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DESTACADO DE LA CARTELERA

Patricia Sosa: “El arte es la imperfección, tiene que ser así”

Se autodenomina “hippie”, confiesa que lleva una vida “bastante relajada” y dice que, si no está de gira, envejece. Mañana regresa a La Plata con un show que tendrá rock y folclore, el género con el que creció

Patricia Sosa pasó por la redacción de el día para promocionar el show que mañana ofrecerá en el teatro metro de la mano de un repertorio de rock y folclore / Sebastián Casali

María Virginia Bruno

vbruno@eldia.com

Es fresca, natural, de sonrisa genuina. Elige palabras como “hippie”, “relajada” y “cero perfeccionista” para definirse, y así se la siente. Está vestida casual, usa poco maquillaje, sus rulos lucen perfectos y charla, como dicen las abuelas, “hasta por los codos”. En la redacción de EL DIA, Patricia Sosa, la que con su impronta irrumpió en el mundillo masculino del rock de los setenta gracias a La Torre, cuenta que tiene ilusiones -no le gusta la palabra “expectativas”- en su regreso a la ciudad, de la mano de un repertorio tironeado entre el rock y el folclore, el género con el que se crió y con el que se sentía “en deuda”.

La última vez que pisó suelo platense había sido en marzo de 2016 cuando junto a Facundo Ramírez, en las escalinatas de la Catedral, entonó con su particular vozarrón, que se mueve entre la “lija y el terciopelo”, la Misa Criolla del recordado Ariel, con quien durante dos años recorrió el mundo. Y desde entonces, a pesar de un escueto proyecto con Baglietto-Vitale en el que giraron interpretando perlas del cancionero folclórico, no había regresado a la música popular como le hubiera gustado.

Por eso Sosa, que venía de grabar un disco con el pianista cubano Chucho Valdés, no estiró más ese deseo pendiente y puso manos a la obra. “Me lo debía”, reconoce, y cuenta que se metió en el estudio de grabación (una de las facetas de su carrera que menos le gusta) y se dio el lujo de versionar clásicos como “Luna tucumana”, “Zamba de mi esperanza”, “Balderrama” y, entre otros, “Añoranza”, a los que se siente ligada.

“De chica, en mi casa, cuando había alguna fiesta, mi mamá, que es bailarina de folclore, siempre escuchaba y yo agarraba una guitarra y me ponía a cantar unas chacareras, unas zambas. Si bien en el secundario tuve un grupo de folclore, después me dediqué a otras cosas, pero siempre lo mío, lo familiar, fue el folclore”, cuenta la artista, feliz de haber podido materializar este deseo.

Durante el concierto en La Plata, que será mañana desde las 21 en el Teatro Metro, la cantautora anticipará parte de este material y advierte al público platense, al que define como “uno de los más cariñosos” y de los que “más energía” le regalan, que se prepare para un show largo.

Dice que después de haber visto en vivo a Michael Jackson y a Prince se quedó con gusto a poco. “Cantaron apenas una hora y cuarto y yo pensé ‘no les debe gustar cantar’”, dice, la que siempre reclama en los festivales un poquito más de tiempo.

“Yo podría estar horas cantando, me gusta tanto…”, sostiene orgullosa de su profesión y su vocación, algo que no resigna, siquiera, con tentadoras ofertas de actuación, un rubro en el que ha incursionado: en tevé se la vio en “Poliladron”, “RRDT”, “Chiquititas”; en teatro en “Las hijas de Caruso”, “El Principito” y en el ciclo Teatro X la identidad; y en el cine, en donde sí le gustaría volver a participar, fue parte de títulos como “Noche de rondas”, “Ningún amor es perfecto” y “Papá por un día”. Lo suyo, insiste, es cantar y girar.

“Para mí lo más fantástico de esta vida que me tocó es salir de gira. Hace cuarenta años que estoy de gira y me aburriría mucho si no lo hago. No me pesa nada, en absoluto. A veces mi marido me dice ‘¡pero no te cansás!’ y protesta. No, me muero si no salgo de gira. Envejezco, me pongo de malhumor”, confiesa Sosa que, a los 63 años, se mantiene espléndida. En eso, dice, mucho tiene que ver la elección que hizo hace veinte años cuando decidió hacerse vegetariana, algo que no sólo le cambió la piel, el cuerpo y el pelo sino, sobre todo, la energía.

En este sentido, coincide en que el escenario tiene habilidades energéticas porque “podés estar torcida, con el ciático que no va más, que te duele la cabeza... pero se te pasa todo cuando ponés un pie arriba”.

De todos modos, confiesa que si se siente mal no lo disimula. No es de las que le gusta caretear.

“Uno puedo reciclar pero pienso que no hay que privarse de las emociones, ya sean lindas o angustiantes. Las interpretaciones salen de otra manera. Yo no creo en que hay que ponerse una careta y que el ‘show must go on’... Yo creo que uno, como artista, es una persona que tiene sus dolores y si ese día te tocó actuar con un dolor o una tristeza... yo lo cuento”, revela sobre la franqueza con la que enfrenta a la gente, que la ha visto desde llorar hasta cantar sentada y con un pie enyesado.

