“Thomas Helder”: una noche para mirar de frente al dolor

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En “Thomas Helder” (Seix Barral, 2025), Muriel Barbery deja atrás el fulgor cosmopolita de “La elegancia del erizo” y se interna en un territorio más hondo y austero: una casa en la campiña occitana, una noche que avanza como una respiración contenida, una mujer que vuelve al lugar que abandonó sin despedidas. Margaux, arquitecta exitosa, llega al funeral de su amigo de la infancia, Thomas Helder, y ese regreso —aparentemente sencillo— abre una grieta por donde regresa todo: la muerte de su hermano, las preguntas que nunca hizo, los silencios que la expulsaron del propio cuerpo.

Barbery arma una eclosión emocional: pocos personajes, un escenario mínimo y un duelo que se vuelve motor de revelación. La casa de los Helder funciona como un organismo vivo: cada habitación activa un recuerdo, cada sombra devuelve algo que Margaux prefirió no mirar durante más de una década. Allí aparece Jorg, hermano de Thomas, afilado por el resentimiento y el fracaso; la tensión entre ambos construye el pulso narrativo de la novela, como si cada frase buscara medir el peso exacto de lo que se perdió.

La ausencia de Thomas es el centro del libro. No está, pero todo gira alrededor de él: su escritura, su decisión de morir en el lugar donde creció, su manera silenciosa de sostener a otros. Barbery trabaja la amistad como un lazo que no necesita proximidad ni permanencia: una forma de fidelidad que persiste incluso cuando el otro ya no está.

 

Muriel Barbery
Thomas Helder

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