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Platenses en la Antártida, con historias y recuerdos bajo cero

Tres científicos de nuestra ciudad rememoran sus trabajos de campaña al cumplirse un nuevo aniversario del primer asentamiento nacional en la base Orcadas

Platenses en la Antártida, con historias y recuerdos bajo cero

Los hermanos Leopoldo y Esteban Soibelzon en el continente blanco / gentileza Investigadores

24 de Febrero de 2020 | 01:09
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“Paisaje único” y “casi extraterrestre”. Así definen tres científicos de nuestra ciudad al mejor sitio en que pudieran haber imaginado trabajar: la Antártida. Ese lugar al que -aseguran- “ningún otro se le parece” y donde “la posibilidad de morirse es real y está siempre latente”.

Lo dicen con entusiasmo Leopoldo y Esteban Soibelzon, hermanos y paleontólogos en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, que atesoran anécdotas que van desde las más soñadas hasta aquellas a las que la falta de comunicación y la distancia cargaron de angustia.

Y lo remarcan en un momento especial, en este mes de febrero en el que se cumplieron 116 años de la presencia argentina en el continente blanco. Fue cuando un antiguo apostadero de navegantes escoceses adquirido por el estado argentino en enero de 1904 se convirtió, el 22 de febrero de ese año, en el primer asentamiento permanente de la Antártida, cuando, con la instalación de una estafeta postal y una estación meteorológica, se inauguró el destacamento naval que hoy es la Base Antártica Conjunta Orcadas.

Desde entonces y hasta hoy, nuestro país reivindica la soberanía nacional sobre una porción de casi un millón y medio de kilómetros cuadrados conocido como “Sector Antártico Argentino”, que cada 22 de febrero desde 1974 celebra su día en homenaje a la primera ocupación humana en el lugar.

Existen allí seis bases científicas permanentes -la más grande es Marambio- y otras siete temporarias, que sólo se abren cada verano para recibir a unos 170 biólogos, paleontólogos, geólogos y glaciólogos, entre profesionales de otras disciplinas, que se instalan durante una temporada recogiendo datos y muestras que les servirán para sus investigaciones. Y muchos de ellos son platenses, como Marcelo Reguero, profesional principal del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo e investigador del Instituto Antártico Argentino, quien participó nada menos que de 34 campañas antárticas.

Desde los campamentos, que se asientan siempre cerca de las costas, los equipos científicos salen todos los días temprano hacia los sitios a explorar, acompañados por expertos en logística que conocen cada rincón y bajo condiciones climáticas que lo permitan.

“Yo no pensaba dedicarme a trabajar allí pero fui una vez y me atrapó, así que volví durante 40 años”

Marcelo Reguero
Investigador / Facultad de Ciencias Naturales y Museo

 

“Normalmente -cuenta Reguero- se trata de lugares alejados e incómodos, en altura o de difícil acceso. Cuando terminan, se llevan los materiales recogidos en cuatriciclos, salvo que sean muy pesados, y en ese caso los dejan en cajones para que más tarde, con las coordenadas indicadas, un helicóptero los levante y transporte hacia la base”.

Actualmente miembro del Comité Científico para la Investigación Antártica (SCAR, por sus siglas en inglés), Reguero recuerda que “en la Antártida pasé algunos momentos malos y muchísimos excelentes. Yo no pensaba dedicarme a trabajar allí pero fui una vez y me atrapó, así que volví durante 40 años. Es toda una vida en la que me formé con los mejores maestros y ahora estoy orgulloso de volcar mi experiencia en el área de paleontología de vertebrados para representar a la Argentina y contribuir a que se posicione entre los primeros países del mundo en generación de conocimiento”.

En el caso de los hermanos Soibelzon, a sus 50 y 42 años respectivamente, Leopoldo y Esteban estuvieron en la Antártida siete veces uno y seis el otro. En tres ocasiones lo hicieron juntos, aunque en la primera las complicaciones de logística los mantuvieron aislados y sólo lograron encontrarse personalmente al final de la estadía.

“Allá pasa este tipo de cosas, te vas un día y no sabés cuándo vas a volver porque hay que esperar a que manden un avión y ver si hay lugar. De los campamentos hay que salir con ropa y comida como para 20 días aunque te alejes 30 kilómetros, por cualquier eventualidad”, reflexionan.

Entre las experiencias más extremas que recuerdan aparece un temporal que los obligó a circular en motos de nieve durante dos horas y media hacia el refugio más próximo “completamente a ciegas y chocando el vehículo delantero para asegurarse de seguir en fila india”.

También cuentan otras memorias menos riesgosas pero igualmente indeseables: “Los dos sufrimos el quiebre de una corona dental. Es algo que suele suceder por el cambio de temperatura entre el frío externo y el calor de adentro. Lo mismo que tener una caries o dolor de muelas: no se puede hacer absolutamente nada, hay que aguantar”.

Dedicados al estudio de la fauna sudamericana de hace dos millones y medio de años, los Soibelzon trabajan a tres laboratorios de distancia en el subsuelo del Museo de La Plata y juntos lideran un grupo de investigación formado por alrededor de diez científicos. Y aun después de tantos viajes, siguen considerando al aislamiento y la falta de comunicación como el costado menos lindo de las estadías en territorio antártico.

 

 

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