“El arte es la imperfección, tiene que ser así. La cosa perfecta no es para mí”, remarca Sosa, que, a los ponchazos, entre show y show, fue criando con su marido Oscar Mediavilla a Martita, quien cumplió los cinco meses en el tren de Moscú a Leningrado, y no fue una tragedia sino todo lo contrario.

“Los pibes se crían con los padres, como pueden. Ella vino de gira hasta que quiso”, cuenta, sobre su hija treintañera que, como no podía ser de otra forma, también es artista aunque dedicada al teatro. Juntos, los tres, concretaron este año el sueño de un emprendimiento familiar: la inauguración del Centro Cultural El Templo, en que lograron aunar sus pasiones.

Y mientras Oscar y Martita se sacan chispas en la organización del espacio, Patricia, que muchas veces ha contado su experiencia y creencia en los seres de otros planos, se refugia en su escuela de canto que es, según describe, poco convencional.

“Se convirtió en un centro de sanación donde el canto es el vehículo, porque yo creo que somos portadores de un único instrumento que no creó el hombre, por lo tanto hay que cuidarlo de una manera especial. Viene muchísimo alumnado, que no quiere ser cantante, pero que le gusta cantar. Y ahí descubren entre la respiración de la meditación y el ejercicio del canto que uno puede ser más feliz”, se entusiasma la intérprete de “Aprender a volar”, “Endúlzame los oídos” o “El mar más grande que hay”.

Los Sosa Mediavilla son una familia muy normal con una salvedad, ya conocida: son matrimonio con cama afuera. Esta particularidad, a pesar de que hace años que la practican, sigue llamando la atención y para ellos y su entorno es una cuestión totalmente naturalizada, y que se basa “en el amor, la confianza, el respeto y por sobre todo en el hecho de tener espacios propios”. Antes de dormir, ella lee, medita y realiza ejercicios de respiración. Tareas incompatibles con el repaso obligado de las noticias del día que le gusta hacer a Oscar. Por eso, este sistema les resulta genial.

Con Oscar no sólo son socios en la vida sino también en el trabajo. Ella reconoce que a veces es complicado trabajar con él “porque es perfeccionista y yo cero”, pero sabe que es lo mejor que le puede pasar.

“Digo que es muy difícil porque vos podés decir que algo está bien pero si él te dice que está mal, dejalo que lo arregle, porque sino te va a taladrar la cabeza 35 años”, cuenta, entre risas, y cita un ejemplo puntual. “El disco ‘Sólo quiero rock and roll’, grabado en el 84, en Ibiza, es un disco donde yo canté mal porque ese lugar era un antro de perdición. Yo me iba a las playas, a los boliches, y llegaba con lo que tenía de voz y me ponía a grabar y no me importaba nada. Pensaba, en ese momento, ‘¡de mi barrio -Barracas- a Ibiza’, cuándo voy a volver! Entonces disfrutaba. Y cada vez que escuchamos hoy, 2019, ese disco, Oscar me mira y me dice: ‘esto está desafinado, está mal cantando’. ¡Es una pesadilla!”, cuenta, entre risas.

A la distancia, posando los recuerdos en sus orígenes, como una rockera que irrumpió en un mundo históricamente masculino, Patricia reconoce que “era absolutamente inconsciente de lo que estaba sucediendo, y lo que estaba sucediendo era heavy: porque yo llegaba a un lugar donde para todos era la minita de los músicos”.

Reconoce que al principio se quiso masculinizar “porque quería ser parte de la manada” pero después no lo pudo sostener. “Entonces, me puse la pollera más corta que encontré, el escote hasta donde se permitió y me empezaron a aceptar. No te digo que fue de entrada, pero yo tampoco quería estar en la pelea. Sí viví cosas que ahora no sucederían pero tampoco hemos ganado tanto espacio”, reflexiona.

Al día de hoy, cuarenta años después de sus primeras hazañas dentro del universo del rock, Patricia y otras referentes de la canción, pelean por lograr una ley que obligue a tener un 30 por ciento de cupo femenino en los festivales.

Ella analiza la situación con una metáfora: “Cada uno nace con un talento, en forma de semilla, pero si uno no tiene un jardín en el que sembrar esa semilla, va a ser imposible que florezca. Y esa semilla se va a pudrir, se va a dormir y morirá con uno. Lo que pedimos es la posibilidad de tener un jardín para sembrar, y quedará quien riegue mejor. Pero si no hay posibilidad, no hay manera. Vamos a pelear por una ley de cupo”.

“Cuando empecé en el rock, era heavy lo que sucedía: yo entraba a un lugar y era la minita de los músicos”

“No hay que privarse de las emociones en el escenario. Si me siento mal, lo blanqueo. No me pongo caretas”

 

 

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