Matar a Perón (Parte 6)

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Por ANDRÉS SALINERO

-De acuerdo, y agradezco la invitación. Pero primero por qué no le damos unos cuantos besos a esta botella tan linda, aunque sea yanqui.

-Claro, hombre. Para eso la traje.

Lo que siguió fue silencio, matizado por la lenta degustación del buen bourbon de Tennessee. Un silencio sólo interrumpido cada tanto por el lejano graznido de algún ave solitaria, allá en la playa. Un silencio insidioso en el que pasado, presente y futuro se fusionaban, entraban en colisión, interrogándose entre sí a medida que el nivel de la botella disminuía. Un silencio de mierda, bah.

-¿Querés un Winston?

Lo tuteó Laramuglia, quien ya había roto el cartón y tomado una de las cajitas rojas.

-Hace años que no fumo. Voy a hacer una excepción, teniendo en cuenta su comentario de ayer...

Ambos fumaron en silencio, mirando hacia afuera, hacia el río. Una súbita melancolía le hizo más pesada el alma a Baroja, intensificada por el lejano rumor de las olitas al romper en la playa, que solamente podía escucharse cuando en la base no había actividad y casi todos se habían marchado. Laramuglia se percató de la situación y sacó a Baroja de su ensueño tristón con un leve golpe al hombro.

-Qué pasa, Baroja. No me digas que te vino la tristeza. Ojo con eso, que de ahí no se vuelve, eh...

-Nada, nada. No se preocupe. Sucede que a veces, en ocasiones así, me acuerdo de... cosas... pero no me haga seguir, Laramuglia.

-Mis disculpas. Nada más preguntaba.

-No hay problema.

-¿Qué se te ocurre que haga con la bomba? El tritonio me lo regalaron los yanquis, y la carcasa me salió dos mangos, imaginate. Casi me paga el chatarrero a mí para que me la lleve, ja. Al viejo después se le puso en la cabeza que no podía perderme unos discos de arado oxidados que tenía tirados por allí. El lugar parecía una escenografía de Mad Max... además, ¿a quién carajo se le va a ocurrir comprar un avión de guerra dado de baja y desarmado?

Baroja lo miró con piedad, la obvia respuesta fluyendo de sus ojos cansados.

-Mejor no respondas, Baroja.

-Qué se yo. ¿Donarla a un museo militar?

-¿Llena de media tonelada de tritonio? Imposible. La voy a hacer guita. Se la vendo a los del Islam, que están siempre a los bombazos con todo el mundo... y que revienten el Pentágono, o alguna Embajada judía, qué se yo. No es asunto mío.

-O la Estatua de la Libertad. O el Italpark... o el estadio de River, ahí está. Yo soy de Boca, sabe. Vio cómo es ese tema en este país. Blanco o negro. Película lith.

Siguió un silencio largo y pastoso, como el clima. Laramuglia concentró su mirada vacuna en el vaso, como quien mira las Cataratas del Iguazú esperando que pase algo...

-Los aviones se perdieron en las nubes por la soberbia de estos verdes de mierda.

Dijo de repente Laramuglia, después del cuarto whisky. Baroja se sobresaltó, había empezado a disfrutar no escuchar a nadie decir nada.

Continuará...

 

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