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Vivir Bien |CHICOS SUPERDOTADOS
Pichones de genios

Tienen un coeficiente intelectual más alto que la media y sin embargo muchos no lo saben. En el aula suelen ser la pesadilla de las maestras. Familias de la región que tienen nenes con altas capacidades se organizan para pedir que las escuelas los incluyan y no desaprovechen a estas potenciales mentes brillantes

Pichones de genios

Nehuen y Zoe Turrisi, los hermanos de 11 y 10 años con altas capacidades intelectuales

Por: MARISOL AMBROSETTI / Fotos ROBERTO ACOSTA
vivirbien@eldia.com

17 de Marzo de 2019 | 08:38
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Se calcula que cada dos aulas hay un nene o nena superdotada. Sin embargo, pocas veces son tomados en cuenta como muy inteligentes. Lo habitual es que sean calificados como raros, nerds o hiperactivos. También se los confunde con chicos afectados por dos trastornos: el de Hiperactividad y Déficit de Atención o Asperger, una de las formas en la que se manifiesta el autismo. En las escuelas, maestras y psicopedagogas los identifican más por su mala conducta que por sus destrezas mentales.

Según la Organización Mundial de la Salud, las personas con altas capacidades intelectuales abarcan al 2 por ciento de la población; en La Plata serían unas 12 mil personas. Son los que tienen un Coeficiente Intelectual (CI) superior al común de los mortales. En números equivale a 130 o más, como el CI del físico Stephen Hawking, la ajedrecista Judith Polgar o el cineasta Quentin Tarantino.

Es sábado a la tarde y en un aula de la ciudad un grupo de ocho madres y padres se reúnen porque sus hijos tienen algo en común: son demasiado inteligentes. La mayoría supone que ése es el sueño de toda familia, pero a juzgar por lo que se escucha en el encuentro, parece más bien una pesadilla.

Los organizadores de la reunión son Eliana Díaz (44) y Alejandro Turrisi (42), una pareja platense que no tiene un hijo con altas capacidades sino dos. Ambos fueron psicodiagnosticados, es decir, realizaron los test y las pruebas que confirman un coeficiente intelectual superior a la media. Nehuén de 11 años se destaca en lógica y matemática y Zoe, de 10 años, tiene un perfil productivo-creativo o artístico, que se luce en la Orquesta Escuela de Berisso, donde toca el violonchelo como pocos.

Un nene o nena que a los 3 ya sabe leer y escribir, que a los 5 aprendió a tocar el piano, que a los 6 se divierte más con el ajedrez y las pirámides matemáticas que con las muñecas “es visto como sapo de otro pozo, como un extraterrestre, como un chico raro, ésas son las palabras que suelen usar los papás para describir la situación de estos nenes”, cuenta Héctor Roldán (57), socio fundador de Mensa Argentina, una asociación internacional que reúne a personas adultas con altas capacidades. También, es uno de los fundadores de Creaidea, una organización civil con sede en la Ciudad de Buenos Aires que, desde 2002, lleva evaluados a unos 500 niños y niñas con altas capacidades intelectuales, y que se ocupa de orientar y contener a las desbordadas familias de estos “pequeños genios”.

El primer indicio de precocidad que le llamó la atención al padre de Nehuén ocurrió durante un viaje en colectivo, cuando el nene tenía dos años. “Mirá pá, una pizzería”, dijo. “Ajá”, dijo el padre la primera vez. A las dos cuadras el nene volvió a decir: “Mirá papá, otra pizzería”. Ahí preguntó: “¿Y vos cómo sabés que es una pizzería?”. “Ay papá, porque dice `Pizzería’ ¿No ves?”. Nadie sabía cómo ni dónde lo había aprendido.

La debacle para los superdotados arranca, en casi todos los casos, con la primaria, donde sus padres baten récord de citaciones: “En segundo grado me llama la maestra porque Ángel terminaba la tarea enseguida y molestaba a sus compañeros”, cuenta Sabrina Cabrera, que lleva a su hijo a una escuela privada de la ciudad. Los ocho padres de superdotados la escuchan y suman episodios similares. Coinciden que a sus hijos, las maestras les pedían que no levanten más la mano: “Vos ya respondiste, dejá que participe otro”, era lo que más escuchaban.

Al principio, Ana Krug, veía que su hijo Pedro (8) era un chico muy rápido, pero lo que le quitaba el sueño era lo mal que se portaba. La maestra la llamaba todas las semanas. “Como sus demandas no eran atendidas, más bien eran tomadas como una molestia, él se frustraba y se volvía un líder negativo, que agitaba a los demás”. Salía tan furioso que hasta llegó a decir que iba a aprender a armar una bomba para detonar la escuela.

