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El adolescente como síntoma

El adolescente como síntoma

Los padres deben a acompañar a sus hijos durante la adolescencia / Freepik

Por: SERGIO SINAY (*)
sergiosinay@gmail.com

24 de Julio de 2022 | 08:15
Edición impresa

Como en el aspecto físico, también en el plano mental salud no significa ausencia de enfermedad, sino presencia de recursos inmunológicos para restablecer el equilibrio del organismo cuando este se desnivela por factores externos o internos. En el escenario mental una posible definición de salud es la siguiente: “aptitud de la persona para enfrentar sus angustias, sus tensiones psíquicas, sus fantasmas más absurdos, sin tener miedo de extraviarse, de disolverse y de perder su identidad. Es, en el fondo, el sentimiento de la continuidad de la existencia en todas sus circunstancias”. La enunciación pertenece al psicoanalista y psiquiatra francés Bernard Golse, profesor emérito de la Universidad París V, y jefe del servicio de Psiquiatría Infanto Juvenil del Hospital Necker-Enfants Malades de París. Autor prolífico, Golse desplegaba esta definición de salud mental en “El caos del amor”, libro que publicó en 1987, y que treinta y cinco años después tiene una poderosa vigencia. En francés el subtítulo de la obra es “sobre la dificultad de ser adolescente, de ser padres y de comprenderse”.

Hay una pregunta que atraviesa la adolescencia: ¿quién soy yo? La identidad del adolescente está en construcción. Desde el punto de vista anímico en un solo día puede vivir las cuatro estaciones: primavera (ilusión), verano (euforia), otoño (desilusión), invierno (tristeza). Aunque no lo exprese así ni sea consciente de ello, siente nostalgia de la infancia que dejó atrás y temor ante la adultez que le espera. Se obsesiona por su aspecto físico, cuestiona el mundo de esos ídolos que durante la niñez eran sus padres y los remplaza ahora por otros (cantantes, deportistas, modelos, influencers) en los que anhela reflejarse. Convive con una inestabilidad interna y conflictos intrapsíquicos variados, de los cuales no habla, y la incomodidad de esa existencia turbulenta se expresa en enojos y rechazos hacia padres y adultos, agrupamiento en tribus de iguales que, contradictoriamente, procuran ser individuos diferentes y originales y en peleas con congéneres por motivos tan variados como ilógicos. Para afirmarse enarbola una concepción irreal de la libertad, confundiéndola con ausencia de límites, y para ejercerla corre riesgos extremos, solo o en grupo.

ENCUENTRO ENTRE DESCONOCIDOS

Como ciclo ontológico en el desarrollo de la vida del ser humano la adolescencia no cambia con los tiempos, aunque los tiempos cambien para la adolescencia. Esto significa que las características descritas aquí se dan en todas las generaciones (aunque demasiados adultos tiendan a olvidarlo o autoasignarse adolescencias impolutas), aunque en diferentes circunstancias externas. A los adolescentes de hoy les tocó vivir su etapa en una época de pandemia, aislamiento forzoso (y en varios aspectos arbitrario y mal gestionado), cierre de escuelas y colegios, crisis económica brutal y devastadora, guerra. El confinamiento hizo que muchos padres convivieran cotidianamente con sus hijos como no lo hacían hasta entonces y que, por decisión propia o por obligación, los observaran de cerca como no lo habían hecho. Casi un encuentro entre desconocidos. Pudieron ver así a chicos y chicas sumergidos hasta la obsesión en redes sociales, se encontraron con comportamientos alimenticios anómalos, con silencios impenetrables, con explosiones anímicas temibles y, en muchos casos, con declaraciones explícitas del deseo de morir. Privados del mundo externo que necesitan para experimentar la identidad que están delineando, carentes del encuentro personal con amigos, recluidos en la realidad virtual y ficticia ofrecida por las pantallas hasta confundirla con el mundo verdaderamente real y tangible, enclaustrados con adultos asustados (a menudo paranoicos), temerosos a su vez de sus futuros laborales, sociales y hasta físicos. Sin respuestas para los interrogantes existenciales de los jóvenes, los adultos convirtieron de pronto a la salud mental de los adolescentes en un foco de atención.

Consultas a psicólogos, lectura voraz y apresurada de libros y navegación obsesiva en buscadores de internet en busca de fórmulas, medicalización por momentos abusiva para controlar a esas criaturas incomprensibles (y a la vez serenar la propia ansiedad materna y paterna) están a la orden del día. Exhaustivas investigaciones y publicaciones se abocan al tema. Entonces nos enteramos de que se triplicaron las consultas en servicios de salud mental, de que las internaciones psiquiátricas de adolescentes (a edades cada vez más bajas) aumentaron sustancialmente y de que padres angustiados se preguntan cómo es que “no lo vieron venir”. Posiblemente sea en este punto, y no en la iatrogénica repetición de anécdotas acerca de adolescentes que tocaron el límite de la salud, en donde se encuentre una pista para entender la situación. Iatrogénico es aquello que agrava lo que pretende curar. Si se siguen con atención se verá que la gran mayoría de los enfoques consideran a los actuales problemas de conducta adolescente como una suerte de virus dentro del virus. Como si a la pandemia del coronavirus se le hubiera agregado un ataque externo sobre la psiquis adolescente.

MIRAR PARA VER

Pero como advierte Bernard Golse, el coqueteo con la idea de la muerte, los trastornos alimenticios, la dismorfia (visión distorsionada del propio cuerpo), la rebeldía, las conductas de riesgo, el desafío a la autoridad paterna, materna y social son siempre características propias de la adolescencia y retos a la capacidad de los padres para observar, escuchar, comprender y guiar. La pandemia no trajo una epidemia de patología mental adolescente, pero sí puso una inocultable luz, un inclemente reflector, sobre la responsabilidad de los adultos en el acompañamiento de los chicos en el tránsito de ese ciclo complejo (y fugaz) de la vida.

Para “verlo venir” es necesario mirar. Y acaso los adolescentes hayan sido abandonados a la deriva hace largo tiempo, mucho antes del coronavirus que ahora aparece como pretexto, víctimas de una orfandad funcional debida a adultos que se hallaban fascinados viviendo segundas y ficticias adolescencias propias en el mar del consumismo, de la virtualidad, del hedonismo o de las preocupaciones por un progreso material carente de guía espiritual y moral. La psicóloga alemana Hana Arendt dijo que “mundo” es la sociedad humana, todo lo que los humanos hacemos y creamos. Planeta es otra cosa (incluye a todas las especies de todo tipo). ¿Qué mundo ofrecen hoy los adultos a los adolescentes, a esas criaturas que crecen y deberán vivir la mayor parte de su vida en el escenario que sus antecesores les dejen? Para responder es conveniente ponerse por un instante en los zapatos adolescentes. Y quizás se comprenda que el corazón del problema no está en ellos.

La terapeuta familiar sistémica Mara Salvini Palazzoli (1916-1999), llamaba “paciente designado” al adolescente que los padres enviaban a terapia. Era el que la familia “elegía” como portador de la patología para auto absolverse. Ella no aceptaba tratar individualmente a esa persona, porque consideraba que, al manifestar el síntoma, era la más sana. La patología estaba en el grupo que la designaba, decía Palazzoli. Algo para recordar al hablar de la salud mental adolescente.

 

(*) Escritor y ensayista, su último libro es "La ira de los varones"

 

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