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Séptimo Día |UN ANTECEDENTE EN LA MITOLOGÍA GRIEGA
La edad y los sueños de los personajes literarios

El éxito universal de dos héroes infantiles: el Principito y Harry Potter. Los casos de Ana Frank y de los amantes Romeo y Julieta. En el otro extremo de la vida, las enseñanzas de Don Quijote y del capitán Ahab

La edad y los sueños de los personajes literarios

El aviador y escritor francés Antoine de Saint Exupéry, autor de “El Principito” / web

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

16 de Mayo de 2021 | 03:46
Edición impresa

Picado por bombas atómicas, intoxicado por gases genocidas, con poblaciones perseguidas y hambreadas, encerradas entre alambres de púas, fusiladas o internadas en gulags y manicomios ideológicos, el siglo XX quiso elegir como héroes literarios a dos niños, que terminaron admirados por millones de lectores. Se habla de El Principito y de Harry Potter, protagonistas centrales de dos de los libros más leídos de la historia.

En la lista podría incorporarse a una autora también muy juvenil -real, no imaginaria-, a la que puede considerarse también como personaje de una trama que se volvió universal: Ana Frank. Después del dramático horror que en vida padeció, la humanidad acaso buscó en ella rescatar la asepsia inicial de la condición humana, quiso volver a ella y retenerla como arquetipo de libertad, antes de que se iniciara el macabro último capítulo.

El Principito fue aquel niño de entre 7 y 10 años de edad que Antoine de Saint Exupéry imaginó en la pasada década del 40. Tan inocente que lo hizo venir de otro planeta, sin pecado original, sin paraíso perdido.

Se dice que el escritor abrevó esa figura inocente en un hogar de Canadá, de la familia del filósofo Charles De Konninck, en Quebec. Allí vivía el hijo de la familia, un niño de 8 años de edad. Tenía el cabello color dorado, como después describió al Principito. Pero también se afirmó que Saint-Ex se había inspirado en el hijo del famoso aviador estadounidense Charles Lindbergh.

El Princpito

Lo cierto es que con esa criatura temprana y despojada de maldad, que hablaba con metáforas- la rosa enfrentada a los tigres, el elefante en el interior de la serpiente- se proyectó y plasmó la novela más vendida y traducida a todos los idiomas.

Shakespeare imaginó un amor imposible entre dos jóvenes de familias de Verona

 

Un caso parecido es el de Harry Potter, el joven mago ideado por J.K Rowling, que vino conquistando oleadas de lectores desde que nació con la piedra filosofal en 1997. Cuando cumplió sólo once años descubrió que era un mago y por ello concurrió al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería para aprender y practicar. Poco tiempo después, aún en el colegio, ya es un mago famoso. Mientras el mundo real se complicó en guerras y en adelantos tecnológicos sorprendentes, la mirada de millones de lectores eligió a Harry Potter.

Se mencionó también el caso de Ana Frank, la niña alemana de ascendencia judía que a los doce años –oculta en una casa- empezó a escribir el llamado después “Diario de Ana Frank”, en la que ella fue autora y protagonista. Perseguida su familia por los nazis, escribió oculta en un sótano una obra testimonial, declarada décadas después Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En marzo de 1945, pocos días antes de que concluyera la guerra y los nazis se rindieran, murió Ana en el campo de concentración Bergen-Belsen.

Apenas cumplidos los diez años había escuchado un llamamiento por radio, para que se documentara el sufrimiento de los judíos holandeses. Y así, poco después, empezó su diario: “Espero poder confiarte todo lo que no he podido confiarle a nadie”, dice la primera anotación. Y lo logró.

El campo de concentración de Bergen-Belsen fue liberado por los británicos. De las ocho personas que fueron detenidas en la casa de Ana Frank su padre fue el único que sobrevivió al cautiverio. Fue su padre el que logró editar el diario y convertirlo en uno de los testimonios más desgarradores de la época.

LOS AMANTES DE VERONA

Si se retrocede casi setecientos años, hasta el siglo XIV y durante el Renacimiento, William Shakespeare imaginó un amor imposible entre dos jóvenes integrantes de familias de Verona, los Montesco y los Capuleto que rivalizaban sin límites. Se habla de Julieta (Capuleto), al que se le estima una edad de 14 años y de Romeo (Montesco) tan adolescente como ella, aunque unos dos años mayor.

Antes que nada corresponde señalar que, habiendo sido una ficción literaria y aunque no existe ninguna evidencia objetiva, miles de turistas se detienen en la Via Capello 27 de Verona, en la llamada Casa de Julieta, para honrar al amor: allí se escriben y dejan mensajes, se dibujan corazones con los nombres de los enamorados, se dejan flores y juramentos de fidelidad. Hombres y mujeres de todos los países peregrinan a Verona para dejar en claro que esa historia fue cierta, aunque no lo haya sido.

