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A partir de las tareas de la escuela o motivados por intereses personales, los más jóvenes siguen manteniendo vivo en la era virtual, ese objeto perfecto llamado libro
Inés Scarafoni muestra el cajón repleto de libros que tiene debajo de su cama
CECILIA FAMÁ / Fotos SEBASTIÁN CASALI
Por CECILIA FAMÁ / Fotos SEBASTIÁN CASALI
En su cuento “Cassette”, de 1982, Enrique Anderson Imbert describe a un chico de nueve años “clase Alfa” llamado Blas, que entrado el siglo XXII, con todo tipo de distracciones electrónicas a su alcance, comienza a imaginar una versión de esos dispositivos “también portátil, pero que no dependa de ninguna energía microelectrónica; que funcione sin necesidad de oprimir botones; que se encienda apenas se lo toque con la mirada y se apague en cuanto se le quite la vista” ... Así, termina reinventando el libro.
Los niños de hoy, un siglo antes de la fecha plasmada en la ¿distopía? del escritor cordobés formado en el Colegio Nacional platense, ya dejaron atrás los cassettes -y seguramente no sepan qué fueron-; manejan vínculos más bien heterodoxos con la lectura, y los libros no suelen ser parte central de su universo. Pero, sin embargo –lo dicen ellos y también docentes y libreros-, leen.
“A mí no me gusta leer en el iPad, a mí me gusta el libro, libro, de papel”, asegura Inés Scarafoni (11), que en el cajón enorme que tiene bajo su cama atesora decenas de ejemplares, algunos de cuando era más chica y varios de ahora: los de Harry Potter, otro enorme “de la misma autora” y algunos con los que ahora está muy enganchada, de la saga “La Tierra de Aventuras”.
“A ‘La Tierra...’ lo vi el año pasado en la Feria del Libro del Pasaje Dardo Rocha, y después lo compré en una librería. Ya leí el uno y el dos. Ahora estoy leyendo uno que me prestó mi prima, ‘Escuela de Frikis’. A veces me prestan o intercambiamos, pero a mí me gusta tenerlos, que sean míos”, cuenta Ine, alumna del colegio Lincoln, y reconoce que sus compañeros “no leen todos; somos sólo algunos”.
A Inés le gustan “los libros gordos”, revela Marcos, su padre. Ella se ríe, porque algo de cierto hay: adora las historias. Lee “a la noche y cuando estoy aburrida”, pero también usa mucho la tecnología. ¿Si tuviera que elegir entre un libro y el iPad? “¡Ay qué difícil”, dice: “¡el iPad... pero me encanta leer!”.
En la escuela, acota, están leyendo la serie “Elige tu propia aventura” y “también libros de Mafalda, que están muy buenos”. Los ejemplares se los regalan, se los compra su mamá Julieta o se los prestan. “Mi mamá siempre leyó mucho. Cuando termine los que estoy leyendo quiero empezar con éstos, que me dijo que están buenísimos”, adelanta esta nena, acercándose a una biblioteca con ejemplares de lomos amarillos entre los que asoman “Las aventuras de Tom Sawyer” y otros clásicos.
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ENSEÑAR A LEER. “En la escuela generalmente se leen más los clásicos, de escritores que integran el canon literario, que autores nuevos. A la hora de planificar el año, las directivas están bajadas de temáticas y de textos que nos da la dirección de educación de la provincia de Buenos Aires, así que el esquema está acotado, pero eso no quita que no haya un margen para la creatividad de cada docente. Hay muchos colegas que, porque les gusta el canon clásico, se centran en eso. Y después, hay muchos otros que para tratar de aggiornarnos y estar más cerca de los intereses de los chicos buscamos, en la medida de lo posible, en cada género abordar ramificaciones que además de los clásicos permitan insertar escritores actuales y quizás muchas veces de la ciudad de La Plata”, explica Flavio Mogetta, periodista y escritor que dicta clases de Literatura y Prácticas del Lenguaje en segundo, tercero y cuarto año, en escuelas públicas y privadas.
