El servicio de colectivos debe prestarse con regularidad a lo largo de los doce meses
| 30 de Diciembre de 2016 | 02:02

Como si se cumpliera con la postulación filosófica del eterno retorno, según la cual los mismos acontecimientos se repiten tal como ya ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación, una vez más los platenses enfrentan las molestias propias de la disminución del número de colectivos, característica de todas las temporadas veraniegas. Se trata, como se sabe, de una medida dispuesta por las empresas de transporte de pasajeros que reducen las frecuencias, a partir de la vigencia en el verano de esquemas especiales que, en la práctica, resienten la calidad de un servicio cuya prestación, por el contrario, debería ser regular a lo largo de los doce meses.
Tal como acaba de informarse, las esperas que ya sufren muchos pasajeros resultan largas y mucho más a medida que llega la noche. Resignada, la mayoría de los usuarios señaló que el problema recién empezó para ellos y que quedan por delante dos meses en los que deberán sufrir largas esperas hasta lograr que pase un micro por las paradas.
En algunas empresas consultadas se aseguró que todavía se mantiene la frecuencia habitual de 5 a 6 minutos entre cada unidad, confirmándose que a partir del 1° de enero disminuirá “por lo menos” en un 40 por ciento la cantidad de colectivos. Cabe señalar que en algunas empresas se confirmó que el diagrama veraniego se puso en vigencia a partir del lunes pasado.
Para no pocos usuarios el problema se multiplica hasta extremos intolerables. Así, no faltan vecinos que viven en la zona norte -City Bell o Villa Elisa- y que trabajan en Ensenada, de modo que se ven obligados a tomar cuatro micros por día. En primer lugar un semirrápido hasta La Plata y luego el de la línea que transita hasta Punta Lara, poniéndose de relieve que en este último caso el segundo colectivo duplica la cantidad de minutos entre cada unidad.
Lo cierto es que también se ha reiterado aquí que la del transporte de pasajeros es una actividad comercial no diferente a otras, sometida como todas a los vaivenes propios de las duras leyes de la oferta y la demanda. Y es verdad que ni siquiera las actividades comerciales que no tienen ningún sesgo de servicio someten a sus clientes a cambios tan drásticos por situaciones circunstanciales o temporarias que puedan afectar su ecuación económica.
Pero además el de colectivos es un servicio público, tercerizado en su explotación, pero servicio público al fin y, además subsidiado por el Estado para que la rentabilidad le “cierre”, en un cálculo que, seguramente, tiene en cuenta las condiciones promedio de la actividad y debe incluir, por lo tanto, las temporarias bajas estacionales de pasajeros.
Así, quienes durante enero deben ir a su trabajo -o viajar por una emergencia, por caso- no deben verse obligados a afrontar larguísimas esperas para poder tomar un micro. Ninguna excusa financiera o funcional de las empresas justifica ese trastorno. Al margen de la consistencia de los factores invocados por las empresas, se debería dar por descontado que los pasajeros no debieran ser quienes sufran los perjuicios directos que supone la reducción de frecuencias.
Lo que está en juego es la necesaria excelencia de un servicio público, imprescindible para garantizar una buena calidad de vida de la población. Es imperioso, por consiguiente, que se asegure, inexcusablemente y sin excepciones, el cumplimiento regular de esa prestación a lo largo de todo el año.
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