Y ya se sabe cómo fue esa historia de amor. Los niños y los jóvenes suelen ser épicos y así fueron Romeo y Julieta: héroes del amor inocente, del amor que recién amanece en el corazón humano. Pero la cruel historia enseña que el amor desprotegido, con alas aún demasiado leves, suele llevar al abismo, al extravío y, en este caso, al desenlace de dos suicidios absurdos.

La literatura enseña que, al fin de cuentas, muchas historias se repiten

 

Ocurre que Shakespeare se inspiró en un cuento muy distante de la mitología griega, escrito 1.200 años antes, Píramo y Tisbe, acerca de dos jóvenes que se conocieron a través de una grieta en la pared medianera de sus casas y se enamoraron y desearon perdidamente. Se citan para la medianoche en una fuente y ella, Tisbe, acude primero. Allí aparece una leona, con las fauces manchadas de sangre de una presa que había devorado, y se dirige a beber. Pero antes ve una túnica de Tisbe, que había huido atrás de una roca. La leona juega primero con ese velo, lo deja manchado en sangre, bebe de la fuente y se retira.

Harry Potter / web

En esos momentos llega Píramo, no encuentra a su amada pero sí repara en la túnica llena de sangre y ve la huella de la leona. Supone lo peor, toma su puñal y se da muerte clavándoselo en el corazón. Tisbe aparece unos minutos después, ve la escena, extrae el puñal del pecho de Píramo y ella hace lo mismo, quitándose la vida.

Como puede verse, la juventud y la niñez no son tan nuevas en la literatura. Es verdad que los jóvenes, los inocentes de la tierra, suelen ser épicos, pero la juventud no se encuentra normalmente adiestrada para enfrentar la perversidad de la vida. Eso ya lo sabían los escritores de la antigüedad. Como es natural, a esos personajes les falta el freno de la madurez.

De modo que cuando algo nos golpea fuerte -es la advertencia griega y shakesperiana, el aviso de todas las épocas literarias- todos corremos el riesgo de volver ser Romeo y Julieta, Tisbe y Píramo: el de ser incautos y dejarnos caer.

En cambio, cuando algo nos amenaza y quebranta, lo que deberíamos hacer es esperar, dejar que el tiempo empuje y restañe los primeros dolores. Aguantar el sogazo, para decirlo en criollo. Aunque también la literatura enseña que, al fin de cuentas, todas las historias se repiten.

El Principito fue aquel niño que Antoine de Saint Exupéry imaginó en la década del 40

 

LA MADUREZ

También existen, es obvio, grandes personajes adultos y hasta ancianos en la literatura. El más célebre, el más universal, Don Quijote de la Mancha. El propio Cervantes pasa la información: “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro” dice en la primera parte de la obra.

Don Quijote de la Mancha

Se dirá también en la segunda parte: “Hombre de cuerpo alto, seco de rostro, estirado y avellanado en sus miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre del Caballero de la Triste Figura y trae por escudero a un labrador llamado Sancho Panza”, y esa persona escuálida, deslucida, iba trepada a un jamelgo destartalado, su famoso caballo Rocinante.

Anciano para su época, sin embargo este hombre soñó en grande. Soñó primero a una mujer, su Dulcinea del Toboso; soñó a una ciudad (que luego fue Consuegra) soño combates contra gigantes que eran molinos; soñó también que era Don Quijote. Así describió Borges, en su poema “Sueña Alonso Quijano” esa maravillosa aventura humana del machucado manchego: “El hombre se despierta de un incierto/ sueño de alfanjes y de campo llano/ y se toca la barba con la mano/ y se pregunta si está herido o muerto”.

Todo fue contraproducente y creativo en este personaje. Cervantes lo hizo morir ya liberado de la extraña locura que lo había convertido en Don Quijote. Ya habían desaparecido sus fascinantes delirios de caballero andante y por eso, tal vez, debía morir.

Gregory Peck en su clásico rol de capitán Ahab (“Moby Dick”) / web

Hubo otros personajes viejos, tan épicos como aquellos niños de los que se habló. Uno célebre es el capitán Ahab, de la novela Moby Dick de Hernan Melville. Escrita en 1851 presenta la figura de un viejo marino, comandante de un buque ballenero (el Pequod), cuya obsesión es la de vengarse de una extraña y enorme ballena blanca.

La embarcación con sus tripulantes representa a un mundo trágico, predestinado y sin salida. La alegoría es múltiple: muchos hombres tienen su propia e íntima Moby Dick y aún cuando sepan que no podrán con ella, combatirán hasta más allá de la muerte. Ahab termina aferrado y atado a la ballena, llamando con sus brazos ya inertes a la tripulación para que lo siga hasta el fondo del mar.

 

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