“Yo creo que es fundamental, a la hora de tratar de seducir a estos lectores chicos -que son parte de una generación totalmente distinta a las anteriores, regidas por lo visual, una cultura visual en lo inmediato- tratar de tener un lenguaje y una aproximación a sus intereses. Hay mucha literatura de género que puede llegar a los clásicos, pero pasando por autores más cercanos a ellos. Un ejemplo: muchas veces, a la hora de abordar el género gótico o de terror, suspenso, etcétera, una cita ineludible fueron los cuentos de Edgar Allan Poe. Si uno los empieza a ver, quizás por traducciones, por lenguaje o por el tiempo en el que fueron escritos, no terminan de atrapar a los chicos de ahora. Sin embargo, uno puede llegar a Poe pasando por algunos otros escritores más jóvenes del mismo género. Incluso hay muchos cuentos que se generan a través de WhatsApp, en el formato de chat. Está siempre en las ganas y la creatividad de cada profesor”, asegura Mogetta.
Buscar en sus códigos para seducirlos y motivarlos parece ser la clave para acercar a los niños a la lectura, como así también enlazar los textos con situaciones cotidianas. La familia y la escuela son los dos estímulos básicos. “Es muy difícil que se genere este hábito si el chico viene de una familia de no lectores. Yo pienso que si el chico viene de una casa que no tiene una biblioteca, que tiene cinco libros, tres revistas y no mucho más que eso, su entretenimiento va a ser mirar televisión o estar con la tecnología. Puede haber excepciones, por supuesto. Es muy difícil que si en la casa no tiene un incentivo, genere solo el hábito de leer. Muchas veces a partir de una lectura de la escuela, ellos encuentran la motivación para buscar otros libros similares. Pero si en la casa no lo ayudan, cuesta el doble”, comenta el docente, padre de Astor (14).
Astor acaba de terminar de leer “El Eternauta”, una lectura que le dieron en el colegio (Normal 1) y al saber que existía “El Eternauta 2”, se interesó también en leer ése. “Se lo regalaron y lo leyó en dos días”, cuentan sus padres.
“Por la experiencia que tengo yo en las aulas, básicamente hay un panorama muy diferente en las escuelas privadas y en las públicas. Hay más chicos lectores en las privadas; pero no leen tanto, tampoco. El género que más les gusta es el de terror, suspenso. También los best-sellers, como por ejemplo la saga de Harry Potter, que en su momento fue muy leída. Cuando aparece ese tipo de literatura adolescente y se recomienda, son libros que se suelen consumir. También se consume mucha literatura en Internet, en formato PDF o en distintos blogs y sitios de literatura, de ese género básicamente, que los chicos leen online. Si no, libros físicos suelen comprarse o pasárselos entre ellos. Por lo que veo, ya no tienen mucho contacto con las bibliotecas. Las chicas se enganchan con historias de amor; las poesías les gustan tanto a los varones como a ellas, y también se enganchan con cosas espirituales, o de autoayuda”, sintetiza Mogetta.
Alguien que conoce bastante a los lectores más chicos es Ana Bertoldi, quien está a cargo de Espacio Crumb, una tienda de libros e historietas. “La experiencia en nuestro caso es muy particular, ya que manejamos un gran catálogo que está orientado y pensado para niños y jóvenes. Si bien casi todos se acercan buscando inicialmente algún libro de youtubers, están abiertos y aceptan recomendaciones, hay adaptaciones gráficas de clásicos como ‘2000 leguas de viaje submarino’ o historietas de aventuras y manga -historieta japonesa- que se vuelven irresistibles como opción”, señala.
Taller de Historieta para adolescentes y taller de Manga: Espacio Crumb, diagonal 77 entre 4 y 46
“Yo creo que la experiencia en la casa es fundamental, si bien hay casos especiales en los que el amor por los libros sucede naturalmente. En Crumb lo vemos muy marcado, cuando los adultos vienen con los más chicos a comprar, siempre regresan entusiasmados a buscar más”, agrega Bertoldi: “sin dudas las Ferias del Libro son una gran estimulación. Dan la posibilidad y el acceso a material de lectura que muchas veces no llega de otra forma. Tenemos experiencias muy positivas como libreros en las ferias, hay muchos niños que compran ahí su primer libro y es muy hermoso participar de eso”.
“Si tengo que comparar la relación con la lectura de los adolescentes de ahora con la de nuestra época, creo que es mucho menor, hoy existen muchas otras distracciones y acceso a la información que generan otro tipo de ansiedad y quitan la paciencia para sentarse a leer. Años atrás era una de las formas principales de entretenimiento. De todas maneras, por suerte, se sigue leyendo mucho”, dice Ana. Y aún los niños y adolescentes que hoy no lean, quizás lo vuelvan a hacer algún día. Como Blas, el pibe alfa que en el siglo 2132 reinventó el libro, con un entusiasmo fascinante.
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