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En 509 y 19, a metros del hospital de gonnet

Vive desde hace ocho años debajo de un puente que es “patrimonio cultural” platense

Se armó un refugio en el corazón de la estructura centenaria. Cuenta que hasta se peleó a golpes para permanecer en el lugar

Vive desde hace ocho años debajo de un puente que es “patrimonio cultural” platense

carlos mierez llegó de misiones cuando era muy chico. se peleó con su mujer y fue al puente/ demian alday

Ocho años debajo del puente Donato Gerardi, de Camino Belgrano y 509, un hito de la ingeniería nacional, lleva Carlos Mierez, quien llegó a La Plata desde Posadas, Misiones, hace varias décadas de la mano de sus padres. La vida lo fue llevando por distintos y sinuosos caminos hasta que llegó a ese lugar que él ya denomina su “espacio en el mundo”.

Con su perro Roco al lado, sentado en una silla marrón que se le nota el paso del tiempo, a escasos metros de un brasero que en invierno no para de luchar contra las corrientes de aire y viento, Carlitos, como lo llaman en ese barrio de Gonnet, pasa cada jornada mirando cómo transcurre la vida a metros del Hospital San Roque de Gonnet.

Carlos tiene 42 años, pero el paso del tiempo parece más vertiginoso en su rostro.

“La policía jamás me vino a sacar. Saben que no le hago mal a nadie. Aún más, me crucé a las trompadas contra gente que quiso quedarse acá pero no tenía buenas intenciones. No quiero que me molesten ni embromar a nadie. Me separé de mi mujer que vive en una casa nueva del barrio que armaron en Ringuelet para que se mudaran quienes vivían al costado del arroyo El Gato. Tenemos dos hijos de 11 y 12 años. Antes de vivir en cualquier lugar a la intemperie, me quedé acá, que tengo un techo, por decirlo de alguna manera”, cuenta el hombre que hace casi una década se emplazó debajo de la estructura de hormigón, considerada patrimonio cultural de la Ciudad.

De vez en cuando, cuenta Carlos, aparecen los hijos y su ex pareja. Pero la mayoría del tiempo lo pasa solo. En el espacio que encontró para vivir, con piso de tierra y barro, se ve una mesa de televisor improvisada para almorzar o cenar; una estructura de madera de un depósito que se transformó en mueble para guardar algunas cosas, un sillón blanco desvencijado y los restos de un calefón destruido.

Por la mañana sale a caminar para hacer alguna changa. Cortar el pasto, vender flores o pañuelos, conseguir unos pesos para la comida del día. Se las ingenia para higienizarse y si tiene algún dolor o se siente mal camina unos pasos hasta la guardia del Hospital San Roque. Asegura que tiene un tumor y su médico lo atiende en el Hospital Gutiérrez, al que va caminando cuando la situación lo apremia. “En un tiempo tomé distintos remedios, algunos parecidos a la morfina. Desde que voy a una iglesia cristiana dejé las muletas y tampoco tomo medicamentos”, dice, con una mueca que se asemeja a una sonrisa.

“Vivir en la calle me enfrentó a momentos muy feos. Hago todo lo que puedo para seguir en la lucha”

Carlos Mierez 509 y 19, debajo del puente

 

“Chau Carlos”; “Hola Carlitos”, “¿Todo bien”?, le pregunta la gente que pasa por el lugar y ayer miraba incrédula la conversación con un cronista y un fotógrafo de este medio. El hombre asiente con un gesto amable a quienes le preguntan y se acomoda en silla marrón para contar parte de su historia.

“Toda ayuda viene bien. Esto es difícil, pero uno se acostumbra. No tuve chances de tener otra cosa y estar debajo del puente me sirve para pasar el día lo mejor posible. A la noche sube por una escalera que armó para llegar a su refugio en el recoveco que hace de pieza en el puente. “Cuando sale una changuita la agarro: cortar el pasto, pintar una reja, vender algún producto. Algunos me traen comida y otros ropa y así voy armando el día a día”, dice Carlos, quien cuenta que por su enfermedad teme que en cualquier momento pueda morir desangrado.

LO CUIDAN

Según Carlos, los vecinos y la policía lo cuidan. “Terminé siendo bueno para el barrio, por acá pasa mucha gente y la mayoría que hace años no me saludaba, ahora me saluda, me ofrece ayuda y se siente segura. Hubo gente que se acercó a este lugar y cuando vi que no tenía buena intenciones, que quería atacar a quienes van por la pasarela peatonal para ir al trabajo o llevar a los chicos a la escuela, los saqué enseguida. Con algunos tuve que pelearme arriesgando la vida. Muchos quizás no entienden, pero para quienes vivimos en la calle este es un lugar muy buscado”.

“No tengo ni siquiera una radio para seguir los partidos de Racing, pero me las ingenio para saber cómo le va al equipo. Quizás aparece alguno que me acerque una radio a pilas”, cuenta a este diario. El brasero hace fuerza para sostenerse encendido, cocinando algunas alitas de pollo que tiene más piel y hueso que carne. Parecen casi quemadas, pero él asegura que no, que están en plena cocción. Roco, el perro que lo acompaña, lo ayudó varias veces para proteger lo poco que tiene debajo del puente, rodeado de altísimos cañaverales, a metros de un zanjón. “Cuando el perro ladra desesperadamente es porque estamos en peligro y a veces vemos y vivimos cosas feas de la vida, que después se transforman en anécdotas”. Prefiere no contar por qué no vuelve a la casa con la madre de sus hijos.

Car los está debajo de un puente que es considerado “patrimonio cultural” de la Ciudad. En el Concejo Deliberante se votó un proyecto que aboga por su “puesta en valor, la restauración y la preservación” del puente que tiene poco menos de treinta metros de arco, considerado como el primero construido en hormigón armado de la Argentina.

puente emblemático

El puente de Gerardi soporta el tránsito del camino General Belgrano sobre las vías inactivas del ramal La Plata-Brandsen, entre las estaciones Ringuelet y José Hernández; desde hace algunos años pasa por debajo, en zig-zag, la avenida 19.

El origen del puente está vinculado con el del “Camino Afirmado La Plata-Avellaneda”, posteriormente Ruta Nacional Nº 1 y camino Belgrano, enlace vehicular con la capital federal construido por decisión del ministerio de Obras Públicas de la Provincia.

Con armaduras de acero común, y dos diferentes tipos de mezclas de hormigón, se erigió entre octubre de 1915 y mayo de 1916; en apenas siete meses estuvo terminado con un arco de 27 metros y medio de luz entre sus apoyos, y cinco metros y medio de gálibo -altura-. Al día de hoy, permanece virtualmente intacto.

Quienes cruzan en auto por debajo, transitando el “by-pass” de la avenida 19, también pueden ver a Carlos que se armó una especie de pieza en altura con telas, maderas y cortinas de polietileno, para guarecerse de la intemperie.

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