“A mí también me comió la problemática”, coincide Gabriel Finnegan, papá de Lalo de 9 años. Recién hace seis meses, cuando le dijeron que tiene altas capacidades, entendió por qué con solo cinco años, y pese a que en la familia nadie sabía tocar ni el arroz con leche, pudo tocar solo, sin ayuda, la canción de la película IntensaMente que acababa de ver. Si bien esos chispazos de lucidez ponía contentos a sus padres, lo que más les llamaba la atención era que fuera hiperactivo, contestatario y que no aceptara un solo límite: “Como padre tenés un nene de seis, que te discute como un adolescente rebelde de 14 pero que, cuando lo retás, reacciona como uno de 3, con ataques de llanto desconsolado”.

La psicóloga infantil, Celina Selva, trabajó durante seis años en Creaidea y evaluó a decenas de niños con altas capacidades, entre ellos a los hermanitos platenses Nehuén y Zoe Turrisi. Confirma que siempre existe algún desfasaje entre la edad madurativa o intelectual, la cronológica y la emocional pero advierte que, en estos niños, la primera está mucho más avanzada que las demás.

“El chico con altas capacidades se aburre en el aula porque entiende todo más rápido, sobre todo los varones, porque las nenas tienen más habilidades sociales, lo que les permite sobreadaptarse y pasar desapercibidas”, explica Selva. La escuela, que ofrece contenidos homogéneos y “no atiende la diversidad”, no les da respuestas satisfactorias, esto los frustra y una de las características de estos chicos es, justamente, la escasa tolerancia a la frustración, lo que les provoca un enorme desborde emocional.

“Como padre tenés un nene de seis años, que te discute como un adolescente rebelde de 14 pero que, cuando lo retás y ubicás, reacciona como uno de 3, con ataques de llanto desconsolado”

 

SOBREDIAGNOSTICADOS. Antes de saber que sus hijos son superdotados, Alejandra Nader, mamá de León, y Alfonsina Ciafardo, madre de Valentino (5) creyeron que tenían hijos enfermos. “Todo el mundo me hablaba de su mala conducta, pero yo veía su angustia”, cuenta Nader. Cuando comenzó a sufrir terrores nocturnos, con despertares y gritos en plena noche, decidió ir a un neurólogo que le diagnosticó Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), un cuadro neurobiológico que se manifiesta con impulsividad, falta de concentración y descontrol.

A Valentino se le notaba de bebé que iba más rápido que los demás. Se sentó, caminó y habló antes de lo esperado y reconocía las letras en la primera salita. Experto en el sistema solar, los aviones y los dinosaurios, su descontrol llegó con el nacimiento de su hermana. Empezó a pegarle a sus compañeros. La psicopedagoga le dijo a la madre que creía que su hijo tenía, también, TDAH.

La historia de Matías llegó a niveles dramáticos, con una internación psiquiátrica en el hospital de Niños tras un ataque de furia a los 13 años. “Durante toda su vida recorrimos consultorios psicológicos y ninguno de esos profesionales buscó una razón por fuera de lo emocional; para todos el problema era yo”, cuenta su mamá, Ana Laura. Recién en noviembre del año pasado supo que el problema de su hijo era un coeficiente alto, tras la evaluación que le hicieron en la Fundación Favaloro.

En la mayoría de estos casos, fue la propia intuición de los padres lo que allanó el camino hasta llegar al diagnóstico de superdotado. Horas de investigación en la web los condujo a grupos de Facebook, artículos periodísticos y a los sitios de las pocas instituciones que se dedican a las altas capacidades en Argentina: la filial local de Mensa, Creaidea, Abrazo Arco Iris, Embajadores ACI y la más nueva y platense Divertido Alberto, un lugar para compartir ideas, que ya tiene una página en Facebook.

Los papás de Neuhén y Zoe están a cargo de esta última iniciativa y fueron los que convocaron a la reunión del sábado. Les costó mucho salir adelante, porque “cuando dejábamos al nene en la escuela, parecía que iba al matadero, era una tortura”. Ahora, en cambio, va al secundario técnico de Astilleros Río Santiago: “Como es una escuela de doble turno muy exigente con un perfil orientado a la física, que es lo que a él más le gusta va feliz”, cuenta la madre.

Todos coinciden en que, hasta que no tuvieron el psicodiagnóstico que les confirmó el CI, les fue muy difícil hablar del tema, incluso dentro de sus propias familias. Alejandro, el papá de los hermanitos superdotados lo resume así: “La gente te mira mal, se piensa que nos mandamos la parte y prejuzga, supone que somos padres sobreestimuladores; lo que no saben es que nosotros corremos detrás de ellos, que estamos agotados, porque somos nosotros los sobreestimulados por nuestros hijos”.

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Nehuen y Zoe Turrisi, los hermanos de 11 y 10 años con altas capacidades intelectuales

Nehuén Turrisi se destaca en lógica-matemática

Zoe Turrisi toca el violonchelo en la orquesta escuela de Berisso

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