).
Por el año 1.770 Johann Heinrich Pestalozzi fue otro gran reformador de la pedagogía tradicional y dirigió su labor hacia la educación popular. Para Pestalozzi el núcleo fundamental de la educación es la familia, después de la familia la escuela, el medio vital y social.
No podemos dejar de mencionar grandes reformadores de nuestro país, como Diego Thompson, que fue un pastor Bautista y educador escocés que recorrió toda Latinoamérica, predico el evangelio y los principios cristianos, tradujo la Biblia en la lengua de los pueblos americanos y promovió su lectura. Cuando llegó a Buenos Aires estableció varias escuelas, al igual que en Chile. En 1822 José de San Martín le pidió que implemente igual educación en Perú. Tradujo el Nuevo Testamento en Quechua y regalo miles de Biblias por casi todos los países latinoamericanos.
Juana Paula Manso nació el 26 de junio de 1819, exiliada con su familia en el periplo de Rosas. Viviendo en Montevideo, Juana comenzó a dar clases de francés y castellano para ayudar a su familia, hasta que se animó a abrir en su casa el “Ateneo de Señoritas”. Después de la muerte de Rosas emprendió las mismas actividades culturales y educativas en el territorio del Plata. Conoció a Domingo F. Sarmiento quién la nombró directora de la Escuela Normal Mixta Nº1. En la presidencia de Sarmiento fue la primera mujer vocal del Departamento de Escuelas y luego, estuvo al frente de la Comisión Nacional de Escuelas.
Fueron muchos los que trabajaron, los que estuvieron, están y estarán pensando cómo mejorar, transformar ó tal vez reformar la sociedad, pero lo más importante es recordar que los cambios existieron siempre y que fueron los grandes reformadores los que nos mostraron que el amor de Dios estuvo siempre presente en cada uno de ellos y que todo sucedió por la gracia Divina.
(*) Directora de la Cátedra Libre “Reforma y Sociedad” UNLP
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