Cuando las cumbres se convierten en un show
Edición Impresa | 22 de Enero de 2026 | 01:56
Hubo un tiempo en que las cumbres internacionales eran sinónimo de discursos medidos, gestos calculados y silencios diplomáticos. En Davos, ese molde pareció romperse cuando la presentación de Donald Trump transformó el Foro Económico Mundial en un espectáculo más cercano a un show que a un espacio de deliberación global. La espera de horas, las salas colmadas y los aplausos mezclados con risas nerviosas recordaron más a un recital que a una cumbre de la élite política y económica.
El ambiente previo ya anticipaba tensión. Ejecutivos, académicos y dirigentes seguían en sus teléfonos el aterrizaje del helicóptero presidencial mientras se preguntaban qué nuevo mensaje impactante lanzaría Trump, en medio de fricciones con Europa y su insistente interés por Groenlandia. Cuando finalmente habló, la reacción del público osciló entre la carcajada, el desconcierto y el estupor. Las bromas sobre parques eólicos, las burlas personales y las referencias provocadoras a aliados históricos generaron risas incómodas y exclamaciones de sorpresa. Cada frase parecía diseñada para dominar la escena.
Más que un discurso, fue una actuación. Trump no solo habló de política exterior o economía: actuó para su audiencia, consciente de que Davos amplifica cada gesto. Algunos asistentes abandonaron las salas antes de que terminara, visiblemente molestos; otros se quedaron, fascinados por la capacidad del expresidente de acaparar atención, incluso cuando incomoda. Entre murmullos, alguien definió su giro ideológico como “neoimperial”, una etiqueta que resume el temor a un liderazgo más centrado en la imposición que en el consenso.
La paradoja es que Davos nació como un foro de intercambio de ideas, no como un escenario. Sin embargo, la intervención de Trump expuso una tendencia creciente: cuando las cumbres se convierten en shows, el mensaje importa tanto como el impacto. Groenlandia desplazó a los aranceles como tema central, aunque muchos no comprendieran el sentido de la disputa. La pregunta que quedó flotando fue si ese despliegue de carisma y controversia acerca soluciones reales o, simplemente, confirma que en la política global contemporánea el espectáculo ya es parte del poder.
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