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Séptimo Día |INFLUENCIA DE LA LITERATURA

El nombre, antes que nada

Desde Adán y Eva la humanidad necesita denominar a las personas y a las cosas. Las cien ciudades femeninas de Santa Fe. Los bebés y los sustantivos

El nombre, antes que nada

MARCELO ORTALE
Por MARCELO ORTALE

5 de Marzo de 2023 | 08:41
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El nombre es lo primero. La historia de la humanidad no amaneció hasta que no le puso nombre a las cosas, a las personas, a los astros. Sin nombres sólo reinaba la nada. En el principio fue el nombre.

Hasta que Adán y Eva fueron llamados por esos nombres, recién así pudieron reconocerse. Adán significa “el hombre”. Y Eva, “la madre de los vivientes”. Pero ellos habrán vivido en estado de asombro, por no saber dónde estaban hasta que llamaron “manzana” a las manzanas, “pájaro” a los pájaros y “víbora” a las víboras. Hasta encones no sabrían nada del Paraíso ni del destierro.

Es más, dicen que los bebés viven en un limbo, hasta que no conocen sus propios nombres, hasta que no pronuncian “mamá” y “papá”, hasta que no saben que eso se llama “sol”, “vaso”, “juguete” o “perro” y es por eso que sonríen cuando aprenden cada sustantivo, porque el mundo va empezando a mostrarse ante ellos.

Los especialistas aseguran que por eso es importante que los chicos conozcan muchos nombres. Que a ellos hay que hablarles mucho, porque designar es educar, es llenar de fondos y formas a la persona que viene.

Las ventajas de ponerle nombres de las personas son variadas, ricas en consecuencias. Ante todo es la primera identidad que nos dan, la más fiel, la que dura hasta el final. “Me llamo Juan, me llamo María” dicen y ya empezó la comunicación, la vida en común. Ambos son personas distintas y cada una tiene su marca, su nombre propio. Juan y María ya son especies únicas.

Después del Paraíso los nombres habrán pasado a las primeras tribus trashumantes. Cada clan habrá elegido nombres representativos de su forma de vivir, de sus culturas. Se asegura que en esos primeros tiempos quedó estampado el nombre que más letras utilizó en la historia: Deoscopidesempérides, que significa “el que se complace eternamente en la contemplación de Dios”.

Durante siglos los nombres fueron simples. Por nombre de pila (así llamado porque vienen de la pila bautismal) se le ponía uno sólo al recién nacido. Pero una primera curiosidad: los nombres compuestos, que se iniciaron en España, son de los últimos tres siglos y se fueron imponiendo sobre todo a partir del siglo XX.

Así, el primer rey en tener doble nombre fue Juan Carlos I de España, padre del actual monarca español. Y el primer papa que usó un doble nombre fue el Papa Juan Pablo I, el llamado “Papa de la sonrisa”, que tuvo tan sólo 33 días de papado por su prematura muerte el 28 de septiembre de 1978. Antes que él habían liderado a la Iglesia 263 pontífices y todos tuvieron un solo nombre.

El CASO DE SANTA FE

En la provincia de Santa Fe, como en ninguna otra de nuestro país y acaso del mundo, se registra un fenómeno inusual relacionado a los nombres. Ocurre que existen casi cien ciudades, localidades y colonias que llevan nombre de mujer.

Dicen que los primeros pobladores, en especial quienes llegaron con la inmigración masiva y fundaron colonias, decidieron dejar como legado sentimental, en las poblaciones que fundaban, los nombres de sus madres, mujeres o hijas. Y la Provincia no sólo respetó esas denominaciones sino que las multiplicó.

Pueden mencionarse a Helvecia, María Luisa, Matilde, La Lucila, Rosario, Angélica, Aurelia Sur, Rafaela, Santa Teresa, Villa Trinidad, Guadalupe Norte, Elisa, Rafaela, Esperanza, Villa Eloísa, La Sarita, Florencia, Esmeralda y Pueblo Esther como algunos de esos nombres.

El Departamento de Castellanos es el que tiene el mayor número de distritos con esa particularidad. De las 46 localidades con que cuenta, quince de ellas tienen nombre de mujer. Entre ellas, Rafaela y luego María Juana, Josefina, Santa Clara de Saguier, Ramona, Angélica, Susana, Esmeralda, Aurelia, Fidela, Eustolia, Virginia, Colonia Raquel, Colonia Margarita, Eusebia y Carolina.

NOMBRES CON HISTORIA

Existen historias bellas, como la del nombre “Laura”, que viene de “Laurel” y es de origen griego. Se sabe también que Laura significa “triunfante” o “victoria. Es un nombre que alude nada menos que al laurel, prestigioso arbusto perenne cuyas ramas entrelazadas sirvieron como corona de vencedores de grandes guerras, de poetas y deportistas campeones. Tan importante es el laurel que es sustantivo, puede formar adjetivo y también verbalizarse, como lo demostró César Vallejo.

El nombre griego de Laura es Daphne, de modo que Laura y Daphne serían lo mismo sólo que con varios mares y siglos de diferencia. Uno de los títulos más logrados de la literatura argentina es “La ciudad sin Laura”, de Francisco Luis Bernárdez. Tan femenino ese nombre, Laura, tiene sus correspondientes masculinos en Lauro, Laureano, Lorenzo y Laurentino.

En todas partes los nombres compiten entre sí, por ver cuál de ellos es el más elegido. Es una competencia que, claro, varía con las épocas y las generaciones.

En la actualidad, en España el nombre más usado es Antonio, seguido por José, Manuel, Francisco y Juan. Entre las mujeres, María del Carmen va en punta y le siguen María, Carmen, Josefa e Isabel.

En la Argentina –pero más precisamente en la ciudad de Buenos Aires, cuyo Registro Civil ofreció los datos- los diez nombre de varón más elegidos entre 2010 y 2020 fueron Benjamín, Juan, Thiago, Joaquín, Mateo, Santino, Santiago, Bautista, Lautaro y Felipe.

En ese mismo lapso, entre los nombres de mujer los más elegidos fueron Sofía, Camila, Valentina, Martina, Agustina, Milagros, Micaela, Julieta y Lucía.

Hay nombres de varón inspirados en la literatura, como Ulises, Romeo, David o Darío y, desde luego, también de mujer como Alicia, Julieta, Elena o Agatha.

Hay nombres inspirados en ciudades, como París, Roma, Venecia. Y hablando de Roma, allí se bautizaba por orden de llegada a los hijos: Primus, Secundus, Tertius, Cuartus, Quintus, hasta que los progenitores interrumpían la serie.

Y en español hay más de sesenta nombres que son usados por ambos sexos, o sea nombres neutros que pueden ser utilizados indistintamente por varones y mujeres. En nuestro país los más comunes podrían ser los de René, María, Andrea, Cruz y Paz, entre otros.

¿Cuál es el drama principal de nuestra época? Una respuesta la anticipó hace décadas Albert Camus: ser alcanzados por “la inercia del anonimato”. Para luchar frente a esa rutina disolvente están, sagrados, los nombres.

 

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