La travesía hacia la luz según Negroni
Edición Impresa | 18 de Enero de 2026 | 04:29
María Negroni no escribe novelas para tranquilizar al lector. Tampoco para confirmarle aquello que ya sabe. “El sueño de Úrsula” —publicada a fines de los noventa y primera finalista del Premio Planeta 1997— es una de esas obras que avanzan a contramano del gusto dominante, incluso del propio canon narrativo argentino.
No hay en esta trama una obra policial, ni novela histórica clásica, ni intriga sostenida por giros de suspenso.
Hay, en cambio, una lengua que respira, un relato que se repliega sobre sí mismo y una épica femenina tan improbable como deslumbrante.
La novela retoma una antigua leyenda medieval: Úrsula, hija y heredera de un rey, decide emprender una peregrinación desde Cornwallis hasta Roma para postergar —y acaso evitar— un matrimonio impuesto. La acompañan once vírgenes. Aetherius, su pretendiente, las sigue.
Ese punto de partida, que podría derivar en una narración de aventuras o en una reconstrucción histórica, es apenas el andamiaje para algo mucho más complejo: un viaje interior, simbólico y moral, donde el desplazamiento físico funciona como metáfora de la búsqueda de identidad.
Negroni construye un universo exclusivamente femenino en un tiempo —el fin de milenio medieval— atravesado por hambrunas, pestes, guerras y riesgos constantes. Pero ese pasado resuena con fuerza en el presente.
En cada una de las mujeres que acompañan a Úrsula aparecen conflictos reconocibles: la ambivalencia ante el amor, el miedo al deseo, la tensión entre poder y sometimiento, entre libertad y culpa. El viaje se vuelve, así, una experiencia liminal: desconcierta, destruye y purifica.
Lejos de una narración lineal, “El sueño de Úrsula” se organiza como una obra polifónica. Las voces se superponen, dialogan, se contradicen. Los personajes no funcionan como individuos cerrados, sino como zonas de sentido, como voces interiores que encarnan estados del alma, pasiones, temores.
La travesía por el Rhin —con sus peligros reales e imaginados— adquiere la forma de una catábasis: un descenso que permite explorar el erotismo y la muerte, pero también el conocimiento y la conciencia de sí.
LA FORMA
Uno de los grandes riesgos —y aciertos— de la novela es su apuesta por el lenguaje.
Negroni rompe las convenciones sintácticas, fragmenta, desplaza, hace del ritmo una forma de sentido. La trama avanza poco, casi nada, pero la prosa se expande con una intensidad poco frecuente.
Hay una inmovilidad circular que, sin embargo, respira. El relato no se sostiene en la acción sino en la potencia de las imágenes, en frases que quedan suspendidas como relámpagos: reflexiones sobre el dolor, la felicidad, el amor entendido como forma extrema de sometimiento y, a la vez, como posible rebeldía.
El exilio, el viaje, los vínculos entre mujeres, la escritura misma aparecen como temas que no se enuncian de manera programática, sino como enigmas.
Escribir, parece decir Negroni, es estar siempre entre dos aguas: el deseo de agradar y el de atacar. En ese filo se mueve la novela, con una música interior que recuerda por momentos a Borges o a Pizarnik, pero que nunca abandona su singularidad.
“El sueño de Úrsula” es una novela de ruptura, poco dispuesta a integrarse a las lógicas del mercado o a las expectativas del lector apurado. Y, sin embargo, encontró lectores. Quizás porque en su apuesta radical por el lenguaje y en su épica femenina hay algo que todavía interpela: la necesidad de imaginar otros relatos, otras formas de deseo, otras maneras de habitar el mundo. Al llegar a Roma, el viaje hacia la luz no resuelve todos los enigmas, pero los vuelve visibles. Y eso, en literatura, suele ser suficiente.
El sueño de Úrsula
María Negroni
Editorial: Eterna Cadencia
Páginas: 272
Precio: $31.999
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